
“Una prensa libre puede ser buena o mala, pero sin libertad, la prensa nunca será otra cosa que mala”. (Albert Camus).
Corría el mes de mayo de 1933, cuando las juventudes del Partido Nacional Socialista de Alemania organizaron la quema de los libros en la Opernplatz de Berlín, así como en otros muchos puntos de la geografía alemana. Autores que se consideraban “antialemanes”, subversivos a las ideas del partido Nazi, como Bertolt Brecht, Thomas Mann, Sigmund Freud o Erich María Remarque vieron como sus obras impresas se reducían a cenizas.
Mal asunto, este de quemar libros que no concuerdan con la doctrina oficial. Sin embargo, hay algo que los Nacional Socialistas no tuvieron en cuenta. Se pueden quemar los libros, pero no las ideas. Se puede amordazar al pensador, pero no a sus pensamientos.
Esto, ni más ni menos, viene a demostrar que hasta el mayor de los totalitarismos es incapaz de controlar el intelecto de aquellos que tienen capacidad analítica, sea cual sea, a priori, la procedencia de sus ideas. El verdadero problema surge cuando una gran mayoría de ciertos grupos de población está manipulada para carecer de esa capacidad analítica, de ese pensamiento crítico. Y es la subversión de lo que deberían ser las herramientas del pensamiento, las que capacitan de esta cualidad, el arma de los totalitarios para llegar a este fin.
Probablemente muchos de ustedes no lo recordarán, pero el primer gobierno de Pedro Sánchez, socialista también, como los nazis, llegó a constituirse gracias a que Pedro rompió la promesa que había hecho a su electorado, a sus votantes, a aquellos que le permitieron alcanzar las más altas cotas de poder, de no pactar nunca y bajo ningún concepto con los extremistas de Podemos. Sí recuerdan, sin embargo, aquella famosa entrevista en el tren, con Susana Griso, llegó a decir que él no podría dormir por las noches con Pablo Iglesias en el ejecutivo. Poco tardó, sin embargo, en incumplir lo prometido y en decir digo donde dijo Diego, mostrando ya en aquellos primeros momentos lo que habría de ser su trayectoria política; una pléyade de cesiones, de incumplimientos, de mentiras y de traiciones que le han permitido, hasta el día de hoy, mantenerse en un lugar que nunca debió alcanzar.
Viene, sin embargo, al caso, recordar, una vez más, que las condiciones que le imponía entonces Pablo Iglesias, al que finalmente vimos con su cartera de ministro, en vaqueros y con coleta, a las puertas de Moncloa, en una de las imágenes más tristes y patéticas que nos ha ofrecido esta democracia en descomposición, le imponía, como decía, como base de negociación, el control de la educación y los medios de comunicación públicos.
No llegó a tanto, entonces, Pedro, al que todavía no había invadido el miedo y el narcisismo exacerbado, pero esta larva de dictador, Pablo Iglesias, profesor de Ciencias Políticas, sabía muy bien lo que se hacía.
Aprendió, sin embargo, entonces Pedro, que ese era el camino. Y no pensó en sus votantes a corto plazo, que también, aunque esos los tenía ganados con la podrida estrategia de resucitar la guerra civil. Pedro, malo, retorcido, pero no estúpido, pensó en el medio plazo y se dio cuenta de que los votantes futuros estaban por educar y que no hay nadie más manipulable que aquel al que se le cuenta una historia sesgada desde el principio. Así pues, se puso manos a la obra en la difusión de la mentira, de la propaganda, de la loa, en los nuevos planes educativos y, sobre todo, en los medios de comunicación públicos.
Y lo ha hecho bien. Como decía Joseph Goebbels, otro insigne socialista “miente, miente, miente que algo quedará. Cuanto más grande sea una mentira, más gente la creerá”. Pedro, como buen mentiroso, ha dominado siempre la mentira, el slogan, la falsedad. Y se ha rodeado de los individuos adecuados, gente a la que da vergüenza llamar periodistas, como Jesús Cintora o Silvia Intxaurrondo; individuos sin escrúpulos que pisotean a diario los principios básicos de lo que debía de ser esta digna profesión; palmeros, ventiladores esparcidores de mentiras y de mierda que alcanza hasta el último rincón de las mentes planas que este gobierno ha formado.
«Pedro, aquí tienes a uno al que puedes subrayar y tachar de anti Pedro, anti Sánchez, anti PSOE y anti dictadores baratos como tú»

La noticia de esta semana de la lista negra elaborada por Marlaska y sus secuaces, la que señala a los periodistas, garantes de la verdad, es de una gravedad tal que haría tambalearse cualquier gobierno en un país con garantías democráticas. Desgraciadamente, España, no es uno de estos países. Por eso, y en contra de los que quieren seguir quemando las ideas y los ideólogos que contradicen su relato, los que tenemos el privilegio y la sagrada obligación de hacer llegar la verdad a la ciudadanía, debemos seguir trabajando, señalados, marcados y acusados. Para que aquellos que tienen el derecho de votar, lo hagan con una opinión objetiva, sin mentiras, sin falsedades, sin excusas y sin mierdas.
Por eso, desde este humilde púlpito, Pedro, aquí tienes a uno al que puedes subrayar y tachar de anti Pedro, anti Sánchez, anti PSOE y anti dictadores baratos como tú. Te lo pongo fácil, como a ti te gusta.
“Toda propaganda debe ser popular, adaptando su nivel al menos inteligente de los individuos a los que va dirigida. Cuanto más grande sea la masa a convencer, más pequeño ha de ser el esfuerzo mental a realizar. La capacidad receptiva de las masas es limitada y su comprensión escasa; además, tienen gran facilidad para olvidar”. (Joseph Goebbels. Ministro del Reich para la Ilustración Pública y Propaganda).
Parece que Pedro Sánchez, ha leído mucho a Goebbels.

