El aspirante. Por Diego Pardos 

El aspirante

«Le sacó de la ensoñación la puerta del director de Recursos Humanos. Salía por ella el señor secretario de Estado, que con jovial campechanía le tranquilizó»

José Luis Mazón Mazón era, lo que se dice, un hombre formal. Serio, retraído, soltero, un poco chapado a la antigua. Allí, en su pueblo, se hubiera podido casar con alguna muchacha de su misma especie, pues el acoso de sus futuras suegras era constante. Licenciado en Económicas y Empresariales, doctorado cum laude, se había pasado la carrera sin salir del Colegio Mayor. Vamos, que no conocía de Madrid nada más que la Facultad, la estación de autobuses y la Puerta del Sol, que le gustó mucho porque le recordaba las campanadas de Nochevieja. Y no ignoraría seguramente, el señor Mazón, que Manuel Leguineche, su medio paisano, oía las campanadas en casa de los Cela, por la radio. 

Había enviado su currículo por correo (Castellana, 16. ¿O sería 26?), regular de idiomas, estudia Derecho por afición, un año llevando las cuentas de Funeraria Manchega, S.L., nueve más hasta la fecha administrando MATUTESA, de la que es gerente, una flota de treinta y siete camiones. Y una fotografía tamaño carné, en donde se veía la avanzada alopecia, el largo cuello partido por una abultada nuez que pugnaba por salir despedida, y una mirada un poco perdida y sumida en unas profundas ojeras cavernosas. Guapo, la verdad, no fue nunca. 

Pero el empleo era más que bueno, o eso le decían los amiguetes del mus: 

-Anda, no seas tonto, que allí ganarás buenas perras y volverás al pueblo como un señor… y con alguna chavala de esas tan finas. 

Aunque siempre había algún cenizo entre el grupo: 

-Con lo bien que estás tú donde Matutes, una empresa fuerte, mira que más vale pájaro en mano… 

Estas conversaciones le atormentaban en el interior del taxi (Castellana, 36, por favor. ¿O sería 26?). “El traje beige, ahora ya es tarde, quizá este sea muy serio, es del primer trabajo, ya se sabe, las prisas no son buenas”, cavilaba ajustándose el nudo de la corbata -sin estrenar, comprada en las rebajas-. El edificio era moderno, el pasillo daba a varias oficinas, en el panel informativo lo decía bien claro: RRHH Consulting (“sí señor, gente de categoría”); Olivia Ortín, Banca Privada; S&S Abogados; Aeronáutica Hispano-Lusa; Galletas Ordóñez. 

La entrevista era a las 13:00. Son las 11:40, hay que ir siempre con tiempo, no conviene meter la pata el primer día. A José Luis Mazón le abrió la puerta la señora de la limpieza, una mujer de mediana edad, con gafas y bata: “Pase, pase, acomódese”. La salita tenía hilo musical y la ocupaban varias personas. 

– “Esto está muy solicitado”, pensó acongojado. 

En la estancia había otros cuatro aspirantes, además de un poster de Klimt, enmarcado. Y muchas revistas. A su lado un señor gordo de barba con un maletín. Tenía aspecto de exsecretario de Estado, o al menos de subsecretario, hay gente muy importante que tiene necesidades económicas urgentes; y el trabajo era de primer nivel. Enfrente se sentaba una chica de su edad con unas piernas estupendas; las tenía muy juntas y las inclinaba con gracia estirando la falda con discreción cada vez que la mirada de José Luis iba donde no debía. Con esto y con los nervios comenzó a sudar y a sofocarse. Fue llamado al despacho un joven que aparentaba los veinte, con unos auriculares en los oídos. “Debe ser un superdotado, ahora los fichan en la Universidad”. Pero el chaval salió muy pronto (“¡uno menos!”). Se oía el molinillo de una máquina cafetera, esta gente bebe café a todas horas. La señorita giró las piernas estupendas de izquierda a derecha mientras miraba el iPhone lánguidamente. “Seguro que la cogen a esta, si es que uno parece tonto”, pensó José Luis a punto de marcharse. 

Hace años un primo de Mazón marchó a Barcelona a otra interviú. Se instaló allí y se casó con Montse, una compañera de trabajo. En el verano vienen a pasar unos días al pueblo con los tres chiquillos, que son unos salvajes. La Montse es mona pero tiene un carácter muy agrio, es muy mandona. “Esta señorita, ¿tendrá también mal genio como la prima Montse? A mamá le entusiasmaría” –se animaba José Luis Mazón, aspirante. 

Entró y salió -avanzaba nervioso el reloj- una señora mayor con pinta de viuda, arreglándose el pelo con cierta coquetería, y sonaba de nuevo la máquina de café. Y Mazón soñaba con su pueblo y la empresa de transportes y se mareaba del calor justo al ver ya de pie a la bella de la falda, que estaba imponente. 

-¡Hay que ver el café que toma esta gente! –exclamó, y el señor gordo con pintas de subsecretario le miró de reojo, justo antes de abandonar la sala. 

Quedó a solas, sudando la gota gorda. Más ruido de cafetera. José Luis Mazón Mazón no sabía si empezar la entrevista con un elogio del café o de la señorita estupenda. Le sacó de la ensoñación la puerta del director de Recursos Humanos. Salía por ella el señor secretario de Estado, que con jovial campechanía le tranquilizó: 

-No se apure joven, la doctora Lamana tiene manos de plata para las muelas, amigo mío…¡manos de plata! 

 

Diego Pardos

Soy un hombre del franquismo, pues nací en Daroca en 1974. Pasé mi infancia en un lugar de la Celtiberia llamado Used y acudí a clases de bachillerato en Teruel, como Antonio Mingote (con resultados notoriamente distintos). En dos ocasiones gané (ex aequo) el Concurso de cuentos infantiles “Tertulia Goya” de Santander (años 2011 y 2015) y escribí la novela Las autonomuchas. El discreto exilio de Fernando Vizcaíno Casas (SND Editores, Madrid, 2018), con prólogo de Eduardo Vizcaíno de Sas. Y una segunda parte, en edición no venal. No contento con ello también colaboré en el periódico satírico La Gallina Ilustrada (2019-2020). Escribo, algunas veces, en el Diario de Teruel.

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