
«Necesitamos líderes que desoigan los cantos de sirena de quienes están tratando de dar un golpe mortal a la base judeo-cristiana de la cultura europea»
Desde el anómalo acceso al gobierno del ‘dottore cum fraude’ con un fraude, valga la repetición, de sentencia ad hoc por parte de un juez corrupto con la única intención de favorecer al gran mentiroso, la sociedad española ha sido distraída por saltimbanquis y trileros que hablaban de derechos y más derechos mientras destruían uno principal como es la presunción de inocencia, sin olvidarnos del derecho al uso de la propia lengua española, y del derecho a la educación en la misma y a que sea la lengua vehicular del estado allá donde vayamos y allá donde vivamos dentro del territorio nacional, en definitiva, el derecho a ser libres e iguales y a tener las mismas leyes, no las de tiranozuelos locales brotados como hongos al hedor de la corrupción autonómica, que por cierto no es ningún derecho, los derechos son de las personas y no de los territorios.
Nos han inundado con banderas ideológicas y multicolores reprochando a quienes no las usasen a la vez que se ha mantenido durante décadas un sepulcral y repugnante silencio, ya sea por gobiernos de derechas o de izquierdas, sobre el ocultamiento y no uso de la Bandera Nacional en multitud de instituciones públicas españolas, desde sencillos ayuntamientos donde de forma permanente se incumple la Ley… con lo fácil que es aplicar una pena económica y un cese al que incumple, de esa manera tan eficaz como de la que Hacienda da pruebas cada día.
Ahí llegan las elecciones del domingo, 23J, para las que el propio ‘dottore cum fraude’ ha demostrado que le importa una higa el derecho al voto de todos los españoles, como el de mi madre con 94 años y en silla de ruedas que con 6 años vivió el desastre de la guerra civil y a la que agradezco no me inoculara el odio que vomitan niñatos que apenas superan la cuarentena de edad… ya sabemos lo que decía el millonario de Galapagar de las personas mayores, sus deseos, opiniones y anhelos.
Soy pesimista, lo confieso, quiero creer pero no veo una posible alternativa y mucho menos una decidida voluntad de tomar el toro por los cuernos, en españoles términos taurinos, o en términos marineros, enfrentar frontalmente nuestra barca a las olas de la rompiente costera, remando todos con fuerza, para no volcar de nuevo y poder salir a mar abierto con maestría, empapados pero con la satisfacción de la derogación en las primeras 48 horas del lastre ideológico y legislativo que ha condenado a las familias, la educación, la agricultura, la ganadería y al derecho a la prosperidad e independencia energética.
Me he vuelto un descreído pero no veo a Feijóo dispuesto a luchar por la educación en español cuando lleva lustros ocultando la lengua española en Galicia. No veo una derecha comprometida como sí lo hace la izquierda, en acabar con la ruina, con las docenas de duplicidades, departamentos inservibles y agencias-chiringuitos regionales donde se coloca a amiguetes y familiares a costa del resto de españoles.
Hay que acabar la faena y colocar un rejón que marque la trayectoria final de este toro sin bravura que sólo merece se acabe con él y su herencia para evitar la destrucción de España de la mano de sus aliados separatistas y terroristas. La ultraizquierda lejos de ser ilegalizada como en el resto de Europa se echará a la calle, que es lo único que sabe hacer de la mano de unos sindicatos paniaguados y poblados de gentecilla que sólo sabe de mariscadas y que no ha dado palo al agua en toda su vida, que tomen nota de los sindicatos europeos y que se mantengan de las cuotas de sus afiliados.
Necesitamos líderes que se aferren al timón, que sepan mirar al horizonte y que desoigan los cantos de sirena de quienes están tratando de dar un golpe mortal de alfanje a la base judeo-cristiana y romana de la cultura europea.
Hemos visto debates sin chicha, en los que no se ha visto dedicación ni proyecto para trabajar por lo que es verdaderamente importante, la batalla cultural, una justicia independiente, la igualdad de todos los españoles, la educación, la primacía de la persona y de los valores éticos por encima del relativismo que todo lo inunda, una auténtica democracia más participativa con apoyo decidido al municipalismo, y por supuesto una vocación permanente y proyecto ilusionante para nuestra maltrecha Patria y para la Hispanidad.
Soy pesimista porque veo demasiados complejos y acomplejados y sobre todo demasiados ignorantes y malvados dispuestos a lo que sea, no para buscar la estabilidad de España, sino por mantener su poltrona aplicando la única ley que ha cumplido Sánchez estos cinco años de calvario, la «ley del olivo«, es decir: permanecer.
Sobran asesores sin preparación así como este sistema corrupto de organización territorial que alimenta el peor y más cegato aldeanismo.
El domingo se olvidarán de lo prometido y a vivir que son dos días. Ya nadie hablará de nuestra integridad territorial, de Canarias, Ceuta, Melilla y menos de Gibraltar y seguiremos otros cuatro años sin que la Ley de Banderas se aplique en todo el territorio nacional.

