
«El octavo disco de Pink Floyd Dark side of the Moon (1973) marcó un antes y un después en la música moderna en general»
El 21 de julio de 1969 la cápsula Eagle, en la undécima misión del programa Apolo, se posó en la Luna. Neil Armstrong pasó a la historia al poner sus pies sobre la superficie lunar, sin embargo, desde hace 41 años, millones de melómanos residen al otro lado de la Luna, en una pirámide que solo podía ser levantada por los arquitectos de Pink Floyd.
El octavo disco de Pink Floyd “Dark side of the Moon” (1973) marcó un antes y un después en la historia del grupo británico, en el rock y en la música moderna en general. Un álbum con misterio, repleto de sensualidad, de una belleza espacial, celestial, tan lejana como la misma cara oculta de la luna, un álbum conceptual que gira en torno al ser humano en toda su extensión. Un disco hecho con el corazón, por una banda que ya había alcanzado la experiencia y la madurez compositiva adecuada para crear una obra maestra y la terapia que la banda necesitaba para decirle adiós a Syd Barrett, y avanzar. Además de ser el punto cúspide de la experimentación concreta.
Atrás quedaban los temas largos y puramente instrumentales, en éste vieron la ocasión perfecta para poner a prueba todo lo aprendido. Era el momento indicado para trabajar mano a mano con la mejor tecnología de estudio de grabación de esos años y empezar a experimentar con los nuevos sintetizadores. Por ahí andaba Alan Parsons, un brillante y joven ingeniero en Abbey Road, que en aquellos días cobraba sólo 35 libras semanales. Se pasaba todo el día en Abbey Road. Mientras grababa “Dark side of the moon”, Paul Mc Cartney también hacía su álbum en solitario “Red rose speedway”. Alan simultaneó las dos grabaciones.
Alan Parsons en la labor de producción, aportó su excelente dominio de la técnica para multiplicar en varios enteros la calidad de unos temas que ya eran magistrales. Una de los momentos épicos de este gran disco es cuando aparece en escena el piano de Richard Wright para dar inicio a su obra maestra: «The Great Gig in the Sky» (El gran concierto en el cielo). La elección de la cantante inglesa Clare Torry, por parte de Alan Parsons fue fundamental.

