El amigo Pinki. Por Manuel Sanz

El amigo Pinki.

«No dejaba de relampaguear, pronto comenzó a caer una gran cantidad de agua. Él seguía caminando apenas sin alterar su paso, como insensible a la tormenta»

Por allí caminaba ligero, asustado, con la única intención de cruzar una corta calle; a modo de una huida permanente. Su mirada perdida reflejaba una extrañeza hacia todo aquel conglomerado de personas y neones que palpitaban sin cesar. Cada vez que se cruzaba con alguien, se encogía con rapidez y procuraba acelerar más sus pasos, como queriendo desaparecer de cuanto le rodeaba.  

De vez en cuando, algún frenazo brusco le recordaba que al cruzar debería tener más cuidado. Su cuerpo mostraba cicatrices de todo tipo, desde alguna quemadura hecha por algún desalmado que se divertía apagando los cigarrillos sobre él, hasta una leve cojera producida por algún atropello. 

La subsistencia al principio se le hizo bastante dura, hasta que poco a poco fue detectando los lugares donde podía haber algo de comida. Lo más exquisito era los restos que sacaban a los bidones de basura los empleados de aquel pequeño restaurante. Había que llegar muy pronto, de lo contrario otros le quitarían la ración. 

Aquella noche no dejaba de relampaguear, pronto comenzó a caer una gran cantidad de agua. Él seguía caminando apenas sin alterar su paso, como insensible a la tormenta. Con el resplandor de los relámpagos aún se reflejaba más la tristeza de sus ojos. 

La gente corría de un lado para otro, intentando buscar refugio en cualquier portal. Él cuando lo intentaba lo único que recibía era alguna patada hasta que le hacían desistir de su actitud. Por eso, ¡bah!, qué más le daba que estuviese empapándose bajo aquel aguacero. 

Más por el agotamiento que por el remojón, pronto se metió debajo de un pequeño escondrijo por donde apenas podía entrar. Levantaba de cuando en cuando sus párpados para mirar con nostalgia a las pocas luces que aún quedaban encendidas. Quizá estaba recordando los tiempos en que su único trabajo consistió en dar compañía al que carecía de ella; pero cuando éste la tuvo, él empezó a estorbar, era una incomodidad mantenerlo en una casa. 

La luz de la mañana anunció una nueva jornada. Salió de su pequeña guarida con menos dificultad y con más familiaridad que con la había entrado. Al andar unos pocos metros, un lazo frío como el hielo abrazó su cuello por completo, forzándole con violencia hasta introducirle en una jaula rumbo a la perrera, alejándose lentamente en aquel furgón, por entre las calles que él tantas veces había recorrido. 

 

(© 2024 Manuel Sanz Real) 

Manuel Sanz Real

Nací en Madrid, en 1958. Mi vida profesional ha transcurrido mayoritariamente en la Administración Pública. He cursado diversos estudios de Derecho Tributario y Asesoría Fiscal. Mi afición por la escritura ha estado siempre latente, escribiendo de forma amateur y realizando diversos cursos tales como: “Creación del personaje en la novela”, “Un relato de terror contemporáneo”, etc. impartidos por el profesorado del Taller de escritura Fuentetaja, convocados por “El Portal del Lector de la Comunidad de Madrid.

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