
«El Poder Civil es la materialización social del derecho fundamental a expresar y difundir libremente los pensamientos, ideas y opiniones»
Allá por octubre del año pasado, hace ya nueve meses, Manuel Artero me dio la oportunidad de escribir en su La Paseata, convirtiéndola desde entonces en mi particular linterna para, como Diógenes, buscar de día, pero no un hombre honesto —que no sabría qué hacer con él si lo encontrase—, sino una ventana abierta a la libre comunicación de ideas y calenturas, y, quizás también, una espita que, abriéndose de vez en cuando, pudiera dar salida a esa mala leche que cultivo con pasión, para que no me explotase dentro.
Así, nueve meses después, como si hubiera querido hacer algún tipo de metáfora con un parto, ahora alumbro mi último artículo. Siempre he mantenido que el proceso de escribir es la historia de una frustración. Siempre he sufrido una especie de desolación espiritual al plantearme ponerme ante el papel y escribir, porque estoy firmemente convencido de que solamente merece la pena escribir, bien para decir algo que nadie ha dicho —cosa prácticamente imposible—, bien para decir algo de mejor forma que lo que ya se ha dicho (de forma más completa, más inteligente, más bella…), aunque esto también sea prácticamente imposible: como en el Far West, siempre hay alguien más rápido.
Y éste es el caso (por cierto, ya sé que recientes cambios en la Gramática hacen que determinadas palabras ya no lleven tilde; pero no me da la gana participar en la whatsappización de nuestra lengua). Después de muchas semanas pegando mordiscos a la realidad de nuestra querida Expaña, uno se da cuenta de que hay docenas de firmas que hablan de lo mismo, que escriben mejor, con más medios y conocimiento de causa y menos mala baba, y que tienen mucha más audiencia. Afortunadamente, lo que denomino Cuarto Poder, está siendo tan potente que se ha convertido en nuestra última esperanza de echar de una sonora patada en el culo al autócrata que nos gobierna.
Estas semanas me han servido para demostrarme que mis convicciones son fuertes y que crecen conforme se defienden; me han traído el cariño de muchos amigos que se han tragado, uno tras otro, esos ladrillazos demasiado largos a juicio de casi todos; y, desgraciadamente, es posible que también me hayan hecho perder algún viejo amigo que ha preferido la ideología caduca a la amistad añeja. Pero, en resumen, es mucho más lo bueno que debo a La Paseata, y de bien nacido es ser agradecido. Gracias, pues.
Cuando he escrito “Cuarto Poder”, seguramente todo el mundo haya pensado en la Prensa, y no es así… del todo. A estas alturas, ya nadie ignora la existencia de los clásicos tres poderes del Estado: Legislativo, Ejecutivo y Judicial (los nombro en el orden de aparición en nuestra Constitución). Y es cierto que se habla de la Prensa libre como un Cuarto Poder oficioso, con capacidad de controlar el desempeño de los otros tres oficiales. Sin embargo, yo creo que el sistema ha evolucionado por absoluta necesidad, como por otra parte requiere el propio concepto de evolución. Y sí creo que en nuestras Democracias Liberales ya existe un Cuarto Poder real; un poder que tiene mucho que ver con la Prensa, pero que hoy en día abarca otras muchas más manifestaciones: lo denomino Poder Civil. En nuestro maltratado país, es la Sociedad Civil la que, con sus medios de comunicación, sus asociaciones y sus ciudadanos de a pie, está plantando cara al ataque populista y autocrático de un sujeto sin escrúpulos que ha infectado primero su partido, después el Congreso y, acto seguido, todas las instituciones, para, si quiere, acabar con nuestro sistema de Estado —Liberal,— Democrático y Social de Derecho, y convertirlo en una suerte de engendro bolivariano de Socialismo del Siglo XXI.
Este Poder Civil no tiene un Título en la Constitución, pero está en el adn de algunos de sus derechos fundamentales. El Poder Civil es la materialización social del derecho fundamental a expresar y difundir libremente los pensamientos, ideas y opiniones; y del derecho fundamental a comunicar o recibir información veraz; y del de reunirnos y manifestarnos libremente; y del de asociarnos; y del de participar en los asuntos públicos y votar para echar a gorrazos a nuestros nuevos señores feudales. Es decir, es un Poder cuyo sujeto es la Sociedad Civil y que tiene su fundamento en otra de las patas del Estado de Derecho: no en el Imperio de la Ley, no en la Separación de Poderes, no en la Seguridad Jurídica, ni tampoco en el Control de constitucionalidad de la actuación de los Poderes, sino en la existencia, reconocimiento y defensa de unos Derechos Fundamentales sin los que un Estado, por muchas normas y mucho Derecho que tenga, no puede ser un Estado de Derecho.
Ese Poder Civil es el que no puede ser controlado por el Sanchismo, básicamente porque no depende ni de políticos ni de partidos; y es el que hoy está en las trincheras, empujando a la lucha a los restos del Poder Legislativo y del Poder Judicial que todavía no han sido sometidos por el psocialismo de barra libre para sus socios, de palo y zanahoria para sus militantes (¿eh, patxis y zapateros?), y de ofertas que no se pueden rechazar para el resto. Porque nos va la vida en ello.
En un rápido resumen, no nos encontramos en los mejores momentos de nuestra Historia. Este Gobierno populista de Extrema Izquierda, separatista, sedicioso y filoterrorista (¿o acaso el PP no es Extrema Derecha por simplemente pactar con Vox? Ergo…), está dejando la economía de nuestro país como unos zorros, exactamente igual que ya hicieron González y Zapatero: así es la Izquierda, dilapidadora, intervencionista, de gastos elefantiásicos y ridículas performances supuestamente distributivas para su público, y ciega a la realidad empírica. A las empresas las fuerzan a subir sueldos y disminuir jornadas (eso debe de ser el famoso Diálogo Social); los autónomos están azules, pero no por ser de derechas, sino porque ya no pueden respirar; los trabajadores pagan más cotizaciones, más impuestos y más tasas que nunca: el esfuerzo fiscal de los españoles es más alto que el de los ciudadanos de Alemania, Reino Unido y Suecia, y un 60% mayor que el de los EE.UU.; los propietarios de inmuebles ven intervenidos sus negocios; suben los precios desorbitadamente incluso de bienes de primera necesidad; el paro es el mayor de la Unión Europea: más que nunca, aunque se esfuercen en mentir una y otra vez con la vergüenza de los fijos discontinuos, que no se contabilizan como parados en los períodos en los que lo están: hace un año, Bruselas detectó 985.000 parados “ocultos” en España y más de 1 millón de infraempleados, y el empleo público supone el 70% del empleo creado; en agosto del año pasado, EE.UU. tuvo que alertar a empresas e inversores internacionales acerca de los impagos de Sánchez a las renovables; crecemos a más ritmo que la media europea, pero nos silencian que veníamos de tan abajo que lo terrible sería no crecer más rápido que quien ya está arriba (como el muy gordo, que pierde los kilos mucho más rápidamente que el delgado); Moncloa tuvo que admitir en noviembre del año pasado que la brecha en renta per cápita con la UE ha empeorado y la productividad se ha estancado; la deuda pública da verdadero pánico, y más tendría que dar a nuestros hijos y a nuestros nietos: el Banco de España ha destapado una deuda oculta de 95.000 millones de euros y ha alertado de que, a este ritmo de endeudamiento público, vamos hacia el colapso del Tesoro… ¿Y la Economía va como una moto? Sí, la de su esposa y la de su hermano.
En lo Internacional, Sánchez, autocráticamente, cambia la política tradicional con el Sáhara, con oscuras componendas con Marruecos y nos trae gratis un conflicto diplomático con Argelia; nos avergüenza en Europa, el sátrapa, escupiéndole el nazismo al líder del Partido Popular Europeo, el alemán Weber, como si estuviese en España con el PP; nos deja en ridículo con nuestros aliados de la OTAN descartándose de la operación Atlanta contra los piratas hutíes; nos pelea con Israel, el único país democrático de la zona, y, ¡bravo!, nos felicita repetidamente Hamás… Pero eso sí, el discapaz Zapatero a tope con el Grupo de Puebla.
En clave Nacional, se indulta, primero, y se amnistía, después, a auténticos delincuentes que han atacado el orden constitucional; se modifican preceptos del Código Penal a la carta, para que sus amiguetes no sean sediciosos ni malversadores; se blanquea la bestial corrupción de los EREs de Andalucía con su Tribunal Constitucional de cámara; ya se preparan el referéndum exigido por sus socios separatistas, sediciosos y filoterroristas, y una financiación a la carta para esa Cataluña normalizada tras las cesiones y regalos; se destapan tramas de corrupción allá por donde se rasca un poco la fina piel del organigrama psocialista; se convierte La Moncloa en una agencia de colocación para Begoña, la Profundamente Amada…
Sánchez accedió al poder de forma legal, pero no legítima, como ya hicieron los nazis en 1933 en Alemania (cómo puede verse, acaba de cumplirse la Ley de Godwin), porque mintió al electorado sobre lo que iba a hacer y a no hacer, porque utilizó medios públicos para su propia campaña electoral, y porque dolosamente dificultó el ejercicio del derecho de voto a la población con una convocatoria en pleno mes de vacaciones de verano. Tras ello, ya controla el Tribunal Constitucional y, recientemente, el Consejo General del Poder Judicial: ingeniería jurídica, mutación constitucional, Constructivismo Jurídico, Jurisprudencia de Intereses nacionalsocialista; ha tenido el desahogo de preguntar retóricamente en público, en una entrevista-masaje en una cadena de televisión, que de quién depende la Fiscalía (pues eso); ha ido copando todas las instituciones y ha creado enloquecidamente más y más puestos de funcionarios que le deberán sus habichuelas; si alguna función del Senado (que no controla) le estorba, cambia la ley; se ha permitido amenazar a los medios de comunicación que no le bailan el agua… y suma y sigue.
Insisto en mi ya clásica pregunta: ¿Cómo coño podría vomitar por escrito, sin poner el muñequito de mierda del emoticono?

Pero Sánchez hace todo esto porque puede; porque la nuestra no es una Constitución militante, y, por lo tanto, permite la existencia de partidos y organizaciones que quieren destruirla, y porque su defectuosa factura les da verdaderamente instrumentos legales para que pueda ser suicidada desde dentro, desde la propia ley: una vez el sátrapa ya se ha hecho con todas las instituciones, si quisiera, destruiría nuestra Democracia Liberal, y no podríamos hacer nada por evitarlo. Nada. Perdón por el spoiler: como en el Sexto Sentido de Bruce Willis, estamos muertos y no lo sabemos.
Solamente, el hecho de pertenecer a la Unión Europea y la tenacidad de nuestro Poder Civil, inquebrantable en la denuncia de su corrupción y en el empuje de nuestra lucha, pueden traer un pequeño soplo de esperanza. Afortunadamente, Sánchez, los muertos que vos matáis gozan de muy, pero que de muy buena salud.
Nos encontramos en la próxima barricada.
