De fotos, lobos, corderos y txakurras. Por Manuel J. Pérez Lorenzo

 A mis hermanos de armas. 
Corderos y txakurras. En la imagen Otegi, condenado en su día por secuestro afirma que: «No somos partidarios de usar rehenes para hacer canjes»

«Esos años, los 80’, fueron duros. Había muchos lobos que mataban muchos corderos, y entre asesinos y víctimas, solamente estábamos un puñado de txakurras»

Los cobardes tienen el grave defecto de olvidar; quizás con el íntimo e inconsciente anhelo de que sus actos miserables también se disuelvan en la niebla. 

 

Pasa el tiempo y los monstruos dejan de serlo por su simple paso. El tiempo deposita sedimentos en las almas, adormece los sentimientos, ya no se siente lo que se sintió cuando el asesino apuntó a la nuca o hizo estallar un coche bomba, o cuando el matón de turno hizo lo que hizo, o cuando el maltratador salivaba de placer orgásmico por su valentía de barra de bar y dos cervezas. 

 

La debilidad humana de los pusilánimes prefiere adormecer también la memoria para evitar el conflicto, como si los problemas desaparecieran ocultándolos; porque los corderos odian los conflictos, mientras que es el hábitat natural de los lobos, y lo malo es que aquéllos lo ignoran y éstos lo saben. Y luego estamos los que no olvidamos, los rígidos e inflexibles, los incómodos radicales que llamamos a la puerta de las conciencias, en esos momentos dulces en los que los machacadores han decidido levantar el pie del acelerador y los machacados, que en esos momentos lo único que no quieren es que venga un tipo intenso a recordarles que no están disfrutando de la paz, sino de la derrota, porque su propio espíritu ha sido ya doblegado por el torturador, se sienten felices de que parezca que hayan parado de empujarlos. 

 

En septiembre de este año, hizo 35 del asesinato por la espalda del que fue mi querido amigo y compañero del Grupo IV de la Brigada Regional de Información de Bilbao, el Inspector Martín Martínez Velasco, cuando se encontraba de servicio con otro compañero, también asesinado, el Policía Pedro Antonio Fonte Salido, del Grupo V de la misma Brigada. ¡Bah!, dos txakurras. Y pido perdón por llevar el agua a mi molino, porque hubo muchos más. Hoy veo a Sánchez sonreír dando la mano a Aizpurua, y se me revuelve el estómago de pura repugnancia moral.  

 

Esos años, los 80’, fueron duros. Había muchos lobos que mataban muchos corderos, y entre unos y otros, entre asesinos y víctimas, solamente estábamos un puñado de txakurras (perros, en vasco) cruzándonos bocados enloquecidos con aquéllos, como las fieras que ellos eran y nos obligaron a nosotros a parecer, mientras los corderitos sufrían lo indecible en sus corrales, porque la pelea hacía mucho ruido y ensuciaba mucho, pero, eso sí, ellos muy dignos, muy aseaditos y muy civilizados, no fuera a ser que no hubiera proporcionalidad en nuestras mordeduras. 

 

Un día, los lobos son empujados a sus guaridas y, por un tiempo, dejan de matar corderos. Entonces, liberados de mordiscos, los corderos sueñan con olvidar y los perros guardianes solamente quedan como un lejano recuerdo molesto de su pesadilla. Y, a partir de ese momento, por algún tipo de alquimia suicida y sucia que anida en el alma humana, la presión se apunta y libera hacia los radicales, hacia los excesivos, hacia aquéllos que no queremos olvidar. Y, de repente, somos el problema, porque advertimos de que el mal puede quizás descansar, pero no se va; porque somos incómodos por recordar al sufridor que ha sufrido y que puede volver a sufrir, simplemente porque al macarra de turno ya le apetezca una nueva campaña; porque nosotros hemos comprado la dignidad con la sangre de nuestros compañeros y con el riesgo de la nuestra propia; y porque, en frente, los corderitos sólo tienen jefes de rebaño que venderían a su madre por seguir escuchando muchos balidos a su paso triomfant y treinta monedas que no dan para un grano de decencia. 

 

Pero el asesino, el macarra, el machacador, puede volver de mil maneras. Antes pegaban tiros en la nuca, explosionaban niños o señalaban en el Egin y en el Gara; y hoy defienden aquel legado desde los Parlamentos, buscan indisimuladamente la destrucción de nuestro Estado de Derecho y chantajean a los indecentes que se dejan chantajear. Y hoy ya hay muy pocos corderitos que se acuerden de aquellos perros guardianes que se repartían dentelladas con los lobos de verdad, mientras ellos deshojaban margaritas y cantaban canciones del flower power, soñando con que si todavía no sería posible que el lobo se hiciera bueno al final de la historia. Pero, de una manera u otra, los lobos siempre vuelven, y hoy se hacen fotos y se dan la mano con los corderitos sonrientes. 

 

Corderitos…, ya se oyen aullidos a lo lejos en la noche, y, cuando ésos u otros lobos vuelvan, ya no quedarán txakurras. Y, a los lobos, darse la mano y hacerse fotos con los corderos, sólo les aumenta el hambre. 

 

Hijos de la gran puta… No sé si se me entiende… Ni olvido, ni perdón. Y, ojalá pudiera, como diría la Dietrich, marcharme y volver hace 35 años, para ajustar cuentas… con los corderos. 

Manuel J. P. Lorenzo

Soy doctor en Derecho, abogado desde hace más de treinta años y empresario, y fui muchas más cosas, que son las que me han traído hasta aquí. Crecí de niño en el barrio de Usera de Madrid, fui Inspector de Policía en lucha antiterrorista en el País Vasco de los 80’, estuve preso y conocí once cárceles, defendí a algunos de los mayores narcos de España y mantuve contactos con servicios secretos y de información nacionales e internacionales. El resto no ha prescrito. Me gusta leer, escribir y ver series, sobre todo americanas; estudiar ajedrez y hacer deportes bestias de contacto; comer con mis amigos y reírme de mis enemigos; pensar que, como cuando era joven, sigo siendo inmortal y que, cuando llega la época de las renuncias, es mejor tener muchas cosas que dejar atrás que no haber tenido ninguna. En definitiva, un camino de mil kilómetros, que va, por lo menos, por el seiscientos sesenta y seis.

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