
«El Mal Embozado en su máxima expresión ni una sola línea roja ha dudado por un instante traspasar por sus pérfidos antojos»
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Jamás pensé que la política española pudiese ‘alumbrar’
político tan corrupto como Pedro Sánchez, El Felón Monclovita:
ni una sola línea roja ha dudado por un instante traspasar,
manoseando institución tras institución, como simples barraganas que su libido excitan.
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Democracia y Constitución, en sus manos lúbricas anhelantes de poder,
devinieron inermes criaturas en las garras de un vulgar pedófilo;
y el cipote de su ruin egolatría se relame de placer
viendo cumplirse todos y cada uno de sus pérfidos antojos.
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No habita, en él, sentido de moralidad alguno.
Ni abrazó, jamás, un solo ideal político en su cerebro.
Todo paso que da en política no busca sino la caricia al falo enhiesto de su Narciso;
y, en su intención procaz de mantenerse fiel a Príapo,
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nada, sino acaso el llegar a verse maniatado y entre rejas, podría ya detenerlo.
Así ocurre con todos los megalómanos que el mundo ha dado:
Resultan ser El Mal Embozado en su máxima expresión.
No les veréis, como al Satán mitológico, cuernos ni rabo;
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pero, a poco que hurguéis en su psicológico entramado,
veréis en ellos asomar la aguda y punzante frialdad
de su ‘infierno helado’.
Desconfiad siempre, pues, de sus suaves maneras,
de su porte distinguido, de su afable trato:
no os abrasará la voracidad de su fuego en plena ignición;
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sino que os atravesará, con su gélido puñal, vuestro incauto corazón.
Jamás les veréis ensuciarse las manos,
aunque sus entrañas rebosen podredumbre:
se rodean, para el trabajo sucio, de pobres diablos
cuya voluntad se ganan con la pueril vanidad que en ellos descubren.
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En nada son tan hábiles como en esparcir y propagar ‘cantos de sirena’:
la dulzura de su deletérea voz alcanza todos los mares;
y aunque a uno se le inunde de amargo veneno la lengua,
a menudo no halla la fuerza para dejar de escucharles;
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y para cuando sientes que la violencia del vómito te ahoga, es ya demasiado tarde:
no sólo tienes emponzoñada la boca; también el alma… y también la sangre.
No es sólo, pues, en ellos, un hombre, quien logra devastación tanta;
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sino el gélido fuego devastador de La Maldad, que, a su través, de continuo trabaja.
¡Y cuán a menudo, la humana candidez que nos embarga y atenaza,
llega tarde a desembozar y a pararle los pies a tan demoníaca raza!
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Y, encima, cada día está más extendida, para nuestra trágica desgracia.
Y ni toda la ciencia psicológica de la q presumen nuestros tiempos
parece capaz de librarnos de la ominosa zarpa de ese inabarcable infierno.
No; no es la especie humana: es El Mal que hay en ella inserto.
