Apología del calzón largo. Por Diego Pardos 

Apología del calzón largo. Don Mendo de Mingote para la edición del Círculo de Lectores de 1994.

«Tengo interés, además de hacer este canto al calzón largo, en asociarlo de algún modo al modo de vestir de nuestros señores diputados»

 Hoy les voy a hablar de una prenda que no está de moda, pese a cumplir una función social interesante cual es la de calentar no sólo las piernas de los señores, sino también sus partes pudendas. Se trata del calzón largo, que generalmente se sirve en color blanco, como corresponde a esta línea clásica de la ropa interior. También lo había en azul, según me asegura el industrial Genaro Estébez, que regenta la tienda familiar de paños en Villanueva de la Yunta, provincia de Guadalajara. Allí me desplazo habitualmente cuando tengo que adquirir estos calzones, camisetas y calcetines, porque sé que el género es de calidad y de fabricación nacional. Además, si no hay mucha clientela aprovecho para tomar algo con mi amigo en el Café Universal y ponernos al tanto de los chismes del país. Es Genaro un poco poeta y suele anunciar su negocio en forma de verso. La semana pasada tenía una bonita redondilla en el escaparate: 

 

Entre en Estébez, señora 

y adquiera sin suplemento 

el último complemento 

y olvide su batidora. 

 

(Pero no hay manera, la señora compra una faja, unas medias o un abanico y no olvida la batidora.) 

 

Abandonemos al vate manchego y sigamos con el ditirambo del calzón de pata larga. Es una ropa muy agradecida, pues, además del calor que proporciona sirve como pantalón de pijama, ahorra en calefacción y su portador gana en comodidad frente a otros calzoncillos de diversa índole que más parecen bragas y que oprimen la ingle y hasta los atributos masculinos. No sé la historia ni los orígenes del calzón largo, pero baste decir que ya lo usaba el trovador Bertoldino, bien que por debajo del hábito o vestidura con que se adornaban en el siglo XII estos músicos. Lo cuenta don Pedro Muñoz Seca en La venganza de don Mendo y si no lo describe de esta manera al menos así lo pintó Antonio Mingote para ilustrar la genial tragedia. El mismo don Mendo no tiene pudor en mostrarse en público en paños menores. Nuestro Alonso Quijano, ya en el XVI, también hacía uso del calzón largo y tuvo que llegar el pasado siglo para revolucionar la moda, para que el hombre se avergüence de tan gentil prenda y lleve las piernas desnudas lo mismo en el dormitorio que en las playas, por culpa de los horrendos bañadores ajustados. Y hemos tenido que entrar en el presente milenio para que los caballeros hagan el ridículo practicando el footing, el running o el jogging embutidos en unas mallas o leggings aptos para el fitness. 

 

Tengo interés, además de hacer este canto al calzón largo, en asociarlo de algún modo al modo de vestir de nuestros señores diputados. Pues resulta que en una columna que titulé “Del top lencero al chandayuso” ya me referí a la indumentaria femenina de nuestras parlamentarias (excepción hecha con el sincorbatismo de don Miguel Sebastián). Allí hacía mención de la querencia que doña Josefina Rodríguez de Millán tiene por el color negro, de la lencería de Macarena Olona, del traje de deporte de la señora Ayuso, de los vestidos de tirantes de doña Francisca Armengol y hasta de la ausencia de sujetador (o sinsostenismo) de Jone Belarra, que provocó en mi amigo Genaro su furor poético. 

 

Es de justicia, por tanto, trazar unas hipótesis (que dejo al albur y al capricho de los lectores) sobre el tipo de vestimenta que esconden los pantalones de sus señorías. ¿Llevará puestos Gabriel Rufián unos calzoncillos ajustados salidos de los talleres de Mataró? El señor Ortega Smith, ¿cubrirá sus partes íntimas con unos clásicos de algodón con botones? Don Patxi López, ¿será más de bóxer? ¿Utilizará Aitor Esteban, para las humedades de Neguri, los calzones de pierna larga, tan españoles? 

 

Queda pendiente para la crónica rosa y la prensa del corazón tan curioso escrutinio, que no impide que cualquiera de los señores diputados haga pública su preferencia, como es natural. Sabido es que estas revelaciones marcan tendencia. Pero sea como fuere, y más en invierno, es indudable la ventaja que conlleva el uso del calzón largo, del cual hago pública apología y recomiendo vivamente. 

 

Diego Pardos

Soy un hombre del franquismo, pues nací en Daroca en 1974. Pasé mi infancia en un lugar de la Celtiberia llamado Used y acudí a clases de bachillerato en Teruel, como Antonio Mingote (con resultados notoriamente distintos). En dos ocasiones gané (ex aequo) el Concurso de cuentos infantiles “Tertulia Goya” de Santander (años 2011 y 2015) y escribí la novela Las autonomuchas. El discreto exilio de Fernando Vizcaíno Casas (SND Editores, Madrid, 2018), con prólogo de Eduardo Vizcaíno de Sas. Y una segunda parte, en edición no venal. No contento con ello también colaboré en el periódico satírico La Gallina Ilustrada (2019-2020). Escribo, algunas veces, en el Diario de Teruel.

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