La Secta. Por Manuel Jesús Pérez Lorenzo

La Secta

«El amado líder se sitúa en el vértice supremo de la estructura piramidal de la secta, lo más cercano a la divinidad»

Nuestra Constitución y, en términos más generales, toda nuestra cultura política (occidental, liberal y cristiana, pese a quien le pese) consagra unos derechos fundamentales, cuyas defensa y protección aseguran el valor superior de la dignidad humana en la escala de nuestros principios. Hagamos un pequeño paréntesis para reflejar lo interesante que es advertir que, mientras ningún derecho fundamental es absoluto (la vida no lo es, cuando podemos privar a otro de ella, por ejemplo, en legítima defensa o en estado de necesidad; la propiedad no lo es, cuando el Estado nos puede expropiar y obligar a pagar impuestos; la libertad tampoco, cuando podemos ser encarcelados…), sin embargo, la dignidad sí que lo es: seamos privados de la vida, de la libertad o de la propiedad, nunca podrá ser ni legal ni legítimo que nos lo hagan quebrando nuestra dignidad como ser humano. 

 

Dentro de estos derechos fundamentales, me gusta mucho pensar, no ya en el de expresión, que, claro, también, brutalmente machacado sin recato en los regímenes de extrema derecha y de extrema izquierda y con disimulo en los demás, sino en su precursor. Y me refiero a la libertad de pensamiento, pues lógicamente nadie puede tener de verdad un derecho fundamental a expresar y difundir libremente los pensamientos, si, previamente, no los ha tenido. No es una boutade. Como buen anticolectivista, me preocupa mucho el intervencionismo estatal en todos los órdenes de la vida, pero el intervencionismo en las mentes creo que es el más sibilino y el más cruel de todos, porque pretende colonizar los pensamientos y las ideas de esos seres humanos a los que no se les puede privar de la dignidad. Cierto es que ninguno estamos libre de determinismos, como el tiempo en el que vivimos, el país en el que nacemos, la familia que nos educa, la propia salud, las propias capacidades que nos ha dado la naturaleza, o, incluso, la suerte. Por lo tanto, vamos a ser un poco ingenuos y pensar que somos libres cuando no existen otros condicionantes que los recién expresados, o alguno más de ese cariz. Y es a partir de ahí, donde me ahoga una honda preocupación. 

 

Pudiera parecer que nadie puede coartar la libertad de pensamiento (a diferencia de la libertad de expresión), porque todo el mundo piensa lo que quiere, ¿verdad? Pues no; si analizamos la realidad con atención y no a brocha gorda, veremos que existen instrumentos del Leviatán, como la publicidad, la ingeniería social, las educaciones para una supuesta ciudadanía o las teorías de la cancelación, por ejemplo, dirigidos sutilmente a uniformar a la sociedad y a lobotomizar la individualidad (Cualquiera que rehúse obedecer a la voluntad general, será obligado a ello por todo el cuerpo [social]; lo cual no significa otra cosa, sino que se le obligará a ser libre, Rousseau dixit). 

 

No nos engañemos: todas las organizaciones humanas se retroalimentan de sus propias ideas y de la bondad de lo suyo frente a lo de otras. Pero, el punto de inflexión hacia lo patológico aparece cuando estas organizaciones o grupos humanos consiguen, o bien eliminar el componente crítico del pensamiento de sus miembros, o bien el componente moral de sus comportamientos. En cualquiera de los dos casos, esos miembros son privados sutilmente de su libertad de pensamiento, porque ya no pueden sino pensar lo que deben para actuar como deben. Es decir, se les ha obligado a ser libres. Los Estados totalitarios, ya sean formales o materiales, lo hacen, pero también otros grupos humanos y organizaciones menores ponen su punto de mira en la libertad del individuo. 

 

El profesor de Psicología Social de la Universidad de Barcelona, Álvaro Rodríguez Carballeira en su artículo La actuación de las sectas coercitivas, también denominadas destructivas, realiza un análisis tan reconocible que no puedo resistir la tentación de traerlo al caso. Advierto que, tras el necesario resumen, quedan, mezcladas con cosecha propia, frases y párrafos literales del citado artículo, por ser imposible reflejar mejor o de forma más clara su contenido. 

 

Según el profesor, el elemento que define más plenamente a las sectas destructivas es el de los medios que ponen en marcha para lograr la sumisión de sus miembros. Por ello, puede ser definida una secta destructiva como un grupo totalitario que emplea técnicas de persuasión coercitiva para captar a las personas y someterlas a la dependencia del grupo. La expresión persuasión coercitiva es la que alude de un modo más claro y ajustado a la transformación de las actitudes y conductas de una persona de forma inducida desde el exterior, pero existen otras denominaciones utilizadas prácticamente como sinónimos: lavado de cerebro, reforma del pensamiento, control mental y adoctrinamiento intenso. Seguro que todo esto nos va sonando. 

 

Centrándonos en el aspecto de la libertad de pensamiento, la técnica del lavado de cerebro comienza por inducir un encapsulamiento del mundo psíquico del sujeto, promoviendo la interacción intensiva entre los miembros del grupo y limitándola con los no miembros, lo cual sirve para establecer el control maniqueo propio del pensamiento sectario: buenos y malos, ellos y nosotros, conmigo o contra mí, cordones sanitarios… A este encapsulamiento, sigue la supresión de las fuentes de información ajenas a los intereses del grupo y la creación de un estado de dependencia existencial, de modo que la secta se erige en el único camino para la verdadera existencia, en la única autoridad real para tomar cualquier decisión sobre la vida de sus miembros y el funcionamiento del grupo, por nimia que ésta sea.  

 

Las técnicas de la secta también alcanzan a la vida emocional del sujeto, sobre la base de activar emociones positivas, de modo que le haga sentir una fuerte satisfacción en el seno del grupo. Pero, muy importante, también de activar emociones negativas. En efecto, quienes ejercen la autoridad en una secta, sobre todo el líder máximo, con frecuencia imparten premios y castigos de forma arbitraria al objeto de hacer demostraciones expresas de su poder, reavivar el sentido de la disciplina y de la obediencia en sus súbditos, y acrecentarles la incertidumbre y la dependencia hacia la autoridad. Todo esto conlleva que, incluso, para un sectario, cualquier transgresión de la doctrina, pensada, ejecutada o incluso simplemente deseada, puede representar la aparición del sentimiento de culpa, muy útil ciertamente también para la autocensura y el autocontrol inducidos. 

 

Por otra parte, la secta debe conseguir la alteración de la percepción de la realidad del adepto, promoviendo un sistema de creencias absoluto y cerrado al que debe someterse y cuidando de la estricta pureza de su aplicación. En este sentido, la distorsión de la realidad y de la información, mediante la ocultación, la mentira o el engaño, es una de las técnicas más utilizadas por las sectas destructivas, justificando siempre esta medida alegando la protección del individuo o del grupo, la garantía de la consecución de los ideales y fines últimos, o disfrazando necesidades de virtudes. Otra técnica es la del control sobre el lenguaje: si poseer una jerga común es signo de unidad y exclusividad en cualquier grupo, mucho más lo es en los sistemas cerrados de creencias, como es el caso de las sectas. La comunicación de un adepto se realiza en su mayor parte a través de los clichés doctrinales adquiridos, que son frases cortas, contundentes y claras que sustituyen a procesos de elaboración mental más complejos. El grupo sectario acaba utilizando un vocabulario reducido y sobrecargado emocional e ideológicamente, que condiciona en gran manera la forma de pensar y sentir de sus miembros. 

 

Y, por fin, está el Líder y su Doctrina, como incuestionables referentes de autoridad. El amado líder se sitúa en el vértice supremo de la estructura piramidal de la secta, lo más cercano a la divinidad. Su común narcisismo y megalomanía se acrecientan más aún y se retroalimentan al comprobar la veneración que le profesan sus seguidores. El liderazgo es personal, de tipo carismático, su autoridad descansa en las cualidades extraordinarias y sobrehumanas que sus partidarios le atribuyen, y su doctrina es el dogma en el que los sujetos han de creer, aunque pueda ser ambigua, confusa o contradictoria. A ella se le concede un valor absoluto que la sitúa en la cúspide de la pirámide de valores del adepto y cualquier opinión y comportamiento del líder serán inmediatamente justificados y copiados hasta el infinito como un fractal despersonalizador: las mentiras serán simples cambios de opinión; las alteraciones erráticas de comportamiento serán meros cambios de estrategia; las incongruencias serán cabalgar contradicciones o hacer de la necesidad virtud. Todo justificado por el bien del grupo, por el interés general, o por la necesidad de aplastar al otro o de levantar un muro frente al enemigo. Sus mini-yos son obligados a ser libres, y se colocan en prevengan y esperan fielmente, patitas arriba y lengua fuera, a que les lance la siguiente pelotita. 

 

Las sectas, a los no infectados, primero nos hacen sentir mucha vergüenza ajena por los actos ejecutados como ganado doméstico, las palabras vacías de sus adeptos y la falta zombie de ese brillo de inteligencia en sus ojos que se aprecia a los monos en los zoológicos; pero, una vez pasados la incredulidad y el estupor, lo verdaderamente grave y repugnante es advertir cómo destruyen su libertad de pensamiento y cómo sus líderes se alimentan de la dignidad que una vez tuvieron como seres humanos. Y tan contentos de haberse conocido. 

 

Vaya artículo que me ha salido sobre la Fiesta Psocialista del domingo pasado en IFEMA… 

Manuel J. P. Lorenzo

Soy doctor en Derecho, abogado desde hace más de treinta años y empresario, y fui muchas más cosas, que son las que me han traído hasta aquí. Crecí de niño en el barrio de Usera de Madrid, fui Inspector de Policía en lucha antiterrorista en el País Vasco de los 80’, estuve preso y conocí once cárceles, defendí a algunos de los mayores narcos de España y mantuve contactos con servicios secretos y de información nacionales e internacionales. El resto no ha prescrito. Me gusta leer, escribir y ver series, sobre todo americanas; estudiar ajedrez y hacer deportes bestias de contacto; comer con mis amigos y reírme de mis enemigos; pensar que, como cuando era joven, sigo siendo inmortal y que, cuando llega la época de las renuncias, es mejor tener muchas cosas que dejar atrás que no haber tenido ninguna. En definitiva, un camino de mil kilómetros, que va, por lo menos, por el seiscientos sesenta y seis.

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