
“Si tu corazón, no quiere ceder, ni sentir pasión, no quiere sufrir, puedo hacer planes de lo que vendrá después. Mi corazón puede amar por los dos”. (“Amar pelos dois”. Salvador Sobral).
Nunca he sido un amante de Eurovisión. Es más, siempre he considerado que a España se nos ha ninguneado en la mayoría de ocasiones, con la desagradable impresión, además, de que nos toman el pelo.
Desde el punto de vista pragmático, a lo largo de los años, si bien es cierto que alguno de los artistas ganadores del festival ha tenido después un recorrido, muchos se han quedado en lo que los ingleses llaman “one-hit wonder”, esto es, un artista de un solo éxito. La mayoría de los temas son lo que yo llamo canciones eurovisivas, con poco recorrido comercial, entre otras cosas por estar apoyadas en puestas en escena muy impactantes, vestuario y coreografía, que luego no es trasladable a otros eventos y medios en general.
No obstante, después del “la,la,la” de Massiel y el triunfo compartido de Salomé, los españoles no nos hemos resignado, perseverando en probar distintas opciones, distintos estilos que, por lo general, no solo nos han llevado al mayor de los fracasos, sino que además nos han conducido al ridículo y la humillación en más ocasiones de las deseables. Y cuando hablo de ridículo me estoy refiriendo más al “quien maneja mi barca”, que cosechó cero puntos, que al “Chiqui chiqui” del Chikilicuatre, que en realidad fue la única ocasión en la que le hemos enviado a los europeos lo que se merecían y nos hemos reído en su jeta, como hacen ellos con nosotros. Bravo por David Fernández, que así se llama en realidad, y por quien tuvo la idea. Sin duda, han hecho más por el sostenimiento del orgullo español que los habitantes del palacio de la Zarzuela y La Moncloa juntos.
De hecho, en nuestro último intento serio, con el “SloMo” de Chanel, que además de ser un producto a medida para eurovisión, tenía el aliciente de ser la primera canción escrita en español que era imposible de entender para los hispano hablantes , perdimos en el tiempo de descuento y de penalti injusto, detrás de Reino Unido, con un representante mediocre, con el aspecto de ser el vikingo más flojo de su aldea, y los ganadores Ucranianos, que nos demostraron, una vez más, que Eurovisión es un evento político, diplomático, en el que se manifiestan y se forjan adhesiones o disensiones de un modo pacífico, más o menos.
A pesar de todo esto, quizá por morbosidad, quizá por el deseo oculto de que un día cambie la suerte, casi todos los años, en casa, vemos el festival de eurovisión. Es más, hacemos nuestras apuestas correspondientes en las que nunca acertamos, aunque España, por supuesto, nunca figura entre nuestros favoritos.
Pero como la vida es una caja de sorpresas maravillosa, de esas en las que no piensas encontrar más que mugre pero que, de vez en cuando, te sorprenden con un objeto brillante y magnífico, que te alegra el día, una noche de sábado de 2017, mientras veíamos a cantantes que nos deleitaban con la misma canción del cantante anterior, pero con otro acento, en una noche de la marmota que se repite festival tras festival, de pronto, inopinadamente, sucedió lo inesperado.
Entre grandilocuentes temas, histriónicas coreografías, vestuarios magníficos y gritos de diferentes barítonos que no llegaron a las óperas europeas, de repente, el sonido de un violín y un piano, un solitario piano, y en medio de un escenario vacío, con la iluminación mínima y necesaria, un tipo delgado, con una coleta, una americana gris y con cara y ademanes de ser el vecino educado y tímido del edificio, hicieron callar a Europa.
No fue una explosión, fue un susurro, esa clase de confidencia al oído que te hace dejar de pensar en todo y centrar tu atención en lo que estás escuchando. Esa sensación de que no es un sonido, que evidentemente llega a tus oídos, sino algo mágico que entra por ellos, pero recorre todo tu cuerpo, como la sangre, desde la cabeza a los pies hasta llegar al corazón. Una de esas cosas que, desde el primer momento, pasan a engrosar el álbum de tus instantes excepcionales.
Salvador Sobral, con su aspecto desvalido, con su expresión bondadosa y esos movimientos tan únicos que acompañaban a la interpretación, nos hizo a todos desear hablar portugués, para poder entender lo que, en realidad, entendíamos. La belleza de una letra sencilla, humana, una melodía limpia, salida de un corazón enfermo, pero lleno de vida y de gratitud por ella.
Solo un corazón distinto, como el de Salvador Sobral podía reunir las cualidades necesarias para esa interpretación. Por eso, cuando más tarde la prensa se hizo eco de su enfermedad, muchos vivimos con angustia y con expectación la evolución que, afortunadamente, le llevo a ser trasplantado de corazón poco tiempo después, posibilitando que, a diferencia de otros muchos casos, alguien que tiene el poder de iluminar el mundo pudiera seguir haciéndolo, regalándonos su talento y haciéndonos ver que, en ocasiones, hasta la caja más fea contiene una joya brillante y valiosa, como Salvador.
Así pues, en 2017, casi por vez primera, el festival de Eurovisión hizo honor a su condición y premió, sin paliativos, a la mejor interpretación del certamen, devolviéndonos la fe en que, a veces, el vuelo de una mariposa puede cambiar el mundo, como Salvador Sobral cambió el festival. Aunque sea fugazmente.
Gracias por la música.
Este artículo se publicó en el número de noviembre de 2023 de Diplomatic World Magacine, dedicado a Portugal.

