¿Quién hallará mujer de valor?
Raro y extremado es su precio.
Fray Luis de León, La perfecta casada.

«La torpeza ante el bombardeo tendencioso de preguntas tales como ¿qué es una mujer? ¿Cuál es su papel? tendría que causarnos risa»
Encuentro perturbador el progresivo afianzamiento de lo banal, la propensión de elevar cualquier ocurrencia que cree la ilusión de novedoso a categorías que no le corresponden, aun siendo evidente la manipulación, el empleo de las estrategias de mercadotecnia más chuscas. Y por contrarrestar la tontería y el hartazgo, sin trampa ni cartón, voy a pisar el charco de una de las tendencias que atrapó y polarizó este verano a una buena parte de la sociedad. Como se hace con todo, un nombre golosón, un ‘atrapamoscas’ y en inglés (el movimiento procede de los EE. UU.) catapultó el nuevo producto en España: «tradwife».
La pena es que una buena idea en apariencia se subvierta con total descaro, en definitiva, se descafeíne y le quite su aroma, su auténtico sabor, para traducirse en un cliché o en carne de meme, que no deja de ser el viejo «sambenito» modernizado. Y así, un poco al tuntún, pensando en las reacciones que provocaba el asunto —y que aún colea debidamente monetizado— me acordé de Melania, no de la señora Trump, sino Hamilton —de soltera—, Wilkes tras su matrimonio con Ashley. Nada mejor que regresar a la inolvidable Lo que el viento se llevó para explicar el arquetipo. La película, de casi cuatro horas de duración, destaca por un reparto mítico en el que todos los intérpretes brillaron. Y soberbias en sus papeles —o incluso por encima de las figuras masculinas— Olivia de Havilland y Vivien Leigh le pusieron rostro a esa dualidad tan romántica de la mujer ángel y la mujer demonio. La primera de ellas, nobilísima dama de una familia sureña, representa todos los valores contra los que ninguna sociedad de consumo en ciernes ni actual puede competir. De su calidad, de su alto valor, dan cuenta unos ojos que a veces reaccionan a destiempo, los de su amiga y competidora Escarlata O’Hara.
Instalados hoy en la época de las dudas infinitas donde todo se pone en solfa, se reescribe y falsea sin asomo de vergüenza, todavía causa asombro la verdad que transmite el amor auténtico, que no necesita disfraz ni escenario, y que hiere más que una daga a los que usurpan su sentido. En primer lugar, hay que comprender a Escarlata, representante de una ‘cierta’ emancipación femenina, puesto que considera inferior y débil a señora Wilkes. Para ella no es rival que le llegue a la suela del zapato. No entiende por qué Ashley la eligió por esposa. Hay muchos detalles, sobre todo una escena que prepara lo que sucederá poco después y que resulta sorprendente porque nosotros, espectadores, vemos todavía a Melania a través de los ojos de Escarlata —no de la manera que ella es, en su dimensión más profunda— sino con el prejuicio del relato subjetivo que se superpone en la narrativa, bajo la capa pusilánime con la que aparentemente está revestida, al registrar los bolsillos del soldado que entró a robar en la casa, en Tara, muerto por el disparo de Escarlata.
Y después, una aproximación a la idea, al ser que conforma Melania, que le dota de ese halo que la egocéntrica Escarlata es incapaz de advertir, se produce en la magnífica escena cuando, a lo lejos, surge la borrosa figura de un soldado herido. Entonces, algo se remueve en la mujer aún convaleciente del parto de su hijo y echa a volar en dirección al hombre que ama con los brazos abiertos, acogedora, restauradora del hogar que les fue arrebatado durante los meses que la guerra los mantuvo lejos uno del otro. En mi debilidad me haces fuerte. El encuentro apuntala su amor ante la mirada envidiosa de la otra.
No destaca, sin embargo, esta ‘perfecta casada’ por su laboriosidad. Apenas hay momentos en los que se aplique afanosamente en tareas hogareñas, a pesar de que su figura surge en los ambientes interiores con mayor frecuencia que exteriores, una forma muy sutil de caracterizarla. Se la ve leyendo en voz alta, mientras oculta su tensión por el destino de los hombres en su temeraria incursión al campamento para reparar el ataque sufrido por Escarlata —que, además, se saldará con la muerte de su segundo marido—. No le es necesario airear sus virtudes, ni amasar pan brioche, para que su fama traspase las paredes de su casa. La bondad propia no agrisa los deslices ajenos —como otros pudieran aplicarle sin compasión a Belle Watling (Ona Munson) por su vida disoluta— al contrario, les contagia su luminosidad. Su amor es expansivo, aunque su carácter contenido no lo sea. Hace gala de una discreción y de unas formas impecables incluso en situaciones donde el estallido, o un buen bofetón, sería lo esperable. La ternura asoma con delicadeza cuando debe, con gran generosidad, y podría representar perfectamente a alguna de las mujeres de la Biblia. Solo ella puede sostener el dolor del padre derrumbado en que se convierte Rett Butler por la pérdida de su pequeña. Ante ella, el aventurero y cínico Rett capitula, rinde sus armas y asoma lo mejor del caballero que aún anida en su pecho.
La torpeza ante el bombardeo tendencioso de preguntas tales como ¿qué es una mujer? ¿Cuál es su papel? tendría que causarnos risa y desactivar automáticamente el delirio de las vidas fingidas, impostadas, que pretenden ‘naturalizar’ e imponer en nuestra sociedad, construidas sobre automatismos y tópicos resultones para algunos, o antipáticos para otros. Y, muy al contrario, no es la mía ninguna propaganda a favor de una concreta manera de vivir, de una propuesta reduccionista ni doméstica —ni en absoluto domesticada— de nadie. Solo me pregunto y me respondo, tal vez, en pensamientos traducidos en estas palabras impresas, y trato de excarcelar lo que otros sí pretenden aprisionar con mucho ruido, demasiado ruido e intereses.

