
«El sentido común, ese juicio que nos debería unir en lo fundamental, se ha convertido en un recurso escaso en un mundo cada vez más complejo y polarizado»
El sentido común, esa noción que históricamente ha servido como guía para tomar decisiones racionales en la vida cotidiana, parece estar en crisis. Hoy, el panorama global nos enfrenta a situaciones que desafían lo que antes dábamos por sentado: la desinformación se ha convertido en una constante, las crisis políticas polarizan a las sociedades, y la tecnología, lejos de unirnos, a menudo parece separarnos en burbujas de pensamiento. ¿Qué ha pasado con el sentido común? ¿Es posible restaurarlo?
Para entender qué ha pasado con el sentido común, es útil retroceder un poco y observar cómo lo definieron algunos de los grandes pensadores.
Aristóteles fue uno de los primeros en reflexionar sobre el sentido común, aunque no usaba el término tal como lo hacemos hoy. En su obra «De Anima» (Sobre el Alma), Aristóteles hablaba de una facultad sensorial común (sensus communis) que unía las percepciones sensoriales individuales, permitiendo al ser humano percibir la realidad de manera unificada. Este sentido común era visto como una capacidad interna que organizaba y coordinaba las sensaciones.
René Descartes, el famoso filósofo francés, creía que el sentido común era la capacidad básica de todos los seres humanos para razonar lógicamente. Para Descartes, todos nacemos con él, pero su correcto uso depende de una reflexión adecuada.
El empirista escocés David Hume trabajó sobre el sentido común en el contexto del escepticismo. Para Hume, el sentido común era la base sobre la que las personas construyen sus creencias cotidianas. Aunque sus ideas filosóficas desafiaban los fundamentos de muchas de estas creencias, Hume reconocía que el sentido común era fundamental para la vida práctica, ya que permite a los individuos navegar por el mundo a pesar de las incertidumbres filosóficas.
Reid es quizás el filósofo más asociado directamente con el sentido común. Fue el fundador de la Escuela del Sentido Común Escocesa. En su obra «An Inquiry into the Human Mind on the Principles of Common Sense» (1764), Reid defendió la idea de que ciertos principios básicos del conocimiento, como la existencia del mundo exterior y la confiabilidad de las percepciones sensoriales, son aceptados por el sentido común. Estos principios, según Reid, no necesitan ser demostrados filosóficamente, sino que son evidentes y autojustificables.
Aunque Kant no trató directamente el sentido común en el mismo sentido que Reid, en su obra «Crítica del Juicio«, discutió el concepto de «sensus communis», que en su caso se refería a una capacidad compartida para juzgar lo bello y lo sublime. Para Kant, el sentido común estético era una facultad humana colectiva que permitía el juicio subjetivo sobre lo que es bello a partir de un sentimiento universalmente compartido.
Hegel criticó la noción de sentido común en sus obras, argumentando que era insuficiente para captar la complejidad de la realidad. En su «Fenomenología del Espíritu«, Hegel veía el sentido común como algo superficial y limitado, que no podía comprender la verdadera naturaleza dialéctica de la historia y la realidad. Para él, solo el pensamiento filosófico profundo podía superar las limitaciones del sentido común.
Antonio Gramsci, lo veía de manera más compleja. Para él, el sentido común era una mezcla de creencias, mitos y verdades a medias que se difundían en la sociedad y que a menudo servían para mantener el status quo. Era un concepto moldeado por la cultura dominante y, por lo tanto, manipulable.
La filósofa alemana Hannah Arendt discutió el sentido común en su obra «La condición humana«. Para Arendt, el sentido común es una facultad crucial que ayuda a los seres humanos a orientarse en el mundo compartido. Este sentido común conecta a las personas con una realidad compartida, permitiendo la comunicación y la comprensión mutua. Arendt veía la pérdida del sentido común como algo peligroso, especialmente en contextos de totalitarismo, donde las realidades compartidas pueden ser distorsionadas.
Por finalizar el repaso por la historia del pensamiento en lo referente al sentido común el filósofo contemporáneo Jacques Rancière también ha abordado el sentido común desde una perspectiva política. En su obra «El desacuerdo«, Rancière critica cómo el sentido común se utiliza a menudo como un instrumento de poder para justificar el statu quo y excluir a aquellos que no se ajustan a las normas establecidas. Para él, la política verdadera a menudo requiere desafiar el sentido común, que a menudo está alineado con la opresión y la desigualdad.
Históricamente, el sentido común ha sido visto como algo práctico, una «sabiduría popular» que guía a las personas en su vida diaria. Pero en la actualidad, esa sabiduría parece desmoronarse ante las presiones del mundo moderno.
El siglo XXI ha puesto al sentido común a prueba como nunca antes.
Las redes sociales y la Internet han permitido la proliferación de información falsa o sesgada. Lo que antes era considerado sentido común –como confiar en las fuentes oficiales de información– ha sido erosionado por teorías de la conspiración y noticias falsas. La verdad se ha vuelto algo subjetivo.
En muchos países, el debate político se ha vuelto más extremo y polarizado. Las diferencias ideológicas, que en otro tiempo se resolvían mediante compromisos, ahora se han vuelto trincheras impenetrables. Esto ha fragmentado el sentido común compartido, lo que antes se entendía como una «verdad general» ahora es disputado desde cada esquina del espectro político.
La tecnología, aunque ha traído grandes avances, también ha contribuido a esta crisis. Los algoritmos de redes sociales y motores de búsqueda nos muestran información personalizada que confirma nuestras creencias preexistentes, creando cámaras de eco que refuerzan ideas erróneas y polarizadas, alejándonos de un sentido común global.
Cuando las sociedades no pueden ponerse de acuerdo sobre hechos básicos, el proceso democrático sufre. La toma de decisiones colectivas, como elegir un líder o formular políticas públicas, se vuelve caótica y divisiva. Sin una base común de entendimiento, es difícil que los ciudadanos participen de manera efectiva en la gobernanza.
La cohesión de una sociedad depende, en gran parte, de la capacidad de sus miembros para encontrar puntos en común. La erosión del sentido común alimenta la desconfianza entre distintos grupos sociales, lo que puede llevar a tensiones, conflictos y una creciente fragmentación social.
El escepticismo hacia la ciencia también es una consecuencia directa de la crisis del sentido común. En temas como el cambio climático o la salud pública, la negación de evidencia científica no solo es peligrosa, sino que frena el progreso y amenaza el bienestar colectivo.
¿Es posible restaurar el sentido común en el siglo XXI? Aunque el panorama parece sombrío, puede parecer que hay caminos hacia una posible solución.
La clave para combatir la desinformación es enseñar a las personas a analizar críticamente la información que consumen. Esto significa fomentar una mayor alfabetización mediática y digital, para que las personas puedan identificar fuentes confiables y distinguir hechos de opiniones.
Las grandes empresas tecnológicas tienen una responsabilidad en la creación de burbujas de información. Reformar sus algoritmos para evitar la polarización y garantizar una exposición más equilibrada a distintas perspectivas podría ayudar a restaurar un sentido común compartido.
Las sociedades deben promover una cultura de diálogo y debate respetuoso y libre. Restaurar el sentido común requiere que las personas de diferentes ideologías puedan discutir sus diferencias sin caer en la polarización extrema. El diálogo abierto y honesto es crucial para reconstruir la confianza en el proceso democrático y en las instituciones.
Debemos repensar cómo usamos y desarrollamos la tecnología. Incorporar principios éticos en la creación de nuevas tecnologías puede asegurar que estas herramientas sean usadas para fortalecer el sentido común, en lugar de erosionarlo.
De las miles que podemos encontrar en el refranero la de «Sentido común, el menos común de los sentidos» es una frase que refleja una paradoja: lo que debería ser evidente y compartido por todos, a menudo resulta ser lo más difícil de encontrar. Esta expresión se utiliza para señalar que, a pesar de que el sentido común es algo que todos supuestamente deberían tener, en la práctica, es raro que se aplique de manera coherente o consistente en la sociedad.
En el contexto actual, la frase cobra especial relevancia. Las divisiones políticas, la desinformación y la revolución tecnológica han hecho que las verdades más simples y prácticas a menudo se ignoren en favor de intereses personales o colectivos estrechos. Así, el sentido común, ese juicio que nos debería unir en lo fundamental, se ha convertido en un recurso escaso en un mundo cada vez más complejo y polarizado.
Al final, este «menos común de los sentidos» puede ser clave para restaurar el equilibrio en nuestras sociedades, fomentando la empatía, el pensamiento crítico y la capacidad de escuchar diferentes puntos de vista. Solo cuando el sentido común sea más común, podremos abordar los desafíos globales de manera efectiva.
