
«El realismo pictórico, plasmar lo cotidiano, reflexionar sobre la realidad y la vida de las gentes sencillas, todo ello unido a la crítica, la ironía y el atrevimiento»
A mitad del siglo XIX, el Romanticismo, que se caracterizaba por la idealización de la historia y para el que la naturaleza era fuente de inspiración y evasión, da paso a una nueva corriente pictórica en la que la realidad concreta es la protagonista, se conoce como Realismo, nació en Francia y entre los más destacados artistas destacan Millet, Daumier y Courbet. Existieron varios factores que propiciaron este cambio, interesante y significativo en la historia de la pintura europea
Por un lado, la burguesía se implanta en la sociedad y quiere disfrutar de los placeres de la vida; esta clase social se convierte en una buena clientela para los artistas.
Por otro lado, el positivismo filosófico de Augusto Comte (1798-1857), para el que la observación y la experiencia son las únicas fuentes de conocimiento, será también influyente en este cambio. La obra de escritores como Emile Zola (1840-1902) o Charles Dickens (1812-1870) que pone en palabras de un personaje de sus novelas …”lo que yo quiero son hechos…”, irán aportando ideas e influirán también en esta transformación social.

La horrible situación en la que vivían las clases más pobres, fruto de la aún no organizada industrialización, y realidad de la que los artistas eran muy conscientes, será a su vez fundamental como inspiración y motivo de crítica para denunciar los abusos cometidos y las penosas condiciones de vida de las clases más populares.
Además de estos factores, tras el fracaso revolucionario de 1848, que acabó con la Europa de la Restauración, los temas políticos, como La libertad guiando al pueblo del pintor Eugène Delacroix (1798-1863) ya no resultan atractivos, siendo los temas sociales los que interesan.
El Realismo en la pintura se niega a plasmar las imágenes idealizadas y las escenas que se representan muestran a los personajes en sus tareas cotidianas, escenas en las que se percibe el cansancio, la fatiga y el esfuerzo; el trabajo o las ocupaciones diarias son fuente de inspiración.

El cuadro titulado El aventador, del pintor francés Jean François Millet (1814-1875) que envió al Salón de París en 1848 y que representa a un aldeano cribando trigo, fue el primero que despertó gran interés por esta tendencia en el arte; en el cuadro no hay idealización ni adornos superfluos, muestra la realidad de un hombre realizando su trabajo y enalteciendo la labor que realiza dignificándolo.
La pintura de Millet se caracteriza por la importancia que da a la figura humana y la relación de los personajes con el trabajo, sus cuadros son sencillos y transmiten calma y serenidad, valga como ejemplo El Ángelus. Sus obras difieren mucho de las representaciones románticas, idealizadas y de gran teatralidad.

Las espigadoras es uno de los cuadros más famosos del pintor, en él nos muestra la realidad rural de la época con tres mujeres recogiendo las sobras de la cosecha antes de la puesta de sol. Con un bonito atardecer de fondo, es una clara alabanza al trabajo en el campo.
Como el mismo pintor afirmaba, la relación fraterna con las personas inspiraba sus creaciones.

Otro de los pintores que entran dentro de esta corriente pictórica decimonónica es Honoré Daumier (1808-1879). Nacido en Marsella, aprendió la técnica de la litografía y aunque cultivó también la pintura y la escultura, fue famoso sobre todo por sus caricaturas, influenciado quizás por su trabajo en los tribunales, donde dibujaba a los personajes en los juicios. Consiguió un gran éxito con ellas, en las que criticaba el gobierno de Luis Felipe I de Orleans (1773-1850) y sus diputados, lo que le ocasionaría muchos disgustos e incluso entrar en prisión, tras representar al monarca de Orleans como Gargantúa, el famoso gigante con un apetito voraz, que junto a su hijo Pantagruel son los protagonistas de la serie de cinco novelas de François Rabelais (1494-1553), escritas en forma satírica, brusca y con humor escatológico en las que se narran las aventuras de ambos personajes.

Está considerado como uno de los mejores dibujantes de su época. Su obra está al servicio de la causa republicana y claramente en contra del orden establecido. Los temas que aborda van dirigidos hacia la marginación y siempre con tono reivindicativo como Los Presos, Los Mendigos o El Motín. El tema de la cárcel está presente en sus obras.
Gustave Courbet (1819-1877) fue otro gran representan de esta tendencia, gran revolucionario que protagonizó numerosas polémicas, sobre todo por los temas elegidos como el representado en la obra El origen del mundo o El sueño, que enfurecería a los moralistas de la época.

Su activismo revolucionario se relajará al tratar en su pintura sencillos temas cotidianos cuyos protagonistas son personas humildes, personajes inmersos en su trabajo como en su obra Las cribadoras de trigo en la que el pintor presenta a las figuras en un fondo claro en el que cada una realiza su actividad independiente, inmortalizando una vez más una escena de la vida campesina.

Fue el propio Courbet el que acuñó el término “Realismo” para denominar a este movimiento pictórico, en una exposición provocativa en la que se exhibió su obra El taller del pintor, como manifiesto o declaración pública de intenciones de este estilo pictórico; la obra provocó gran escándalo considerándose obscena.
El realismo pictórico, plasmar lo cotidiano, reflexionar sobre la realidad y la vida de las gentes sencillas, pero a la vez, la crítica, la ironía y el atrevimiento a pintar aquello que no se arriesgaron a representar antes… y aunque así sea, hay maestría, es arte de calidad.

