El mal humor. Por Diego Pardos

Dibujo original de Enrique Jardiel Poncela para ilustrar uno de sus cuentos.

«No sé qué nos pasa a los españoles. Estamos todo el día con el ceño fruncido y no veo solución para el mal humor»

Debiera suceder con el mal humor aquello que nos pasa con el mal olor, que procuramos evitarlo. Se abren las ventanas para ventilar la sala o la oficina y se limpian los suelos con lejía o desinfectantes; se saca el estiércol de las parideras del ganado ovino o de las granjas de cerdos para que nuestras cabañas estén presentables y de paso para abonar las tierras de labor; alejamos de nuestras ciudades más chic las pestilentes chimeneas de la industria; consumimos geles y jabones para quitar la roña de nuestra piel y hasta nos aplicamos desodorantes y aguas de colonia. Claro que esto último es también patrimonio del amante del baño mensual y hasta del anual, que con ello piensa que puede disimular su guarrería. Pero si para el mal olor hemos visto soluciones ingeniosas, está por conocerse el método que acabe (o mitigue al menos) el mal humor. Esta semana sin ir más lejos, la joven portavoz de Vox en la Cámara Baja, declaraba en el programa de Luis del Pino en Radio Libertad que no cruza ni una sola palabra en los pasillos del Congreso con nuestro presidente del Gobierno. (¿Será sólo el mal humor o la falta de sentido de él?) 

 

Porque en tiempos de la II República había más rechifla y más comentarios jocosos en el hemiciclo (también más talento, es verdad) y gritos y hasta algún puñetazo como el que le propinó José Antonio al diputado lerrouxista Álvarez Mendizábal. No es menos cierto que se oyeron amenazas de muerte que, desgraciadamente fueron premonitorias. Unos años antes, en 1921 nacía el semanario satírico Buen Humor, que contaba con la temprana colaboración de Jardiel Poncela y que se leyó durante la dictadura de Primo de Rivera y la Dictablanda de Berenguer. Vamos, que llegó la democracia y se acabó el “buen humor”. 

Revista Buen Humor

Pero quedaba Gutiérrez (1927-1934), la publicación dirigida por el dibujante K-Hito, buque insignia de “la otra generación del 27”, con Tono o Miguel Mihura. Por su parte Gracia y Justicia, de Manuel Delgado Barreto, fue una pesadilla conservadora que cubrió la totalidad del régimen republicano. Aun así los españoles nos empeñábamos en seguir de mal humor y montamos una guerra. Y como en la guerra hay armas, aparece en el bando nacional La ametralladora, manejada por Mihura y en donde se puede leer a Edgar Neville o ver los dibujos de Enrique Herreros. 

 

Ya en 1941, de nuevo el incansable Mihura funda La Codorniz, que murió anciana en 1978. Cuenta con López Rubio, Fernández Flórez y un jovencísimo Álvaro de Laiglesia, quien incorporó con el tiempo a Chumy Chúmez o a Manuel Summers. También al dibujante Antonio Mingote, que con los años encabeza una nueva revista en 1955: Don José, que ficha a Tono y a Gila, entre muchos, y escriben Alfonso Paso y José Luis Coll. Para no aburrirnos, surge en el tardofranquismo Hermano Lobo, con gran éxito y un humor más crítico, dirigida por Chúmez y un equipo formado por Amilibia, Forges, Cándido, Summers o El Roto. 

La gallina ilustrada

 No sé qué nos pasa a los españoles. Estamos todo el día con el ceño fruncido y acaso no se nos ocurre otra cosa que hacernos portugueses, con lo melancólico que debe de ser eso. Ya he dicho antes que no veo solución para el mal humor. Cuando salgan estas letras publicadas en La Paseata, los últimos y latentes acontecimientos presidenciales no habrán contribuido a ello. ¿Tenían la fórmula mágica Tip y Coll cuando nos decían al alimón: “Y mañana… hablaremos del Gobierno”. Díganlo y escriban los pocos columnistas que gozan del sentido del humor, y pinten sus monos los ilustradores que nos provocan una sonrisa al día. Menos da una piedra, desde luego. Porque el último intento serio de reírnos fue breve: Recuerden La Gallina Ilustrada (2019-2020), el catorcenal satírico de José Antonio Fúster lleno de colorines y versos, viñetas de Snoopy, artículos de Beatriz Rojo y las Crónicas Charlamentarias de María Durán. Y el horóscopo de Madame Tabor, además de la foto de una señorita con poca ropa en la penúltima página, para llenar el vacío que dejó en la prensa española la revista Interviú. 

 

 

Diego Pardos

Soy un hombre del franquismo, pues nací en Daroca en 1974. Pasé mi infancia en un lugar de la Celtiberia llamado Used y acudí a clases de bachillerato en Teruel, como Antonio Mingote (con resultados notoriamente distintos). En dos ocasiones gané (ex aequo) el Concurso de cuentos infantiles “Tertulia Goya” de Santander (años 2011 y 2015) y escribí la novela Las autonomuchas. El discreto exilio de Fernando Vizcaíno Casas (SND Editores, Madrid, 2018), con prólogo de Eduardo Vizcaíno de Sas. Y una segunda parte, en edición no venal. No contento con ello también colaboré en el periódico satírico La Gallina Ilustrada (2019-2020).

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