
«Hoy quiero recordar mi infancia, de eso hace ya la tira de años. Era un tiempo en que el propio tiempo no pasaba, era eterno»
Tengo el día tonto, estoy aquí sentado frente al ordenador y, no se me ocurre sobre qué escribir, eso que temas hay a cientos. Hoy quiero recordar mi infancia, de eso hace ya la tira de años. Era un tiempo en que el propio tiempo no pasaba, era eterno, nada cambiaba día a día. El tiempo siempre es infinito para los seres finitos. Los veranos eran “El Espinar”, bueno en concreto la Estación del Espinar con mis padres y abuelos y los inviernos eran Le Havre, “el refugio”, con mis padres en Francia.
Recuerdo un año en el que hubo durante el mes de mayo una plaga de mosquitos de enormes patas que se desplazaban por las calles en grupos, formando bolsas de insectos. Fue algo pasajero, pero de esas cosas que a los niños dejan impactados. Recuerdo que mi padre nos llevaba a la estación de ferrocarril a comprar el periódico y para nosotros unas revistas infantiles llamadas Silván e Silvette, la historia de dos niños que vivían en el campo. Luego solíamos ir a la playa, desde la que podíamos ver los cargueros que salían del puerto en dirección a Inglaterra o simplemente hacia el océano Atlántico. A veces mi hermana y yo mismo saltábamos desde un murete bajo, no tendría ni un metro de altura, a la arena de la playa, pero a nosotros nos parecía un rascacielos. Curiosamente, arena propiamente dicha, había poca en esa playa, casi toda ella era de guijarros de granito pulido y redondeados por el mar, que los modelaban casi iguales y de tamaño mediano.
Recuerdo a mi hermanita sobre la nieve allí en la playa que, al igual que yo mismo, parecíamos sacos forrados, con botas, pantalones de pana, abrigos con forro de corderito, pasamontañas y bufandas. El frío era tremendo en aquel lugar en invierno. En ocasiones pudimos ver como el agua más cercana a la playa estaba completamente congelada, placas de hielo incluidas. Mi padre nos leía los cuentos.
Hoy lo recuerdo todo tan lejos en el tiempo que me parece que solo fueron sueños, y sin embargo todas esas vivencias hicieron de mi lo que soy. Quería mucho a mi hermana, hoy la recuerdo pequeñita metida en un montón de ropa, porque era muy friolera, diciéndole a mi padre que volviéramos a casa para estar calentitos y tomar chocolate a la taza con mamá. Pensar que de eso hace ya más de sesenta años, causa vértigo por lo rápido que han pasado.
Hoy ya no están ni mi padre, ni mi hermana, ni tampoco mi madre que imagino fue en su busca hace un par de años. Nunca me lo dijo. La mujer que la atendía en casa, tampoco dijo nada, pero creo que cuando se sintió morir le dijo a ella, que no me avisara hasta que se hubiese ido, no quiso hacerme sufrir. Sabía que las despedidas desde pequeño siempre me partían el alma.
Fue una madre coraje, una mujer fuerte, una niña de la guerra. Sabía que ahorrarme verla partir es lo mejor que podía haber hecho por mi, que soy muy sensible para mi desgracia. Hoy un día después de mi cumpleaños, no puedo dejar de acordarme de ella que cumplía años el día siete de este mes de Diciembre.
La recuerdo yendo con ella a la compra en la ciudad de Kinshasa en Zaire, ahora República Democrática del Congo, allá en el años setenta y ocho o setenta y nueve. Luzolo, el chofer de la embajada de España allí, nos acercaba en un vehículo de la marca Range Rover, a los distintos puntos en los que había mercado. Mi madre elegía lo que hacía falta comprar y luego Luzolo, listo como una lagartija, regateaba en Lingala con el personal que vendía para obtener los mejores precios.
En África, comprar equivale a negociar, hay que regatear, porque si no, esta claro que ofendes al vendedor que cree firmemente en que su trabajo consiste, no solo en vender, si no en regatear, él al alza y tu a la baja, sino es así puedes obtener el resultado contrario, que no quiera venderte nada de nada. Así que mi madre y yo armados de paciencia y con un traductor, a la vez chofer, nos infiltrábamos en aquellos lares de negociantes para conseguir, un día peras, otros patatas, otros huevos o lo que fuera.
Lo que estaba claro es que lo que allí se conseguía en cantidad y a buenos precios era imposible conseguirlo en la avenida Treinta de Junio en la que había muchas tiendas de negociantes Belgas y que vendían a precio de embajada extranjera, traducido, “muy caro”.
Mi padre estaba todo los días en la sede de la Embajada de España trabajando y no regresaba a casa hasta eso de las tres y media de la tarde. Es evidente que mi hermana y yo mismo no estábamos allí con ellos todo el año, ya que al estar estudiando las carreras, no podríamos haberlo hecho. Recuerdo que lo primero que aprendí a decir en Lingala fue Wa papá, Wa mamá, Won Deco, que viene a ser la mamá, el papá y los niños, nada más, eso era todo, en cambio si aprendimos de la vida. Porque en verano siempre íbamos allí y la verdad es que viajando se aprende mucho, tanto de ti mismo como de los habitantes de esos lugares.
Todo eso es una parte de mi vida que recuerdo con agrado. Hoy sin embargo tengo el día tonto, estoy aquí sentado frente al ordenador y no se me ocurre sobre qué escribir, eso que temas hay a cientos. Lástima no hubiera ordenadores personales en aquel tiempo, a lo peor me hubiera dado por escribir mis experiencias y sentimientos, aunque no, creo que era demasiado joven. Hoy quiero recordar mi infancia, de eso hace ya la tira de años. Era un tiempo en que el propio tiempo no pasaba, era eterno, nada cambiaba día a día. De ahí la frase con que empiezan los cuentos en inglés “Once upon a time” algo así como “una vez sobre el tiempo”, yo vivía en el Refugio “El Havre”.
