«El Cid». Por Teresita Ávila

 

El ciego sol se estrella

en las duras aristas de las armas,

llaga de luz los petos y espaldares

y flamea en las puntas de las lanzas.

El ciego sol, la sed y la fatiga.

Por la terrible estepa castellana,

al destierro, con doce de los suyos

-polvo, sudor y hierro- el Cid cabalga.

Manuel Machado, Castilla.
El Cid

«Vi a la derecha del que estaba sentado en el trono un libro escrito por dentro y por fuera, sellado con siete sello. Vi un ángel poderoso, que pregonaba a grandes voces: ¿Quién será digno de abrir el libro y soltar sus sellos? Y nadie podía, ni en el cielo, ni en la tierra, ni debajo de la tierra, abrir el libro ni verlo.» (Apocalipsis 5:1-4)

La disolución de España como nación soberana no dejará huella en los libros de Historia. Se borrará. El viento de la desgracia asolará esta triste tierra que pisamos. Este atroz vaticinio no proviene de ninguna dote profética que posea, ningún don oracular me ha sido concedido. Al destierro, como el Cid, fueron condenadas hace tiempo la razón y la verdad en beneficio del interés y el relativismo moral. Y cuando las bases se han colocado sobre las fosas sépticas, cuando la humanidad ha aceptado las condiciones impuestas por el mismo Diablo (y sí, me refiero al aborto y a tantas otras perversiones), poco hay que hacer salvo —como la iniciativa de estos últimos días en Ferraz— sacar el rosario y rezar. Esta tierra desolada a la que le dan palos desde fuera y desde dentro, con el silencio cómplice de todos —en aras de una paz ficticia, transición, convivencia mejor entendida por algunos— muestra todas sus cicatrices y arañazos, heridas punzantes y de mortal necesidad, si Dios no lo remedia. La España cainita, la España de los dolores, ha sido un tema recurrente que conozco, sobre todo, por mi profesión, al explicarles la literatura a mis alumnos. Y desde hace algunas semanas, pocas, también la figura del Cid ha aparecido con cierta frecuencia en mis pensamientos

El líder del movimiento regeneracionista Joaquín Costa, habló de echarle «doble llave al sepulcro del Cid». Y como remedio contra la pérdida de sentido moral de un pueblo instalado en la abulia, en el conformismo y en la ignorancia, propuso lo siguiente:

«Deshinchemos esos grandes nombres: Sagunto, Numancia, Otimba, Lepanto, con que se envenena nuestra juventud en las escuelas, y pasémosles una esponja.» (Costa 1914)

Pero aquí hemos venido a jugar y apostar fuerte, que no estamos para tibiezas con la que está cayendo. Hoy y ahora, más que nunca, un Cid campeador que nos lloviera del Cielo sería de gran ayuda. Y, aunque entienda las razones que llevaron a Costa a expresarse de tal manera, desenterrarlo y devolverlo a la vida podría significar una última oportunidad y explico por qué.

Sin pretender hacer de exégeta de la obra (para ello les recomiendo que lean a don Ramón Menéndez Pidal), su figura épica, la del Cid, se alza sobre valores donde toman asiento los dos pilares que han otorgado carta de naturaleza a la humanidad: uno en la dimensión social, y otro en la dimensión privada, doméstica, familiar. Son, respectivamente, el honor y la honra. Además, en su lucha por la recuperación de ambas, perdidas por la calumnias vertidas contra él —el honor— y por la envidia que se ceba en el ejercicio de la violencia contra sus hijas, las telas de su corazón —la honra—, se añade otro motivo superior en todas sus actuaciones, que no es otro que el mover al bien, provocar —incitar, con su tenaz ejemplaridad y su fe— lo único y verdaderamente aceptable. No es el rey Alfonso VI, causante de las desgracias del Cid en ambas ocasiones —una por castigarlo, y la segunda por creer beneficiarlo— el que perdona al héroe. Es justo al revés. Desde el primer momento, es el Cid quien perdona al rey, aunque este no lo sepa. Sin aspavientos y sin desánimo, se sobrepone al destino que parece implacable y ejerce su voluntad soberana de salir victorioso una y otra vez, teniendo como objetivo ese giro, el milagro de la transformación, de cambiar la dirección a ese rumbo torcido que apuntaba directo al error.

Ignoro quién capitaneará semejante misión. Quien, con madera de héroe, será capaz de hacerlo. Quizá no existe aún ni existirá. Puede que ya no quede nadie de la pata del Cid y sí haya sobrevivido la progenie del traidor —la infame turba— mostrada por el controvertido Juan Goytisolo en su Reivindicación del conde don Julián. Otro Goytisolo, Luis, el autor de Antagonía, fue quien expresó, en cambio, un deseo de superación, de restañar las viejas heridas, en la entrevista realizada por Javier Rodríguez Marcos el año 2006 para Babelia:  «Yo dejaría descansar en paz a los muertos de la Guerra Civil»

Igualmente, desconozco si de esta nube negra nos alejarán las bondades del proyecto político de reciente creación denominado ‘La Tercera España’. ¿Otro partido más?… Leo los nombres de sus componentes y algunos de ellos me inspiran más confianza que otros. Se ven como una «izquierda reformista, consciente de España y enfocada al futuro»… No sé. Dejémoslo en cuarentena. Queriendo huir de clichés, aceptan, sin embargo, una ubicación en el pseudocentrismo, el acomodo ventajista a una nueva referencia dentro de la izquierda —huyendo posiblemente de que les adjudiquen alguna ‘tara’ nada más nacer que huela a derecha, a ultra, a plus ultra— con tirón entre los indecisos, los desencantados por años de promesas y renuncias, por todos los santos apeados de su pedestal. ¡Nos conformaríamos con tan poco! Principalmente, con vislumbrar un futuro en el que no se hable politiqués ni hipocrités, en especial.

¡Qué raro que David Cerdá vuelva a acertar de pleno y llene de sentido y de inteligencia su artículo del jueves en La GacetaQuerido súbdito! El retrato de los infelices, que defienden sin pudor —tal vez un poco arrugados— las marrullerías del trilero monclovita, es este: Eres un súbdito por ahora acompañarle, qué digo acompañarle, por vitorear su enésima «audacia».

En las antípodas de la estirpe cidiana, el lameculos —el rastrero ser agusanado que rebota las ocurrencias lanzadas al albur de su amado líder, con ejemplos que causan sonrojo— ha hecho fortuna. Consciente de que, como el Lazarillo, procurarse su buena suerte conlleva servidumbres como ignorar la moral, el decoro, la decencia, se agarra como un desesperado a la mano que le da de comer, aunque sepa que lo hace a un hierro candente. Para muestra, un botón no, dos.

Santos Cerdán:

https://x.com/NavarraTV/status/1725091460050047108?s=20

Isabel Rodríguez:

https://x.com/PedroOtamendi/status/1724399506173603981?s=20

Ahora bien, veremos si la bravura de la que presume el presidente —ya investido cuando termino este artículo— se mantiene constante o si, por el contrario, «Pedro Piedra» no se levanta del lecho del palacio un día, petrificado, y se lleva una sorpresa que le hayan dejado sus nuevos, y aún más extraños, compañeros de cama.

Teresita A.

Mi nombre tiene una historia detrás. La culpa no fue del cha-cha-chá -como cantaba Jaime Urrutia- sino de un "accidente burocrático". Nací en Logroño y pasé mi adolescencia en un lugar de cuyo nombre siempre me acordaré. Mis banderas son el humor cervantino y la retranca de Miguel Delibes -a quien tuve el honor de conocer, ya que soy autora de un libro cuya fuente exclusiva es su obra: Fórmulas de tratamiento en la narrativa de Miguel Delibes-. Las vocaciones -al contrario que las casualidades- existen y se persiguen, como los sueños. Y los míos siempre tuvieron en el foco darle a la tecla y escribir. Además, ejerzo como profesora en un instituto vallisoletano.

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