Una cuestión de filosofilla. Por Diego Pardos

Una cuestión de filosofilla

«Y es que la filosofía no ha servido en España para emocionar al pueblo. La prueba la tenemos en el ágrafo -da la impresión- Salvador Illa»

 El episodio es conocido, sea cual sea la manera de contarlo, la expresión utilizada o los matices. Dudaba yo si atribuirlo al conde de Foxá, que era gordo y dado a alguna extravagancia, sabiendo -o creyendo saber- que la anécdota se cuenta sin embargo de don Eugenio d´Ors. Quien, en cierta ocasión, dictando lo que fuere a su secretaria le dijo: 

 

-Paquita -es un suponer-, ¿se entiende bien? 

-Perfectamente. 

-Pues entonces… oscurezcámoslo. 

 

Don Eugenio también era excesivo y gordo (ignoro si, como el diplomático, fumaba puros) y sin embargo no fue capaz de legarnos (por mucha filosofía que empleara, al igual que Ortega) la alta literatura contenida en las obras de Agustín de Foxá: bastaría su poesía o la novela sobre la guerra civil Madrid, de Corte a checa. Escribió, eso sí, una intemporal guía de tres horas sobre el museo del Prado, que sigue editándose. 

 

Y es que la filosofía no ha servido en España para emocionar al pueblo. La prueba la tenemos en el ágrafo -da la impresión- Salvador Illa, que antes que licenciado fue concejal, si hemos de creer los datos que se muestran en la Wikipedia; hecho biográfico que no nos extraña: estamos acostumbrados a que jóvenes imberbes y barbilampiños nos gobiernen desde Ayuntamientos y Diputaciones antes siquiera de aprobar sus exámenes en la facultad o en la autoescuela. Porque a ver quién es el guapo que suspende a una señora diputada; qué profesor deja en la estacada a un correligionario, a una futura secretaria de Estado o a un modesto director general. No hay quien niegue ese doctorado tampoco a quien ha de regir los destinos del país, disponer de sus dineros y repartir sus honores. 

 

Decía que la filosofía no ha sido en España causa de emoción. Tampoco creo que la arribada a la plaza de San Jaime por parte de un dramaturgo hubiera alcanzado la categoría de eros político aunque, eso sí, nos hubiéramos reído mucho. (Aconsejo, llegados a este punto, la lectura de cierto episodio narrado en mi precioso libro Las autonomuchas, capítulo en el cual don Albert Boadella cobra su protagonismo en una escena como caída del cielo.) Esta digresión anterior casi me escribe la columna, pero antes he de relacionar ese “oscurecer” dorsiano y contraponerlo, que esa era mi intención, con la manera clara y sencilla de contar las cosas. Y ello me ha venido a la cabeza semana tras semana leyendo a don Manuel Montes Cleries en La Paseata, en ese su “Segmento de plata” y en “La buena noticia”. En estas reflexiones uno encuentra una filosofía de andar por casa, unos recuerdos que el periodista nos muestra haciéndonos ver los aspectos fundamentales de la vida. Son columnas optimistas alejadas de esa otra filosofía, la académica, la de los libros y los años de estudio y esfuerzo (muy loable, por otra parte) y que yo prefiero confiarla a personas de un más alto entendimiento que quien esto escribe, como por ejemplo el presidente de la Generalidad de Cataluña, que Dios guarde muchos años. 

 

A quienes aseguran que las humanidades no sirven para nada (el Latín, pongamos por caso) e incluso abogan por erradicarlas de los planes de estudio yo tengo que decirles que la Filosofía ha sido y es de gran utilidad. Así, don Gonzalo Fernández de la Mora fue ministro (en la época del Generalísimo, eso sí) gracias a la ciencia socrática, al Derecho y a una ampliación de estudios en Alemania. No tan brillante pero sin duda más democrático, el actual inquilino del Palau de la Generalitat consiguió ser ministro de la sanidad sanchista gracias a la filosofilla, aplicación práctica de los saberes universitarios. Don Manuel Montes Cleries (él me perdonará haberlo mezclado en este tumulto algo farragoso que ha sido el artículo de hoy) no podría formar parte ahora mismo de un Consejo de Ministros. Bastaría leer sus escritos de doctor jubilado para advertirlo. Y como yo le deseo lo mejor, quiero también que permanezca en tierras malagueñas y que siga escribiendo, bien alejado de filosofismos y de ciertos elementos con cartera. 

 

Diego Pardos

Soy un hombre del franquismo, pues nací en Daroca en 1974. Pasé mi infancia en un lugar de la Celtiberia llamado Used y acudí a clases de bachillerato en Teruel, como Antonio Mingote (con resultados notoriamente distintos). En dos ocasiones gané (ex aequo) el Concurso de cuentos infantiles “Tertulia Goya” de Santander (años 2011 y 2015) y escribí la novela Las autonomuchas. El discreto exilio de Fernando Vizcaíno Casas (SND Editores, Madrid, 2018), con prólogo de Eduardo Vizcaíno de Sas. Y una segunda parte, en edición no venal. No contento con ello también colaboré en el periódico satírico La Gallina Ilustrada (2019-2020). Escribo, algunas veces, en el Diario de Teruel.

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