
ACTO PRIMERO
La acción transcurre en un despacho moderno (moderno de 1965). Al fondo la mesa de escritorio, con sus teléfonos, carpetas y varios objetos; un sillón alto que da la cara al público y detrás un gran ventanal con un fondo de rascacielos; dos sillas para las visitas; a la izquierda un conjunto de tresillo con una mesa baja; cuadros en la pared; en la esquina izquierda una cómoda que hace de mueble-bar; en el suelo, una gran alfombra; en la parte derecha, en primer término, una mesa redonda sin sillas y con un gran jarrón con hermosas flores. Al fondo a la derecha se ve una puerta de doble hoja, la única del despacho. Cortinas y demás decoración de la época.
Al levantarse el telón se halla la estancia vacía. Así permanece unos segundos. Por la puerta entra un hombre que pudiera tener sesenta años, más o menos, algo obeso, afeitado. Viste traje gris con chaleco y corbata y un sombrero que procede a colgar en el perchero. Se trata de Ray Stevens, rico industrial de Chicago. Se le ve radiante. Va derecho a mirar por el ventanal y lanza un suspiro de satisfacción. Pasea por el despacho, abre una caja de puros de la mesita y enciende un cigarro, no sin antes olerlo con placer. Lleva un folleto en el bolsillo de la chaqueta; lo despliega y se recrea hojeándolo, de pie, en primer plano, hasta que suena el interfono del escritorio.
- STEVENS.- Dígame, señorita Patricia.
PATRICIA.- (El sonido del aparato se oye claro y alto.) Tiene usted café recién hecho en el mueble-bar, y la bandeja de la correspondencia sin abrir, como es costumbre.
- STEVENS.- Gracias, Patricia. ¿Algo urgente? Recuerde que hoy salgo de viaje…
PATRICIA.- Cómo no, yo le reservé el billete de avión y el hotel. Únicamente tiene la visita de un caballero, el señor Lunche.
- STEVENS.- ¿Lunche? No recuerdo…
PATRICIA.- David Lunche, el detective de Los Ángeles, ¿no se acuerda?
- STEVENS.- ¡Uf! Lo había olvidado, pero que pase ese plomo.
(El empresario aprovecha para servirse una taza de café y coge de una bandeja un montón de cartas. Se abre la puerta y entra sin llamar un tipo duro que obedece al modelo de detective americano de la Costa Oeste que vemos en las películas.)
- STEVENS.- Entre usted sin miedo, Lunche. ¿Qué se cuenta? (Y antes de que abra la boca.) Vea usted: la factura del gas, del agua, el impuesto municipal, la tasa industrial, la factura del Dodge Dart, del Club de Golf… más tasas, pagos, impuestos… (Va lanzando las cartas por el aire con desprecio.)
LUNCHE.- Pues verá cuando le llegue la minuta de mi bufete, que llevo un mes con el caso de su mujer en exclusiva.
- STEVENS.- Ex… exmujer, para ser exactos. Pero, cuénteme, cuénteme. (Despreocupado.) ¿Se divierte Margaret? ¿Un güisqui?
LUNCHE.- Nunca bebo antes del mediodía, señor Stevens. Ya sabe, el colesterol, los «tigrecélidos«…
(Stevens da un sorbo a la taza, fuma de su cigarro y se sienta en el sillón invitando a lo propio al detective.)
LUNCHE.- Pues verá (Saca una libreta de la chaqueta y lee.) Su… exesposa comenzó el mes en Florida, de allí vuelta a Chicago; Londres, París, Florencia; breve estancia en Roma, Barcelona y Madrid. Buenos hoteles, acompañada de caballeros elegantes y noches de juerga y desenfreno. Ahora mismo debe estar disfrutando de un safari en África, según la agencia.
- STEVENS.- Era de esperar. En nuestros más de veinte años de casados nunca la llevé a esos lugares. Y sus amigas ya estaban cansadas de esos viajes.
LUNCHE.- Por lo visto le gustó mucho Madrid porque allí se la vio de bar en bar con Ava Gardner y en los toros.
- STEVENS.- El caso es tenerla bien lejos, pues temo el día en que regrese a Chicago. (Se levanta, y se sirve una copa de brandy.) Pues nada, amigo David. Hasta aquí hemos llegado. Pase usted la factura y fúmese un puro a mi salud (Le ofrece uno.) porque me alegro por Margaret, me hacen muy dichoso sus noticias.
LUNCHE.- Pues yo creía que estaban tan reñidos que no podían ni verse…
- STEVENS.- Usted lo ha dicho; sin embargo, mientras estemos bien lejos el uno del otro… Además, yo también tengo derecho a gozar: Hoy mismo tomo unas vacacioncitas…
LUNCHE.- Ah… se larga usted con su secretaria. Pues le alabo el gusto, menuda muñeca, aunque ya no sea una niña…
(Stevens deja la copa en la mesa, despliega el papel que guarda en el bolsillo y dice eufórico.)
- STEVENS.- Nada de eso, Lunche. Me voy solo (Mostrándole las fotos.) Mire, mire… Qué playas, qué sol, qué arroces, qué vinos, qué suecas…
LUNCHE.- ¿Suecas?
- STEVENS.- Si, hombre, como Greta Garbo, como Ingrid Bergman…
LUNCHE.- Pues nada, que disfrute de Suecia y buen viaje, señor Stevens. (Hace ademán de retirarse.)
- STEVENS.- ¡A España, amigo Lunche! ¡A Benidorm! ¿Es que no comprende que en Suecia las suecas van tapadas hasta los tobillos con esos abrigos de nutria, y en cambio en España -¡Ay, en España!- las suecas van en bikini?
LUNCHE.- Bueno, no será para tanto, nosotros en California…
MR STEVENS.- (Emocionado y gesticulando con la mano derecha.) Pero, hombre, no me compare… que aquello es Europa, es la civilización, es la cultura…
- STEVENS Y LUNCHE.- (Al alimón.) ¡Y las suecas!
(Mientras, baja lentamente el TELÓN)

