
«Las sospechas siguen vivas, la esperanza de saber quién cometió el atentado y por orden de quién, también»
Desde que el despreciable embustero empezó a desmembrar España, muchos españoles nos hacemos la misma pregunta. ¿Pero en qué país estamos viviendo que, con todo lo que está perpetrando este gobierno, aquí no pase nada? Ahora que se van a cumplir 20 años del 11-M, el mayor atentado de la historia de Europa es posible acercarse a la respuesta que suscita esta cuestión, desde una perspectiva distinta.
No es extraño encontrar quien te comenta que su sensación es que esta degradación, esta putrefacción moral llegó a nuestra nación al mismo tiempo que el felón a la Moncloa, pero ¿hasta qué punto esto es cierto? ¿Se puede extraer información en este sentido de lo acaecido hace dos décadas en Madrid? Sí, claramente, tanto en lo referente a la clase de sociedad en la que vivimos como en lo referente al tiempo que esto lleva siendo así.
En primer lugar, se puede abordar propiamente la intención de voto de las elecciones del 2004, antes y después del atentado. Las encuestas previas al 14 de marzo anticipaban una victoria clara de la derecha, por lo que el atentado y la manipulación socialista posterior, fueron efectivos para cambiar los resultados. Sin embargo, para que esto se produjera, hizo falta necesariamente un «terreno abonado», una sociedad de muy bajo nivel intelectual y un espíritu pobre y rendido para que la agitación y la propaganda de la izquierda extrema, con el PSOE a la cabeza, calaran.
¿Recuerdan a Rubalcaba, a la sazón factótum de aquel PSOE, repitiendo hasta el hartazgo aquel eslogan del “Queremos saber”? Extrañamente, o sospechosamente, a elegir, nada más ganar las elecciones se esmeraron a conciencia en echar tierra sobre la masacre. El maestro Luis del Pino, entre unos pocos periodistas, aportaron tantas incógnitas sin investigar, que los jueces no las podían obviar, pero las obviaron. Realmente curioso, la mano de la izquierda extrema comandada por el PSOE había comenzado su labor de zapa, hablando en plata, pareció como que lo estaban esperando.
Sin entrar en el análisis del propio atentado, ¿una sociedad madura hubiera exigido resultados inmediatos en la investigación de la autoría del atentado? No, por supuesto que no, porque sería consciente de que no podía ser fácil establecer inmediatamente quién fue el verdadero responsable de aquella atrocidad, tanto en lo material como en la instigación.
¿Una sociedad madura hubiera aceptado o incluso pedido un aplazamiento de los comicios? Sí, yo creo que sí, rotundamente sí, sobre todo porque en ninguna mente razonable cabe pensar que un golpe así a nuestro país no tenga intenciones en este sentido: votar desde el trastorno, con los cadáveres aun calientes y bajo una tormenta informativa perfectamente dirigida contra el gobierno del PP.
Por tanto, ¿estábamos viviendo en una sociedad madura? No, para nada. Una parte de la sociedad compró la mercancía adulterada y sintió (o le hicieron sentir) prisas por saber la autoría del atentado para decidir su voto, algo que por sí mismo indica una indigencia intelectual y moral fuera de toda duda. Básicamente, esas personas podían ser manipuladas, casi exigían ser manipuladas y, lo supieran o no, fueron manipuladas. La pregunta era obvia ¿Por quién? La respuesta muy simple, por el PSOE ¿la razón? Hacerse con el poder, a cualquier precio.
En relación con esto, cabe analizar también una de las verdades más aceptadas en torno al atentado: una vez se estableciera la autoría islamista, el PP perdería las elecciones. ¿Por qué? Pues porque prevalecería la tesis «esto ha sido por haber ido a Irak«, tesis que convenientemente alineada con el cínico “no a la guerra”, triunfaría en las mentes más débiles. La película estaba rodada, el estreno se hizo con los cadáveres aún calientes, el premio al mejor director no pudo ser entregado, pero todos teníamos un candidato. El premio al mejor atrezo se lo llevó Ferreras, y sus yihadistas suicidas con tres capas de calzoncillos.
Volvamos a la ciudadanía española. Esta afirmación exponía y aun expone una forma de pensar derrotista, una forma de ser adocenada, lanar, con ganas de admitir cualquier tipo de culpabilidad, porque en el fondo “algo habrían hecho mal”. En cierto modo, es una expresión que nos resulta familiar, y no es difícil encontrarse a diario a la flor y nata del vecindario alegrándose del mal ajeno, mientras siente alivio porque se ha producido algún tipo de justicia divina con alguien que le caía mal.
¿Y la verdad? Es lo de menos. Años después se supo que los atentados fueron planeados bastante antes de la invasión de Irak, hecho que no ocupó más de 20 líneas en la página 34 de dos o tres periódicos. En este punto, busquen ustedes mismos las siete diferencias entre una sociedad como la estadounidense tras el 11-S, que reaccionó con orgullo, unión y clamó venganza, y la española tras el 11-M, que en parte reaccionó con vergüenza cobardía extrema y sentimiento de culpabilidad. ¿Qué clase de mentalidad ruin propicia estos sentimientos? ¿Qué sociedad reacciona bajando la mirada al suelo con vergüenza cuando acaban de asesinar a dos centenares de los suyos? La española.
Por último, no merece menos atención lo ocurrido en los meses y años posteriores ante algunos hechos que se fueron conociendo y que son objetivamente gravísimos. ¿Qué clase de sociedad mira hacia otro lado cuando sabe que los trenes reventados por las explosiones, que eran los escenarios del crimen, fueron desguazados mientras votábamos aquel domingo? Máxime cuando se dejó que los expertos analizaran cuatro o cinco pedacitos de las deflagraciones, lavados previamente con acetona, antes de ser examinados por los expertos. A ojo de buen cubero se examinaron trescientos treinta y tres gramos, de ciento setenta toneladas. Sangrante, todo ello bajo la bota asfixiante y sectaria de los que antes querían saber, y que después no volvieron a querer saber nada.
¿Qué clase de sociedad se conforma con un juicio y una sentencia que no determinan el explosivo utilizado o la autoría intelectual del atentado? No hace falta entrar en detalles concretos de la investigación de esos días, todos lo tenemos en la memoria, o de la posterior instrucción del juicio, que se comenta por sí solo, como para hacernos una idea del pensamiento reinante en aquellos momentos: «que esto se acabe cuanto antes«.
Simplemente, al ciudadano medio español le gusta pasar página rápidamente, de cualquier suceso mínimamente traumático, y en este asunto, por demás y por supuesto. Llegados a este punto, cabe recordar cómo ocurren las cosas cuando ocurren con normalidad. ¿Sabe usted, querido lector, que el avión de Spanair accidentado en agosto de 2008 en el aeropuerto de Barajas fue reconstruido pieza a pieza en un hangar para la posterior investigación y la depuración de responsabilidades? ¿Sabe que el tren Alvia que descarriló en Santiago estuvo guardado en custodia durante años a disposición de la instrucción del juez? Es sangrante, y sospechoso en grado superlativo. No hace falta ser un genio para aseverar que el PSOE tiene aversión a la transparencia, y una obsesiva afición por la opacidad.
A estas alturas, querido lector, las respuestas que tengas para las preguntas que he ido dejando diseminadas en el artículo te permitirán saber, sobradamente, la clase de sociedad en la que vivíamos en la primera década de este siglo. Posiblemente no era la misma en la que vivimos hoy en nuestro país, pero representa perfectamente el paso anterior al nivel de degradación y podredumbre actual. Aun así, si el lector duda de esto último, que recuerde lo que hemos vivido con la pandemia y su gestión, y tenga la valentía de imaginar lo que hubiera vivido este país con un gobierno de la derecha.
Sí, efectivamente querido amigo, has llegado a la misma conclusión que yo: el sentido común, la educación y el saber estar se han convertido en una desventaja que, irónicamente, favorece a su vez el pastoreo del que tanto disfruta la izquierda y sus terminales mediáticas. No sienten vergüenza alguna y, en su infinita miseria, llevan ya unos días intentando tapar el geiser de corrupción socialista de las mascarillas precisamente con el enfoque más conveniente a sus intereses de aquellos días de marzo de 2004. ¿Y el votante progre? Esa quincalla, abyecta basura, compra y recompra lo que le venda la izquierda, no dan para más. Con su habitual dignidad selectiva lo mismo reclaman saber qué ocurrió antes de votar que pierden sus ansias de verdad al día siguiente, o echan espumarajos por la corrupción ajena y miran para otro lado con la propia.
Hemos trazado no pocas líneas rojas, pero el suelo era de arena y la marea social comunista las ha borrado todas… y la marea sigue subiendo. Nos estamos acostumbrando a recoger migajas del suelo, porque son gratis, en lugar de exigir un horno para hacer pan, porque hay que trabajarlo. Así que, la pregunta más importante, la de hasta cuándo vamos a aguantar tanta humillación, tanta vergüenza y tanta indignidad por parte del felón y sus cómplices necesarios, por favor, que la responda el que se sienta más optimista, yo he desistido.
He procurado ser lo más suave posible, por respeto a todos los que murieron aquel 11 de marzo del año 2004, por los que les lloraron y les siguen recordando, y por supuesto por la nación española, callada y sumisa ante los que querían saber lo que ocurrió, y que una vez conseguido lo que buscaban, no dudaron en enterrar su petición junto a doscientos ataúdes.
Las sospechas siguen vivas, la esperanza de saber quién cometió el atentado y por orden de quién, también. Lo cierto es que los que más ganaron con aquella masacre fueron los mismos que nos gobiernan hoy día, herederos de aquella matanza a título nefasto, negro, sangriento y retorcido por las bombas que les llevaron en volandas hasta el poder.
Por todos nuestros muertos, y por su memoria. D.E.P.
