
«Debo de ser un bicho raro porque no me gusta hablar de temas que a otros privan, como fútbol, dinero, profesiones, etc.»
Está claro que debo de ser un bicho raro. No suelo encajar en las fiestas porque soy reservado y si no tengo confianza con el resto de personas, no me prodigo demasiado, soy tímido, aunque me he ido curando con la edad, como les pasa a todas las personas tímidas. Tampoco me gusta hablar de temas que a otros privan, como fútbol, dinero, profesiones, etc… Realmente prefiero hablar de temas más intelectuales y afectivos o incluso temas sociales variados.
Esto no debe de resultar de agrado entre gente que está de fiesta. Verdaderamente, me cuesta hablar de otros asuntos intrascendentes, porque no los valoro, no les encuentro encaje, me aburren mucho. Ya se que soy una persona difícil de encajar en un grupo, lo he sido toda la vida y es difícil dejar de serlo ahora que voy a cumplir los setenta. Este treinta de Noviembre llevaré en este mundo la friolera de setenta años. Ya lo dice el dicho “genio y figura hasta la sepultura”.
He intentado repetidamente y por todos los medios, ser más como la Rana Gustavo, cuando salía en Barrio Sésamo, haciendo de reportero más que dicharachero, pero no puedo, me es imposible. Mi manera natural de decir cosas, de expresarme, es al parecer el lenguaje escrito. En ese sistema, sí que me siento como un pez en el agua. Me lo dijo mi padre, que escribía bastante bien y publicó algunas cosas interesante, entre otras cosas, un libro de cuentos que ganó una Hucha de Plata de las Cajas de Ahorros Confederadas se llamaba “Descalzo y otros cuentos”. Por desgracia, no pudo acabar una novela que se había propuesto hacer, pero me contó muchas veces el argumento y me dejó unos cuatro o cinco capítulos medio hechos.
Él sí vio en mi algo de potencial como escritor, su confianza era muy superior a la que tengo yo sobre mí mismo. Pero dejando esto a un lado, creo que cualquier día de estos me liaré la toalla a la cabeza e intentaré contar esa historia, que él no pudo contar. Lo haré desde el punto de vista de un niño, su hijo, yo mismo, con todos los reparos y olvidos que esto pueda conllevar. No sé si será fácil o difícil, pero intentaré hacerlo.
Recuerdo cosas de cuando era niño y adolescente, incluso cosas de la veintena, acerca de los viajes e incluso de las cosas que mi padre tuvo que hacer a lo largo de sus más de treinta años de carrera diplomática. Posteriormente tras una operación, por una perforación de estómago grave, un Bill Rot dos, y con la que estuvo a las puertas de la muerte, desde luego no estaba ya para contar ningún tipo de historias y menos biográficas. Lo peor es que la enfermedad cortó todo el resto de su vida profesional. Quizás no había más que contar, y sus últimos años fueron más bien tranquilos.
Recuerdo que mi madre y él se fueron a vivir a Palma de Mallorca, porque mi hermana que trabajaba allí caía en depresión de vez en cuando y mi madre no quería que estuviera sin su apoyo, porque aunque casada, sabía que necesitaba apoyo emocional maternal y paternal. No estaba equivocada puesto que tras la muerte de mi padre, mi hermana se suicidó. Yo por otra parte años antes había partido de Madrid a Valladolid, para trabajar en mi puesto de ayudante de realización de televisión en Valladolid, ciudad en la que conseguí la plaza en la convocatoria del año ochenta y cinco.
Evidentemente a mis padres y a mi hermana los seguía viendo en Navidades y otras fechas significadas como cumpleaños y vacaciones. Pero mi padre ya no era en aquella época la persona que había sido, hasta el punto de que me pedía que le leyera los libros que quería, porque él casi no veía ya y le costaba mucho. Esto tras haber sido ésta actividad y afición la de toda su vida. Así que en vacaciones íbamos mi mujer y yo con sus nietos a Palma y en esas fechas mientras mi madre, mi mujer, mi hermana y los niños iban a la playa, yo le leía a mi padre los libros que le gustaban. Y un día como nos ocurrirá a todos dejó de estar entre los vivos. Murió tranquilo descansando en su cama, casi dormido o a punto de una siesta, no se enteró. Me alegré por este hecho porque me había dicho muchas veces que el trance de la muerte era algo que le superaba con mucho.
Después de esto, la vida sigue y hay que seguir tirando de la nave, de los nuevos grumetes y del resto de cosas que tanto valoramos, amigos incluidos, pero que en cada nueva fiesta vamos viendo mayores por no decir directamente viejos, máxime cuando entre ellos están allí, ya como adultos, sus hijos y sus parejas. Y por esto empezaba diciendo que está claro que debo de ser un bicho raro. No suelo encajar en las fiestas porque soy reservado y sí, no tengo confianza con el resto de personas, no me prodigo demasiado, soy tímido, aunque me he ido curando con la edad, como les pasa a todas las personas tímidas. Tampoco me gusta hablar de temas que a otros privan, como fútbol, dinero, profesiones, etc… Realmente prefiero hablar de temas más profundos o incluso temas sociales variados. Esto no debe de resultar de agrado entre gente que está de fiesta.
