El futuro es un placebo. Por Manuel Jesús Pérez Lorenzo

El futuro es un placebo

«Dan mucho miedo aquellos que saben lo que piensa el pueblo, lo que es el interés general y el bien común»

 Lo dice Michael Fassbender, en su personaje de la magnífica El asesino, de David Fincher, y pide el cuerpo pensar en ello y meter muchas sesudas reflexiones que seguramente exceden del objeto de un pequeño artículo; y, sobre todo, parece que nos lo pide más a aquellos que ya tenemos mucho más camino por detrás de nosotros que hacia el horizonte. En realidad, si hacemos caso a Machado, no tenemos ninguna certeza de que exista ese camino si lo vamos haciendo al andar. Pues, eso, un placebo. 

 

Comenzar un nuevo año nos produce esa extraña sensación de esperar algo, pero también de remontarnos al principio del que acaba de terminar y tratar de recordar qué pasaba por nuestras cabezas entonces, cuando seguramente también esperábamos algo. Y, además, y muy importante, a algunos nos hace recapitular, rebobinar y pasarlo todo otra vez muy rápido, a ver si somos capaces de encontrar algo de lo que esperábamos, o a ver si hemos sido la persona que queríamos ser o solamente la que nos han permitido las circunstancias o nuestros propios fantasmas. 

 

Cerrar episodios y llegar a nuevas puertas que abrir, todavía en Navidad, me pone un poco moñas, pese a mi conocida misantropía. No es que odie al ser humano (bueno, quizás a alguno lo colgaría, lo apalearía y lo quemaría delante de la sede de su partido), porque individualmente me he encontrado con buenas personas, hombres y mujeres increíbles, dignos, desde luego, de no pertenecer a la especie humana. No, yo sólo tengo una querencia natural a sentir desprecio y aversión,  hacia la especie humana en general, hacia su naturaleza y hacia sus comportamientos. Somos malos bichos, a los que la Naturaleza no ha podido erradicar ni con la peste, ni con el SIDA, ni tampoco con su último intento, el COVID. Somos demasiado malos como especie para que se pueda acabar con nosotros. El meteorito cayó demasiado pronto. 

 

Los problemas para la Humanidad, no surgieron cuando a un primer hombre se le ocurrió vallar el terreno que trabajaba para su subsistencia y la de los suyos, o cuando transformó los primeros materiales que nadie usaba para hacerse herramientas de trabajo o de defensa, como afirman los enemigos de la libertad y amigos de lo ajeno. Los problemas para la Humanidad empezaron cuando a un primer hombre se le ocurrió que, en vez de huir de otro, o preferentemente de matarlo, podía convivir con él. 

 

Y de aquellos polvos, estos lodos. Ahora, este dislate histórico y antropológico nos obliga a tener que convivir, a tener que ser educados y simpáticos hasta con quienes aborrecemos, a tener que compartir espacios con quienes nos pueden dar asco, o a tener que aceptar que otro, inexplicablemente, piense de forma distinta y no sea capaz de discernir entre la realidad y sus deseos de realidad. Esto me recuerda un viejo y malísimo chiste: “que los franceses al pan lo llamen pain y al vino lo llamen vin, pues vale; pero que al queso lo llamen fromage, con lo claro que es queso…”. 

 

Lo que nos diferencia, entre otras cosas, pero ésta muy claramente, a los liberales y conservadores frente a los enemigos de la libertad, son poco más de una docena de palabras, ordenadas en español como la sentencia desapruebo lo que dices, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a decirlo, atribuida a Voltaire, pero perteneciente en realidad a Stephen G. Tallentyre (como se sabe, pseudónimo de la escritora británica Evelyn Beatrice Hall), en su obra Los amigos de Voltaire. Ésta es la clave de bóveda, tanto de la fortaleza como de la debilidad, de nuestro pensamiento. Ésta es la verdadera superioridad, no sé si moral, pero sí ética, de la Derecha frente a la Izquierda. Este pensamiento, junto con el imperativo categórico de Kant —creo—, son el armazón ideológico que nos diferencia de aquéllos que quieren levantar muros, hacer cordones sanitarios, revivir continuamente los bajos instintos guerracivilistas y negar el derecho a existir a otras ideologías o formas de ver el mundo distintas de las suyas. 

 

Ahora, como decía, mirar a un futuro que no existe todavía, comenzar otro año, seguramente me ponga un poco blandito y me haga pensar en la tercera de las tres pasiones que gobernaron la vida de Bertrand Russell, si hacemos caso a su Autobiografía (2010), es decir, la de la insoportable piedad por el sufrimiento de la humanidad, que en mi caso, como buen misántropo, solamente puede ser la del sufrimiento de algún ser humano individualmente considerado, siempre que no consiga evitarlo y solamente en esos momentos en los que el alcohol o algún golpe en la cabeza me lo permite. 

 

Y ello, necesariamente, me hace preguntarme si habremos conseguido comportarnos como nos enseñaron Hall y Kant, o si se estarán revolviendo en sus tumbas por tomar sus palabras en vano y comportarnos, en realidad, como los sectarios a los que combatimos. Me hace preguntarme si sus fórmulas, para tratar de impedir ese sufrimiento de los menos favorecidos por el reparto de cartas al principio de la partida, no serán mejores que las nuestras, y, si nuestra ferocidad en la batalla ideológica no estará dejando víctimas civiles por el camino. Es decir, una o dos veces al año creo que es higiénico dudar y preguntarnos si todas nuestras críticas despiadadas son compatibles con nuestra creencia en que, a pesar de todo, el adversario ideológico tiene derecho a serlo y a existir; pero, sobre todo, con la de que no es teóricamente descartable que sean ellos quienes tengan razón. Otra cosa, nos convierte en ellos. 

 

La diferencia está en tratar, con honestidad, de respondernos a la pregunta de si lo hemos conseguido. A ellos ni siquiera les cabe en la cabeza la duda para planteárselo: monocordes, uniformados, disciplinados… Quizás, mi mala leche de francotirador del hay que tomar partido hasta mancharse me haya hecho fracasar en el intento, porque la Izquierda es un concepto deplorable, pero hay izquierdistas a los que merece la pena ofrecer el beneficio de la duda: me consta que hay gentes que creen de verdad en todas las soflamas que sus dirigentes encapsulan en supositorios ideológicos, para consumo de la carne de cañón de sus mini guerras, como lo fueron los sans-culottes para los listos intelectuales jacobinos. Hay gentes de izquierdas que creen sinceramente que el socialismo es una alternativa viable —y hasta justa— al capitalismo; que no se dan cuenta de que comparan la utopía de aquél con los resultados de éste; que piensan que cuando sus dirigentes hablan de libertad lo están haciendo de verdad; que no reparan en que les han dado el cambiazo de la lucha contra la pobreza por la lucha contra la igualdad material; que los han convencido de que los fascistas de derechas sacrificamos niños al anochecer y bailamos desnudos alrededor de la hoguera antes de devorarlos; que les compran su mercancía averiada mitin tras mitin, rueda de prensa tras rueda de prensa, elecciones tras elecciones, porque ellos sí que defienden el mensaje que les vende quienes no creen en él. 

 

Porque en sus dirigentes todo es mentira. Cuando sus intelectuales ven la pelea ideológica de cerca, sacan a los matones y a los borricos al frente; cuando llevan un cuarto de hora en el machito, se olvidan de sus orígenes y se compran casoplones, llevan a sus hijos a colegios privados y se olvidan de la sanidad pública; su internacionalismo se quiebra ante la necesidad de votos nacionalistas y separatistas; su libertad es a lo Rousseau, u obligar a ser libres; su desprecio hacia el contrario se convierte en piel fina cuando les toca a ellos, y la medicina democrática de los escraches a la Derecha se convierte en delitos de lesa humanidad contra ellos, o quemar y apalear un muñeco del amado líder tiene que ser delito castigado con fusilamiento al amanecer, pero quemar fotos del Jefe del Estado o cortar la cabeza a un muñeco de un presidente de derechas son libertad de expresión; su denuncia al clasismo de la Derecha se chafa contra el odio cerval que le tienen al empresario, al señorito o al de arriba; la Derecha es racista, pero ellos —como ya tuve oportunidad de decir— volverían a meter a los judíos en un cenicero; claman al cielo por los desfavorecidos, pero quieren acabar con la desigualdad antes que con la pobreza; echan espuma por la boca contra el egoísmo individual, pero supuran envidia social… En definitiva, impostura y ley del embudo. 

 

Sánchez, nuestro presidente, es un tipo no sé si carente de ética, pero sí de moralidad; con principios marxistas, pero a lo Groucho, no a lo Karl —aquéllos de estos son mis principios, pero si no le gustan, tengo otros—; con tics totalitarios y con un convencimiento muy claro de que el fin justifica los medios, si es la Izquierda quien los maneja. Sin embargo, y aunque perdió las elecciones y considero que es un presidente ilegítimo (por viciar la emisión de voluntad de los votantes con sus artimañas), es cierto que ha conseguido articular una mayoría parlamentaria en el Congreso y es un presidente legal. Por lo tanto, no debemos pasarnos de frenada: Sánchez es una especie de delito de riesgo que va camino de estrellarse, bebido y con exceso de velocidad, pero que todavía no nos ha estampado. Apaleemos a su muñeco, saquémosle las vergüenzas, desenmascaremos su inclinación totalitaria, hagamos oposición y preparémonos para nuevas batallas. Pero dejémosle gobernar, que se lo tiene merecido, porque ha pagado un precio muy alto y porque en el pecado lleva la penitencia: quedarán para la historia sus mentiras; será recordado como un traidor para sus propios muertos y como un vendedor de patrias sedicionadas y esquilmadas para más de media Expaña; ya nadie se atreverá a darle la espalda y en la Unión Europea ya no se podrá olvidar su soberbia; pero, además, se tendrá que comer la crisis económica que fue alimentando pensando que tendría que hacerse cargo de ella una hipotética Derecha vencedora en las elecciones, terminará reculando con grandes empresas y multinacionales, la UE le obligará a freírnos a impuestos para pagar la barra libre de estos años, y tarde o temprano la ciudadanía le colgará de los pies electoralmente o los suyos propios le echarán a gorrazos y tendrá que dedicarse a acompañar a Zapatero a contar nubes y a hacer el ridículo internacionalmente; eso sí, con el tumbao que tienen los guapos al caminar… 

 

Quizás estas últimas palabras sean prueba de que no hemos conseguido distinguirnos mucho de ellos, pero, al menos, nos lo preguntamos de verdad en estos momentos en los que nos disponemos a pensar en lo que queremos hacer y en lo que queremos ser en ese futuro-placebo, como si nosotros no fuéramos nosotros y nuestras circunstancias. Pero, bueno, al menos, me siento un poco menos moñas que al principio. 

 

Es comienzo de año, una buena hora para intentar mirar a ese futuro que no sabemos si existe y para buscar qué queremos ser, cómo queremos ser y cómo somos en realidad. Pero lo que sí sabemos es que el progresismo es procustismo. Y dan mucho miedo aquéllos que saben lo que piensa el pueblo, lo que es el interés general y el bien común, y que son tan listos que saben adonde hay que llegar: no adonde queremos llegar, que eso lo sabemos todos y es legítimo, sino adonde hay que llegar por fuerza, so pena de ser un enemigo del pueblo o un fascista, carne guillotinas, checas o cordones sanitarios. 

 

Sólo hay el camino que hemos dejado atrás (también lo dice Fassbender en la película), y ya hemos vivido lo que ellos dejan en las cunetas. 

Manuel J. P. Lorenzo

Soy doctor en Derecho, abogado desde hace más de treinta años y empresario, y fui muchas más cosas, que son las que me han traído hasta aquí. Crecí de niño en el barrio de Usera de Madrid, fui Inspector de Policía en lucha antiterrorista en el País Vasco de los 80’, estuve preso y conocí once cárceles, defendí a algunos de los mayores narcos de España y mantuve contactos con servicios secretos y de información nacionales e internacionales. El resto no ha prescrito. Me gusta leer, escribir y ver series, sobre todo americanas; estudiar ajedrez y hacer deportes bestias de contacto; comer con mis amigos y reírme de mis enemigos; pensar que, como cuando era joven, sigo siendo inmortal y que, cuando llega la época de las renuncias, es mejor tener muchas cosas que dejar atrás que no haber tenido ninguna. En definitiva, un camino de mil kilómetros, que va, por lo menos, por el seiscientos sesenta y seis.

Artículos recomendados

Deja un comentario

A %d blogueros les gusta esto: