Con el viento a favor. Por Julio Moreno López

Con el viento a favor.

 Por esa cuesta abajo, que hay saliendo de la casa, sintió el frio en los huesos de la limpia madrugada. Rondaba en su cabeza, con la primera luz del alba, ¿Qué haría si mañana no saliera al mar su barca?”. (“De Cudillero”. Víctor Manuel). 

 Me encontraba yo, esta mañana, realizando un ejercicio de nostalgia, a los que últimamente soy demasiado dado. Es verdad que desde que me faltan los que han sido y serán pilares fundamentales de mi existencia, mis padres, la nostalgia siempre está ahí, como  esa amiga que te vigila, poniéndote en tu sitio cuando te disipas, para que no pierdas el rumbo.  

 

Hay, sin duda, muchas formas de alimentar la nostalgia, de remover los recuerdos. Esas viejas fotos en papel, organizadas en álbumes que pueden componer la cronología de muchas vidas. Es curioso; ahora que la fotografía se ha vuelto digital, y gracias a los sempiternos teléfonos móviles, hacemos fotos sin parar. Yo, particularmente, he llegado a hacer más de mil fotografías de un viaje breve. Aún así, buscar una que te remueva por dentro es tan difícil como encontrar una aguja en un pajar.  Sin embargo, cuando las fotografías del viaje se hacían en analógico, obligándote a elegir bien lo que merecía la pena ser fotografiado, muchas veces el viaje quedaba realmente retratado en esas veinticuatro o treinta y seis fotografías que cabía en el carrete, algo que con la fotografía digital muchas veces no se consigue. Yo, que recuerdo lo que era esperar una semana para acudir a recoger el sobre amarillo con las fotos reveladas, muchas veces, también, siento nostalgia de ello. 

 

Pero esta mañana no estaba mirando fotos. Esta mañana he estado buscando esas canciones que marcaron mi infancia, en esos trayectos en coche eternos a la playa; Canciones como a la que he hecho referencia en el encabezado de este artículo, de Víctor Manuel, de José Luis Perales, Alberto Cortez, Mocedades y tantos y tantos otros. Y fíjense, en la era digital aún hay cosas que cuesta encontrar y cuando por fin he dado con esta magnífica canción, “De Cudillero”, que tantas y tantas veces ponía mi madre, melómana desde que de niña oía a su madre, mi abuela, cantar los tangos de Carlos Gardel, me he emocionado al escucharla. 

Es verdad que la era digital tiene ventajas, a fin de cuentas, así como muchísimos inconvenientes. Yo hoy, tras encontrar en Youtube esta canción, me he reconciliado un poco con las “tecnologías de la información”. Pero tan solo porque me ha costado un rato largo encontrarla, lo cual ha hecho, finalmente, la experiencia de escucharla mucho más satisfactoria. 

 

Si, que quieren que les diga, a mi no me gusta que me pongan las cosas a huevo. Soy de los que piensan que la satisfacción de alcanzar o de poseer algo después de haberlo deseado largo tiempo, aporta un valor añadido al logro. Algo que las nuevas generaciones, merced a la inmediatez como becerro de oro, están perdiendo sin duda. 

 Ayer se fue; tomó sus cosas y se puso a navegar. Una camisa, un pantalón vaquero y una canción, ¿Dónde irá, donde irá?”. (“Un velero llamado libertad”. José Luis Perales). 

 Escucho hoy estas canciones, y recuerdo que hace cuatro días, en “El Hormiguero”, tuve la ocasión de vivir la surrealista experiencia de ver una entrevista a un tal Anuel, que ha perdido la M por el camino de puro vago. Este personaje esperpéntico, con cadenas de oro de kilo y medio cuajadas de diamantes, que se ha hecho rico gracias al auto tune que abarrota sus canciones, no solo carece, con toda seguridad, de la capacidad de componer algo con significado, sino también de la posibilidad de articular una frase inteligible. Son cosas como esta las que alimentan mi nostalgia, así como mis ganas de tirar al tipo al pilón, a ver si se ahoga por el peso de su joyería hortera. 

 

Bueno, como podrán entender, estoy exagerando. No le deseo a casi ningún cantante de reguetón que acabe ahogado. Con una prohibición de cantar durante toda su vida y una orden de alejamiento me conformo. Soy así de conformista. Por cierto, ya sé que reguetón no se escribe así, pero cuando un cantante de este género aprenda a hablar sin decir “ya tu sabes” cada cinco palabras, empezaré a escribirlo correctamente. 

 

Volviendo a la seriedad que me caracteriza, me he dado cuenta hoy también que casi todos esos grandes compositores, Perales, Serrat, Sabina, Víctor Manuel y un largo etcétera, han recurrido a la navegación y los navíos con mucha frecuencia. Fíjense en que cosas tan peregrinas me vienen a la cabeza cuando me acabo de levantar. Podrían bastar como ejemplo las dos citas anteriores, pero recordando otra de las canciones que han marcado mi niñez, me he dado cuenta de que nostalgia y mar van unidas en no pocas ocasiones. 

 “Si un día para mi mal viene a buscarme la Parca, empujad al mar mi barca, con un levante otoñal, y dejad que el temporal desguace sus alas blancas; y a mi enterradme sin duelo, entre la playa y el cielo”. (“Mediterráneo”. Joan Manuel Serrat). 

 Será porque la inmensidad del mar nos recuerda que somos insignificantes, o por que el mar, como dice Perales, representa la libertad, la posibilidad de huir, de desaparecer hacia nuevos horizontes, dejando atrás los errores del pasado y mirando hacia un futuro, si bien incierto, limpio y brillante, con el viento a favor. 

 “Y desafiando el oleaje, sin timón ni timonel, por mis sueños va, ligero de equipaje sobre un cascarón de nuez, mi corazón de viaje”. (“Peces de ciudad”. Joaquín Sabina). 

 

@elvillano1970 

Julio Moreno Lopez

Nací en Madrid en el año 1970. Aunque mi título universitario indica que soy ingeniero informático por la Universidad Pontificia de Salamanca, nunca ejercí como tal. Enamorado del mundo del periodismo y de la literatura, colaboro en diversos medios escritos y en alguna que otra emisora de radio. Ahora, miembro de este proyecto tan bonito de La Paseata. Además, soy autor del libro “Errores y faltas” Y del blog del mismo nombre. En Twitter @elvillano1970.

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