(I) Tarde para morir (Una idea para El crack tres). Por Diego Pardos 

A María Casanova. Y a la memoria de  Alfredo Landa Areta 
Tarde para morir

«¿Acertó José Luis Garci con El crack cero? Rodada en 2019, como antecedente de El crack (1981) y El crack dos (1983)»

 ¿Acertó José Luis Garci con El crack cero? Rodada en 2019, como antecedente de El crack (1981) y El crack dos (1983), tengo para mí que fue un intento lleno de melancolía de compensar de algún modo la oportunidad perdida de hacer la tercera parte (que hubiera sido definitiva) en vida de su principal protagonista, Alfredo Landa, que encarnaba al detective Germán Areta. Sí acertó con ese toque más noir al introducir en el filme la figura confusa de femme fatal (Patricia Vico), y al rodarlo en blanco y negro parece que también quiso separarlo, marcar una diferencia con los anteriores, filmada en película de color y en el Madrid de la época. Y acierta también con la personalidad del personaje femenino de Adela (María Cantuel) que al igual que Carmen (María Casanova) es una buena muchacha, el talón de Aquiles de Areta, contrapunto de ese mundo sórdido y subterráneo del que trata de salir luchando contra él nuestro héroe, sin conseguirlo. 

Las cintas de El crack (ya no hace falta verlas, basta con escuchar la música inolvidable de Jesús Gluck), esas imágenes de la Gran Vía, que son más un documental, de las inmediaciones del Cine Ideal o de Galerías Preciados, con el trasiego de personas y de coches y de fachadas y de luces arrebatadas, ya sólo están en el recuerdo o la añoranza de un Madrid cuya memoria nos quiso legar Garci, no sé si adivinando -cosa bien difícil- que ni Bogart, ni Fred McMurray nos habrían de producir la emoción de vernos identificados con los personajes -no sólo con Areta/Landa- de una España donde hoy no sería posible el milagro cinematográfico de El crack. Un Madrid que no es el castizo Agustín de Lara o de Arniches, o el bohemio de hace un siglo y de sus cafetines literarios y sus extravagantes hampones que vagaban por la Puerta del Sol. Era una ciudad donde el niño, el joven José Luis ya había absorbido en sus salas de cine las atrayentes historias de la California de Hammett y de Chandler, trasvasada a ese Madrid que alguna vez soñó con su Madison Square Garden desde el frontón de la calle del Doctor Cortezo y en volar -pudimos verlo- a un Nueva York extrañamente navideño.  

La añoranza de un Madrid cuya memoria nos quiso legar Garci

Era una buena tarde para morir. Una tarde cualquiera del mes de enero, fría, levemente lluviosa, con una humedad lenta como de nieve y sin esperanza. Todavía a oscuras el Capitol, la circulación corría increíblemente ordenada como en una gran estación de tren. La Gran Vía era una cremallera que subía y bajaba, ruidosa y metálica. 

Era una buena tarde para morir, pero un hombre con un paraguas parece que se resiste a ello, como si estuviera cobijado y a salvo. Aunque aquella tarde Germán Areta todavía no había comprado el paraguas. 

Dejó su oficina, sola y solitaria, resignado a mojarse los zapatos y las anchas perneras del pantalón gris, con sus manos en los bolsillos de la gabardina azul oscura, adquirida en Bobo y Pequeño (confección para caballero y niño). 

En Callao vio a un hombre barbudo que le miraba desde la puerta del cine, y esa mirada tenía algo de familiar. Por Preciados se paró ante un escaparate y encendió un cigarrillo: Ahí estaba el tipo, a unos metros de él, bien disimulado entre el ir y venir de las gentes. Guardó el paquete de tabaco en el bolsillo derecho comprobando con una presión del antebrazo que no había olvidado el revólver. 

La llovizna, ya apenas perceptible, amainaba. La posibilidad de morir de un balazo le espantaba ahora, sobre todo por Carmen; ahora que sucedían los momentos de felicidad. Apretó el paso por la calle Carretas, y en Doctor Cortezo cambió de acera. La presencia del Frontón Madrid le parecía la imagen del tiempo ido y el presagio de su propia muerte. Y las fachadas grises y mordidas por el tiempo. Mirando hacia atrás sorprendió a otro individuo joven, de aspecto parecido al primero. Más bajo que éste, su abrigo color camel, largo y de piel vuelta, le daba un cierto aspecto ridículo que aumentó al saberse descubierto. No obstante reaccionó bien sobrepasándolo con naturalidad hacia el cine Ideal. “La cosa podría ponerse fea -cavilaba Areta-, quizá si encuentro a un tercer hombre…”. 

Ya en Tirso de Molina bajó las escaleras del Metro y enfrente de la taquilla giró sobre sus pasos. De frente, casi pegando, entraba el primer tipo, que no tuvo más opción que comprar un billete, desapareciendo por el subterráneo. Fue descubriendo la fachada del teatro del Progreso a medida que subía a la plaza. Allí una cabina de teléfono ocupada: perfecto, así puede esperar sin estar encerrado y echar un vistazo alrededor. Dos hombres hablaban en voz alta de fútbol; un viejo era ayudado por una chica a coger el bastón; una cuadrilla de chavales que planea acudir a los billares; por fin dos hombres se juntan y gesticulan: parecen buscarlo. Uno de ellos es el del abrigo camel. La cabina ha quedado libre. Desde ella los observa, contrariados, conversando. 

Germán introdujo las monedas, marcó un número: 

-¿Abuelo? ¿Qué tal la nieve en el Guadarrama? 

-Hombre, Piojo, ¿ya has vuelto de “San Michel”? 

-”San Miquele”, Abuelo. Escuche: me están vigilando y no sé si los manda don Gregorio o si me los envía usted. 

Don Ricardo sonreía. 

-Perdona Germán, ya no recordaba que eras tú. Tranquilo, son los chicos de Frutos. ¡Menudo susto, eh! 

-Joder, Abuelo, eso digo yo, qué mal rato. 

-Oye, Germán, te lo explico mañana… ¿que dónde? Aquí ya sabes que se está muy bien, en plena sierra. 

-Ya, ya… pero prefiere hacerse una escapadita a Madrid para respirar el aroma del gasoil. 

-Cafetería del hotel Emperador, ¿te va bien a las once? 

-Allí estaré, hasta mañana don Ricardo. 

Antes de salir de la cabina, envuelta en vaho, el detective pasó el revólver del bolsillo de la gabardina a su funda y por un momento lo mantuvo empuñado con suavidad y firmeza, como si fuera la cintura de una rubia de Santa Mónica. “No ha estado mal, chicos -se aventuró a decir a sus vigilantes-, pero os veo un poco verdes. ¿O debo decir grises?” 

Era una buena tarde para morir, sí. Pero es mejor seguir vivo. Al menos por un tiempo. Ya no hace falta el paraguas. Tras los pasos de Germán Areta se fueron encendiendo las luces de neón, deslumbrando la noche. Las del edificio Carrión cayeron sobre él y en el cine Rialto estrenaban la última de James Bond. Bajo el bigote no pudo evitar una leve sonrisa. Y es que olvidó apagar la luz de la oficina y la estufa y aquí el MI5 inglés no paga las facturas. 

 

(Fundido a negro) 

 

 

Diego Pardos

Soy un hombre del franquismo, pues nací en Daroca en 1974. Pasé mi infancia en un lugar de la Celtiberia llamado Used y acudí a clases de bachillerato en Teruel, como Antonio Mingote (con resultados notoriamente distintos). En dos ocasiones gané (ex aequo) el Concurso de cuentos infantiles “Tertulia Goya” de Santander (años 2011 y 2015) y escribí la novela Las autonomuchas. El discreto exilio de Fernando Vizcaíno Casas (SND Editores, Madrid, 2018), con prólogo de Eduardo Vizcaíno de Sas. Y una segunda parte, en edición no venal. No contento con ello también colaboré en el periódico satírico La Gallina Ilustrada (2019-2020). Escribo, algunas veces, en el Diario de Teruel.

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