
“Para empezar, diré que es el final. No es un final feliz, tan solo es un final. Pero, parece ser, que ya no hay vuelta atrás”. (“Miedo”. M-Clan).
Ya sé que ya lo he dicho, en alguna otra ocasión. No me gusta la Navidad, nunca me ha gustado. Desafortunadamente, a partir de este 2023, me gustará aún menos, sin duda, por motivos personales. Así pues, cuando llega el 1 de Enero, día en el que se pone fin, habitualmente, a toda esta locura de cenas pantagruélicas y noches inquietas, empiezo a vislumbrar el horizonte de un nuevo año que, si bien evidentemente es una caja de Pandora que en la mayoría de los casos nos explotará en la cara, sin embargo es también un nuevo cuaderno, lleno de páginas en blanco que podremos y deberemos rellenar con todo el acierto del que seamos capaces.
Eso será mañana. Hoy, sin embargo, en este último día del año proclive a la reflexión, toca hacer balance del año que nos deja, si uno es partidario de hacer balances. Yo sí lo soy, pero procuro hacerlo desde una perspectiva lo más magnánima posible. No suelo tener una gran nómina de aciertos y de objetivos cumplidos, así que procuro mirar a quien me devuelve el espejo con compasión paternal, entendiendo que mis muchos defectos, mis contradicciones, mis adicciones, forman parte de un todo con el que finalmente me encuentro satisfecho; Como dice mi mujer, vienen en el paquete. Así pues, me acepto como soy, porque de otro modo me ganaría el desencanto, y yo no he venido a este mundo a ser infeliz, si es posible.
Con lo que respecta al resto, a las personas que me rodean y componen mi círculo vital, directamente no juzgo. No me corresponde a mí, bastante tengo con concederme el indulto o la amnistía, según el año. Este toca amnistía, sin duda. Sin embargo, en un cómputo general, sí me gusta analizar lo que el año me ha aportado y lo que me ha condenado a vivir, aunque solo sea por mi costumbre, mi tendencia, a parar de vez en cuando este ritmo desenfrenado y, con los pies en el suelo, mirar a mi alrededor, para ser consciente de en qué posición me encuentro y, como dice el gran Joaquín Sabina, no ser el fantoche que va en romería, con la cofradía del santo reproche.
Así pues, si me doy la vuelta y trato de vislumbrar aquel lejano 31 de diciembre de 2022, para posteriormente mirarme los pies, que no el ombligo, y teniendo en cuenta mi tendencia a la magnanimidad y la comprensión por los errores y faltas ajenos y propios, tengo que reconocer que, a pesar de lo que este año me ha quitado, que ha sido mucho y valioso, me gusta más el prado en el que me siento hoy que la estepa donde descansaba hace un año. Salvedad hecha, por supuesto, de que recientemente haya perdido a una de las personas a las que más he querido y, sin duda, de las que más me han querido; De cualquier modo, se va la persona, pero no se va el amor, que permanece conmigo, indeleble, como el tatuaje del alma que nunca se borrará.
Por lo tanto, dejando este asunto atrás, tengo que decir que este año 2023 cambalache, problemático y febril, me ha dado más de lo que me ha quitado, sobre todo porque me ha obligado a dar pasos que no me atrevía a dar, demostrándome que la vida puede ofrecerte, como en las bodas de Canaán, su mejor vino casi al final del banquete y que no hay que tener miedo a los cambios por más radicales que estos puedan parecer. No podemos permanecer cautivos de nuestros miedos, de nuestros lugares comunes, de lo que los demás puedan pensar y llega un momento en el que debes hacer lo que tú quieres hacer y olvidarte de lo que los demás esperan que hagas. Nadie te conoce tanto como tú mismo, así que nadie puede aconsejarte o dirigir tus pasos de un modo tan eficaz como la sombra que tienes a tus pies. Es verdad que esto, al menos yo, lo he comprendido o aprendido tarde, pero como dice el refrán, más vale tarde que nunca.
Otra de las cosas que he comprendido este año, es que aquello que pensabas que iba a dar la vuelta a tu vida, profesional y personalmente hablando, no es el huracán que podían intuir; es más, la mayoría de las veces no llega ni a un viento fuerte, sino un aire que te despeina pero te libera de la obligación de ir peinado, no sé si el símil es acertado. Volviendo a la música, y citando a Don Joan Manuel Serrat, sin duda maestro de las palabras, “no le gustaría ser capaz de renunciar a todas sus pertenencias, y ganar la libertad y el tiempo que pierde en defenderlas”.
No me gustaría que todo esto se interprete como un consejo. Qué consejos voy a darte, yo que ni siquiera se cuidar de mi. Es solo lo que toca hoy, una reflexión que, a pesar de todo, les invito a hacer también. Mírense los pies, recuerden el camino andado este 2023 y, en un ejercicio de auto sinceridad, sin duda la más difícil de las sinceridades, piensen si quieren continuar el camino o cambiar su ruta. En sus manos está.
Les deseo un feliz y próspero año nuevo.
“Ha pasado otro año, Maggie sigue durmiendo; pese a todo, en la foto no salimos mal. He perdido neuronas, he ganado endorfinas, y en esta fiesta, hubo quien se fue sin avisar. Y aunque no se acaba nunca, no termina el tobogán”. (“Otro año más”. M-Clan).

