
«Hay que agradecer que haya seres humanos que se dediquen a indagar sobre lo que somos, pensamos y las cosas que hacemos»
A unos les da por hacer figuritas de papel, lo que se llama papiroflexia, a otros les da por coleccionar picaportes, es algo que suele decirse, pero a mí desde que cayeron en mis manos hace unos años unos planos de un barco maqueta, me ha dado por construir barquitos miniatura. No soy ni mucho menos un artista de esto, me basta con poder terminarlos decentemente y colocarlos por los rincones de mi casa. A veces mi mujer protesta y pide que me construya una vitrina para poderlos guardar y que no cojan polvo.
Lo malo de esta vida es que las pátinas, de lo que sea, son un animal de compañía, te acompañan quieras o no, y obsesionarte por eso no conduce a ninguna parte. Yo tengo la obsesión del orden, hay un sitio para cada cosa y una cosa para cada sitio. Por lo menos lo es para mi. Si quiero tener mi interior colocado y bien amueblado, debo tener el exterior según unas normas objetivas de orden. El desorden me descoloca. Sé que soy portador del trastorno obsesivo compulsivo, cosa que es muy mala para algunas actividades, pero muy útil para otras. De ahí surge el conflicto, porque las casas no son museos, pero para mi, la mía sí lo es.
Yo quiero que mi casa sea para los adornos un lugar bien organizado y en el que pueda colocarlos de manera estética y no me refiero a colocar los libros de determinado grosor y color por metros en las estanterías cosa que no deja de ser una horterada de nuevo rico que no lee en su vida un ejemplar. Los libros y adornos no deben guardar el no buscado desorden, porque en el desorden está el caos. Estando bien colocaditos, tienden a la entropía, esa que causa la armonía y trae la paz. Y aunque para algunas personas los libros solo estén para ponerlos en las estanterías por metros de lomos iguales en colores y tamaños, como decía un amigo, “para hacer bonito”, no es ni debe ser así. Para los adornos sí, aunque esto forme parte del TOC, pero no para los libros, que hay que colocar por temas y orden alfabético de títulos o autores, más si se quiere tener una librería en la que encontrarlos fácilmente.
Yo en mi casa tengo una librería pequeñita, he contado los libros y no pasan de tres mil. No tengo más por razones de espacio y de economía. Yo, por mi, compraría muchos libros más que me gustaría leer, pero para evitar conflictos con mi mujer, prefiero guardar un ten con ten. La verdad es que tres mil libros, caben en una librería de unos cinco metros de largo por dos y medio de alto, pero ampliar a otras baldas más, es tentar a la suerte. Así que me he dado por contento con lo que tengo y para ocupar mi tiempo y no leer tanto que no me permita tener paredes blancas en mi casa, me ha dado por el maquetismo naval. Es bonito, es relajante, pero al final es como todo, acabas regalando tus barquitos a amigos y familiares por no tener suficientes diques secos en los que almacenarlos.
Esto es así con casi cualquier actividad humana si se realiza a conciencia y con ilusión y empeño. Todos dicen que el saber no ocupa lugar, pero no es verdad lo ocupa y mucho. Por otra parte las paredes de mi casa también están saturadas con cuadros, muchos de ellos heredados de mis padres a los que les gustaba la pintura. Cada vez es más difícil hacer hueco para poner estanterías o baldas. Menos mal que lo escrito se puede guardar en cuadernos o en el ordenador, porque sino fuera así no tendría espacio para guardar lo que escribo día a día. Solo con lo que he escrito para La Paseata podría hacer un libro bastante gordo, casi tanto como una cualquiera de mis novelas cada una de casi unas cuatrocientas páginas. Y lo que me llama poderosamente la atención es que todas esas ideas y palabras hayan salido previamente de mi cerebro, parece algo mágico. ¿Cómo algo tan reducido como la masa cerebral puede acumular todos esos pensamientos y sentimientos sin saturarse?
No tengo la respuesta a la pregunta, pero estoy leyendo un libro de Michio Kaku “El futuro de la mente humana” en el que despeja algunas incógnitas. Hay que agradecer que haya seres humanos que se dediquen a indagar sobre lo que somos y pensamos, aparte de nuestra tendencia a guardar y coleccionar cosas, así como a hacerlas. A unos les da por hacer figuritas de papel, lo que se llama papiroflexia, a otros les da por coleccionar picaportes, es algo que suele decirse, pero a mí desde que cayeron en mis manos hace unos años unos planos de un barco maqueta, me ha dado por construir barquitos miniatura. No soy ni mucho menos un artista de esto, me basta con poder terminarlos decentemente y colocarlos por los rincones de mi casa.

