
“Nosotros no hacemos algo por la demanda o por el mercado. Con nuestra tecnología podemos crear la demanda y también podemos crear el mercado. La oferta crea su propia demanda”. (Soichiro Honda).
Desde que el mundo es mundo, y el primer ser humano se puso sobre dos pies, una de las bases que dan sentido a la relación social, a las sociedades civiles es, sin duda, el afán de progreso; El deber, la obligación, de tratar de mejorar nuestra vida individual y colectiva. Desde que el primer hombre que encendió un fuego descubrió que podía aliviar su frio, que podía cocinar sus alimentos por su descubrimiento, el hombre ha centrado su objetivo en descubrir y crear cosas que mejoren su confort, sus condiciones de vida.
Y esto ha funcionado siempre. Gracias al estudio y a la aplicación de los nuevos conocimientos, la humanidad ha avanzado progresivamente en todas aquellas materias que condicionan el día a día de quienes la componemos. Materias tales como la salud, la arquitectura, la ingeniería, y todo lo que va ligado a ellas, el transporte, las nuevas fuentes de energía y por supuesto las posibilidades de ocio y confort que todo ello ha propiciado. Sin embargo, si bien la revolución industrial y sobre todo el descubrimiento de la electricidad supusieron hitos en el avance tecnológico, nunca se había evolucionado tan rápido como en estos últimos cincuenta años.
Las posibilidades, en todos los ámbitos, que ha aportado la tecnología informática, los ordenadores y los dispositivos móviles, han supuesto una revolución en nuestra forma de ver el mundo. La visión global y la inmediatez de la información, de la disponibilidad, del consumo, ha variado nuestro modo de vida a una velocidad nunca antes conocida. En el breve lapso de tiempo que supone media vida de un ser humano, algunas generaciones hemos pasado de la radio y la televisión en blanco y negro a las inmensas opciones que hoy en día nos ofrece la tecnología. Esto, que sin duda se podría calificar de positivo, a priori, ha traído asociada, sin embargo, la obligatoriedad de vivir en un mundo tan cambiante que la evolución, a muchos, nos ha pasado por encima, imposibilitándonos a alcanzar la velocidad de cambio del mundo que nos rodea.
Volviendo un poco a la revolución industrial, cuando la primera línea ferroviaria del mundo, entre las ciudades de Liverpool y Manchester, fue inaugurada en el año 1830, la prensa se preguntaba que si el cuerpo humano estaría preparado para soportar la velocidad de 25 km/hora que el tren llegaba a alcanzar. Esto, que ahora nos parece una anécdota simpática, nos lo estamos preguntando muchos a estas alturas del siglo XXI; muchos, como yo, nos preguntamos si el ser humano está preparado para el avance tecnológico que estamos viviendo, o estamos sufriendo, sobre todo en los últimos veinte años.
Y si me lo permiten, la duda es lógica, desde el punto de vista de una generación humanista que se acostumbró a la espera, a la paciencia, al esfuerzo y a aguzar el ingenio para conseguir las cosas, y que ve como la generación de sus hijos carece de todos esos valores, o de la mayoría de ellos, por haber nacido en un mundo que puede proveerles de de cualquier cosa al instante, en el que pueden, virtualmente, desplazarse a cualquier lugar del planeta en segundos, conocer cualquier información, profundizar en cualquier noticia y conocimiento al instante, y que sin embargo muestra el mayor desinterés por lo que ocurre a su alrededor que se haya conocido en la historia de la humanidad. Una generación carente de la curiosidad que, a través de otras generaciones, les ha traído hasta aquí. Y es normal, porque los nacidos en el siglo XXI dan por hechas cosas que a nosotros nos parecían ciencia ficción y no prestan atención a lo que se pone al alcance de su mano sin el esfuerzo que a nosotros nos suponía. Atrapados en una jaula de cristal que son incapaces de ver, pero que coarta su existencia hasta límites inaceptables.
Esto, sin tener en cuenta que las generaciones de nuestros padres, aquellos que nacieron en los años treinta y cuarenta del siglo XX, están siendo ninguneados por un mundo que ellos contribuyeron a cimentar, proveyendo de la formación necesaria a una generación, la nuestra, que ha construido un lugar que no solo les es ajeno, sino también agresivo. Un lugar en el que se sienten como un pez fuera del agua y en el que son tratados como estorbos que hay que apartar.
Una vez leí que, cuando el teléfono estaba atado a un cable, el ser humano era más libre. Es cierto. Esta tecnología, este avance desmesurado y loco, este negocio que nos obliga a tratar como necesidades cosas que son banales y prescindibles, nos está atando de pies y manos. ¿Cuánto tiempo hace que no se sientan en un parque a leer un libro en papel, o un periódico? O a disfrutar de los trinos de los pájaros, la belleza del entorno y el olor a hierba cortada. ¿Se han planteado todo lo que se pierden y el tiempo que malgastan por estar mirando el móvil?
Yo sí.
Artículo publicado en el número de abril de Diplomatic World Magazine.

