
«Cuando era pequeño y el árbol de Navidad tan grande… Pues eso que la vida pasa y llega un momento en que solo podemos recordarla…»
Cuando era pequeño había momentos de verdadera magia. El día de Nochebuena era uno de ellos. Lo traigo a colación por dar a todos un poco de frío invernal, nos hace falta con este calor nuestro de cada día de verano. La tradición centroeuropea de la que provenía mi padre, nos hacía celebrar el veinticuatro de Diciembre el nacimiento de Jesús en el portal de belén.
El Nacimiento lo preparábamos con esmero entre todos. El árbol de Navidad, o Tannenbaum como decía mi abuela de origen Austriaco, decoraba el lugar en el que Papá Noël depositaba los regalos. Los traía al parecer en una saca de arpillera llena de ellos y para todos, los depositaba en el salón de casa bajo el abeto, bastante grande, que habíamos decorado entre todos. Alguna vez creí ver el trineo de Noël tirado por los renos, salir volando desde el balcón del salón. Mi padre nos exigía y nosotros aceptábamos encantados, un rito que él mismo practicaba en su niñez. Nos colocábamos por edades todos en fila y cantando el famoso “Noche de paz” entrábamos en el salón, que por ser nosotros, mi hermana y yo demasiado pequeños, nos estaba prohibido el resto de los días. Aquel espacio, salón comedor, estaba reservado para los invitados de mis progenitores y solo en las ocasiones especiales podíamos entrar nosotros. El resto del año se hacía uso de un cuarto pequeño, que en aquella época, mi madre denominaba “cuarto de estar”. Aquel día del nacimiento de Jesús, todos los integrantes de la familia, padre, madre, abuelos, hermano y hermana hacíamos una fila en el pasillo, bastante largo por cierto, y ya digo, cantando entrábamos con las luces apagadas salvo las de las velas que ardían en las ramas exteriores del pino.
Fue por aquella época cuando una tarde de las vacaciones de Navidad me acerque al cine Benlliure el que ponían una película recién estrenada ese año setenta y uno “Melody”. En la actualidad ese cine ha desaparecido. Era una película como pocas, realista y a la vez mágica y tierna. Cuenta la historia de un niño y una niña de alrededor de once años que se enamoran y su desencuentro con la realidad de los adultos que, habiendo perdido sus mundos mágicos, ya no comprenden nada de nada.
Por cierto si no la han visto, la recomiendo, si tienen alma sensible la sentirán con el corazón, si no les parecerá enternecedora y divertida. No he visto nunca tras esta película una que pueda marcar los latidos del corazón más intensos, sentidos y profundos. Quizás haya excepciones como ET, Inteligencia Artificial y algunas pocas más. Es que al parecer la primera adolescencia ha ido desapareciendo y hoy los niños de más de doce años, no todos pero sí algunos, no ven en las chicas una historia de amor. Solo ven en sus congéneres hembras la posibilidad de abusar de ellas o violarlas. La magia de las historias de amores limpios y cariñosos, parecen haber desaparecido de la faz de España.
Hoy en día parece que todo se reduce a relaciones un tanto violentas entre los jóvenes y es que deben considerar una pérdida de tiempo la amistad y el cortejo, las aproximaciones tranquilas, medidas y pausadas. Parece que invitar a una mujercita a tomar algo en una cafetería o un bar es solo perder el tiempo en, como se dice ahora, “chorradas”. ¿Cuánto hubiera dado yo en aquella época por no ser tímido y haber invitado a más de una amiga a merendar en un bar?
Pero las cosas pasadas ya no tienen arreglo, mi familia de origen no puede regresar. Tampoco regresa aquel tiempo perdido en la lejanía, ni mis padres, ni mi hermana, ni mis abuelos y abuelas, sin contar con tíos y tías e incluso primos de los que he estado distante, porque mi padre no era nada gregario, nada de eso vuelve. A mi me hubiera gustado serlo, sociable, un poco más, pero esas cualidades vienen de serie como las artrosis y enfermedades hereditarias, así que si no te sonrió la vida con ellas, puedes ir olvidando adquirirlas.
Es por eso que escribo e invento mundos en los que los seres que lo habitan buscan, aunque sea en la distancia, alguna forma de relación, solo una triste historia de seres imaginados. Cuando era pequeño había momentos de verdadera magia. El día de Nochebuena era uno de ellos. Lo traigo a colación por dar a todos un poco de frío invernal, que nos hace falta con este calor nuestro de cada día de verano. La tradición centroeuropea de la que provenía mi padre, nos hacía celebrar el veinticuatro de Diciembre el nacimiento de Jesús en el portal de belén que, preparábamos con esmero entre todos. Hoy como dicen los Bee Gees, autores también de la música de la película Melody , “cuando era pequeño y el árbol de Navidad tan grande…” pues eso que la vida pasa y llega un momento en que solo podemos recordarla…

