Alejandro el Perfumista. Por Diego Pardos 

Alejandro el Perfumista

«Cecilia me miró, yo la miré, y ambos dirigimos la mirada a don Alejandro el perfumista, que ya había cobrado buenas perras por adelantado»

Aquel verano previo a mi divorcio fue raro. Hizo el calor justo, ni mucho ni poco, y ya ven ustedes, lo justo. Humedad sí, se le fue la mano y quizá por ello echó unas gotas de más en el martini, de Noilly Prat. Quiero decir con esto que fue un verano raro. Lo comenté ampliamente a mediados de julio con mi primo Felipe, al borde de la piscina de la casa que tengo en Las Rozas de Montecanal. 

 

-Mira, Felipe: este verano es raro. (Y Felipe, apurando la cerveza asentía). 

 

Lo malo de esa rareza es que, al llegar esa hora bruja del atardecer, la hora del aperitivo en el jardín antes de la cena, de manera puntual e invasiva, una cuadrilla de mosquitos atacaba nuestros dominios con violencia y sed de sangre. Es horrible este verano, me decía mi prima Cristina Embid, sobrina nieta del marqués de Casa-Vieja, que se apuntaba todos los veranos a pasar una semana con nosotros a cuerpo de reina y a tutiplén. Coincidía con mi bella prima mi amigo Narciso, que bebía los vientos por ella (y de paso mis reservas de ginebra), invitado habitual. 

 

-Hay que hacer algo con estos mosquitos -me dijo un día con ademán pensativo.  

 

De modo que allí estábamos esa tarde gloriosa, medio desnudos (en traje de baño, se entiende), mi prima Cristina, mi mujer, Narciso y yo muy pendientes de los mosquitos y de la solución del problema. 

 

El asunto era delicado, pues en una semana tendríamos la cena de verano con varios amigos de toda la vida, entre ellos Ortí Sabater y Mireia de Cubas, que eran gente fina y educada en colegios de pago. El problema quedó pendiente y la solución me la dio el jardinero al día siguiente. 

 

-Mire usted -se dirigió a mí con el mismo tono que José María Aznar-, mire usted, el asunto es sencillo: basta con que invite el día de la cena a mi amigo Alejandro al ágape y él se encargará de todo. Donde va, triunfa, como la cerveza San Miguel. Donde va, bicho que muere o huye desparvecido. 

 

-Será despavorido. 

 

-Eso mismo, desapercibido. Y no cobra caro. 

 

-¿Cómo es eso? -pregunté escamado. 

 

-Con su sola presencia ya es bastante. 

 

-Y me dice que se llama… 

 

-Alejandro, Alejandro el Perfumista. 

 

Me impresionó la profesionalidad del Perfumista. La misma mañana del día E se presentó a la hora H para hacer un ensayo general. Por la tarde, llegó con antelación antes que los invitados y se pimpló dos güisquis con agua. Yo temía por mis amistades, pero Alejandro vino limpio y bien vestido (aunque a la moda de los años 70), y ni que decir tiene, debidamente perfumado. 

 

-Usted me sitúa en el centro de la mesa -me indicó- y miel sobre lentejas. Y no se apure, que uno es hombre de mundo. Me presenta como un tío lejano, que ha venido a España en busca de hembra y a gastarse sus millones. 

 

Poco me tranquilizó la última frase, pero no había tiempo de arreglos y detalles. En poco rato, la docena larga de amigos estábamos en el jardín tomando el aperitivo, contratado con la cena en el Lemon&Lemon, establecimiento que, en nuestra ciudad está a la par que el Horcher matritense. 

 

Creo que el “tío Alejandro” iba ya por el cuarto Macallan y extendía en demasía sus atenciones para con Jorgina Esteban de Mis, que fue compañera mía de clase; chica mona, buenísima persona pero algo cándida… y soltera. 

 

-Que sea lo que Dios quiera, sentenció Cecilia -mi entonces mujer- con sencillez y sabiduría. 

 

Así que pasamos a la mesa dispuestos a cenar y servidos maravillosamente por los camareros del Lemon&Lemon. Situamos al perfumista al lado de Carlota Azcón Tejerías, que es azafata de vuelo, políglota y algo bizca y que estaba liada con mi amigo el teniente coronel de Aviación Fernández-Helices. A Carlota el interfecto no le hizo mucho caso, pues tuve la mala ocurrencia de ponerlo, también a la vera mismo de Mary Durán Gil-Casares (de los Gil-Casares de toda la vida), que debió de parecerle bien pues se pegaba mucho a ella. 

 

La noche transcurría armoniosa, era de no creer y hasta Alejandro el Perfumista cayó simpático en su falso papel de rico exiliado. Mi mujer sí notó que el sujeto tenía la habilidad de, mientras daba coba a nuestra amiga Mary, lanzar unos guiños lujuriosos a la pobre Jorgina, que estaba enfrente. 

 

Cuando estábamos degustando unas albóndigas de bacalao en salsa de trufa, y cuando mejor entraba un clarete navarro de la parte de Olite… ¡zas!, comenzó el festival mosquitero. Con qué furor, con qué ímpetu, con qué ganas picaban los condenados… Perdimos toda compostura, nos rascamos sin disimulo, alguna señora se arremangó el vestido enseñando la ropa íntima (porque este género de animales ni eso respeta) y mi amigo Armando, que es un poco mariquita (y ustedes dispensen) no tuvo más remedio que sacar el abanico y mover el aire con brío y con arte. 

 

Cecilia me miró, yo la miré, y ambos dirigimos la mirada a don Alejandro, que ya había cobrado buenas perras por adelantado y hasta el momento se había dedicado a trasegar cuatro güisquis, un martini y media botella de vino, además de ponerse morado de ostras y meterle mano discretamente a Jorgina e intentarlo con Mary, yo no sé con qué éxito. 

 

Correspondidos fuimos a nuestras miradas suplicantes. En pocos minutos, el trabajo del tío Alejandro fue realizado y ¡oh, milagro!, nos vimos libres de los cochinos insectos. Mano de santo (de santo caro, pero mano de santo al fin). Lo malo es que no llegamos a los postres. Todos los invitados se fueron despidiendo precipitadamente, y hasta los camareros del Lemon&Lemon -gente experimentada- dejaron el servicio y se excusaron sin cobrar un duro. 

 

Tras la noche arruinada entendí el prestigio profesional de Alejandro el Perfumista y el porqué de su sobrenombre. 

 

 

Diego Pardos

Soy un hombre del franquismo, pues nací en Daroca en 1974. Pasé mi infancia en un lugar de la Celtiberia llamado Used y acudí a clases de bachillerato en Teruel, como Antonio Mingote (con resultados notoriamente distintos). En dos ocasiones gané (ex aequo) el Concurso de cuentos infantiles “Tertulia Goya” de Santander (años 2011 y 2015) y escribí la novela Las autonomuchas. El discreto exilio de Fernando Vizcaíno Casas (SND Editores, Madrid, 2018), con prólogo de Eduardo Vizcaíno de Sas. Y una segunda parte, en edición no venal. No contento con ello también colaboré en el periódico satírico La Gallina Ilustrada (2019-2020). Escribo, algunas veces, en el Diario de Teruel.

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