(Y II) Un sombrero en el perchero. (Comedia en dos actos). Por Diego Pardos 

(Y II) Un sombrero en el perchero. Benidorm años sesenta

ACTO SEGUNDO 

 

Mismo decorado que el acto primero. Al levantarse el telón la única persona en el despacho es el señor Stevens, que está mirando el ventanal y fuma su cigarro. Seguidamente vuelve a recrearse en el folleto turístico en el mismo instante en que alguien llama a la puerta. Es Patricia, su secretaria. 

 

PATRICIA.- Con permiso. 

  1. STEVENS.- (Embelesado con el papel, ni se da cuenta.) ¡Ah!… eres tú, Patricia.

PATRICIA.- Hombre, tiene gracia, ¿quién va a ser? 

  1. STEVENS.- No seas impertinente, aquí recibo a gente importante, podría ser cualquiera.

PATRICIA.- Por eso mismo le acabo de decir al señor Johnson que aquí se recibe a cualquiera, pero que se de una vueltita y vuelva en una hora… 

MR.- STEVENS.- (Extrañado.) ¿Johnson? (Patricia asiente.) ¿Lindon Johnson? (Patricia vuelve a asentir.) ¿El presidente Johnson? (Patricia ya no puede contener la sonrisa.) 

PATRICIA.- El mismísimo Lindon J. Johnson, y venía con Rita Hayworth. 

  1. STEVENS.- (Cayendo en la broma.) Vamos, nenita… si no fueras tan eficiente te despediría.

PATRICIA.- Sí, claro; lleva despidiéndome desde los años cuarenta. Por algo nunca llega a hacerlo. 

  1. STEVENS.- Porque eres una magnífica secretaria, lo admito. Y por eso te contraté.

PATRICIA.- No mienta: Mantengo mi puesto porque sin mí sería usted un desastre, pero los motivos por los cuales me contrató fueron por mi juventud y porque ese año gané el “Concurso Miss Pantorrillas Illinois”. 

  1. STEVENS.- (Tosiendo.) ¡Este tabaco!… Bueno, bueno… al grano, al grano. ¿Por dónde íbamos?

PATRICIA.- Por Rita Hayworth. 

 

(Se hace un silencio. Patricia pone cara de inocente y el señor Stevens se acaricia el poco pelo que tiene en la cabeza mirando por el ventanal y sirviéndose otra copa.) 

 

STEVENS.- ¡Ya me has liado, Patricia! 

PATRICIA.- Dentro de dos horas sale su vuelo para España (Consulta una agenda.) A su llegada a Madrid le espera un auto para llevarle al Castellana Hilton, donde se alojará dos noches. Tras ellas, otro coche le conducirá cómodamente a Benidorm, al recién estrenado Gran Hotel Fary. La reserva es para quince días. 

STEVENS.- (Con picardía.) O más… o más. (Le enseña el folleto.) Mira, mira… Playas, sol, buen vino… 

PATRICIA .- Ya, y suecas. 

  1. STEVENS.- (Perplejo.) Pero…

PATRICIA.- Sí, señor, las suecas. Que a las mujeres no se nos escapa una, a ver si se piensa que somos tontas… El hombre americano, y más si es rico, va a España a disfrutar de las suecas, como es sabido. 

  1. STEVENS.- Pues sí, lo admito. Además, si hay suerte hasta puede que me case.

PATRICIA.- Ándese con ojo, que uno se lanza a por una novia sueca y vuelve a Chicago con una esposa de Albacete… 

  1. STEVENS. Bueno, bueno, Patri… Lo que te pasa es que estás un poco celosilla… Si no fuera por las suecas te vendrías conmigo a Benidorm.

PATRICIA.- Hombre… pues muchas gracias; no, si encima… 

STEVENS.- Bueno, y por tu novio, que hay un respeto a pesar del muchacho. 

PATRICIA.- ¿Qué insinúa? 

  1. STEVENS.- Pues que un novio que después de quince años no se decide al matrimonio, ni es novio ni es nada.

PATRICIA.- Es conserje. Y yo soltera (Haciendo un amago de llorar.) 

  1. STEVENS.- Se acerca y la coge por los brazos consolándola.) Vamos, vamos…

PATRICIA.- (Recobrando el aplomo.) Lo dicho, señor Stevens, le espera abajo el mecánico con el equipaje dentro de su Dodge. Que tenga buen viaje y no haya mucho oleaje. 

  1. STEVENS.- (Extrañado.) ¿Qué dice?

PATRICIA.- Nada, nada, ya sé lo que digo. Ande no pierda el tiempo ni el avión… 

 

(Sale a escape el empresario casi sin despedirse de la secretaria. El despacho queda en silencio. Patricia repara en la colilla del puro y la apaga contra el cenicero, espantando el humo del ambiente con la mano y abriendo la gran ventana. Es una mañana de mucho viento, como las de Zaragoza. Así que una ráfaga hace volar las cartas de la bandeja y Patricia va recogiendo los sobres desparramados por el suelo.) 

 

PATRICIA.- (En voz alta.) La factura del gas, el impuesto municipal, el club de Golf, el Dodge… una carta de Benidorm… (Extrañada, la abre y la lee en voz alta.) 

 

“Querido Ray: Te mando esta postal para darte envidia: ¿No me querías ver lejos? Pues bien lejos estoy. Regreso de un safari en África, y mientras tú te atufas con tus chimeneas en Chicago yo he tomado una suite de lujo con mi nuevo marido, Antonio, que es un mocetón que canta fandango y soleares. Como la habitación es para tiempo indefinido me han hecho hasta descuento. Recuerdos a Patricia y un beso desde la planta catorce del Gran Hotel Fary. ¡Abur! Fdo: Margaret” 

 

PATRICIA.- (Tardando en reaccionar.) ¡Arrea!¡El hotel Fary! (Y, corriendo hacia la puerta va gritando.) ¡Señor Stevens, señor Stevens!… 

 

(Patricia sale por la puerta dejándola abierta. Queda el despacho en soledad, sigue entrando el viento que mueve los papeles. Poco a poco se van apagando las luces, quedando únicamente un foco que ilumina el sombrero del señor Stevens, colgado del perchero. Va cayendo lentamente el TELÓN.)  

 

 

Diego Pardos

Soy un hombre del franquismo, pues nací en Daroca en 1974. Pasé mi infancia en un lugar de la Celtiberia llamado Used y acudí a clases de bachillerato en Teruel, como Antonio Mingote (con resultados notoriamente distintos). En dos ocasiones gané (ex aequo) el Concurso de cuentos infantiles “Tertulia Goya” de Santander (años 2011 y 2015) y escribí la novela Las autonomuchas. El discreto exilio de Fernando Vizcaíno Casas (SND Editores, Madrid, 2018), con prólogo de Eduardo Vizcaíno de Sas. Y una segunda parte, en edición no venal. No contento con ello también colaboré en el periódico satírico La Gallina Ilustrada (2019-2020). Escribo, algunas veces, en el Diario de Teruel.

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