
«Al parecer, alguien acababa de precipitarse al vacío desde algún piso alto hacia los jardines interiores»
El estrépito sonó como una explosión semejante a la de un cuerpo humano al estamparse contra el suelo. Al parecer, alguien acababa de precipitarse al vacío desde algún piso alto hacia los jardines interiores. Eran los comentarios más oídos.
Una persona repeinada, con una raya lateral en el pelo, espeso bigote y una ancha perilla, enfundada en un elegante traje azul marino, maletín de piel marrón en su mano derecha, comentaba de manera algo petulante: “verá usted, ha sido algo terrible, nada más apearme del taxi he escuchado un fuerte estruendo, estoy seguro de que hay alguien destrozado tras aquel pequeño parterre”.
La noche comenzó a dejar caer su oscuro manto.
En medio de aquel gentío, quiso intervenir esta vez un muchacho joven ataviado con sudadera roja y pantalón blanco, salpicado de un empaste con multitud de colores. Contaba: mire, yo estaba terminando de lavar las brochas, cuando oímos el estallido, bajamos corriendo mi compañero y yo; pero él está muy impresionado y no se atreve a acercarse, se ha quedado junto a aquel portal de enfrente. Creo que ha debido de caer un obrero que estaba colocando unos toldos en una terraza interior. ¡Pobre hombre!
Alumbraban las farolas con sus primeros haces de luz, cuando se acercó una mujer que, por su familiaridad, podía adivinarse que se trataba de alguna vecina. Dirigiéndose al hombre trajeado manifestó, muy cargada de razón, cómo su marido había visto a alguien caer desde la ventana. Pero su estado de salud le impidió bajar; lo que sí hizo, según ella, fue avisar inmediatamente a los servicios de urgencias.
La mujer no paraba de echarse manos a su ancha y rojiza cara de hipertensa, manifestando la desgracia, en medio de llamativos gestos y espectaculares aspavientos.
Un muchacho recién salido de la adolescencia, cargado con una mochila de la que sobresalían unas mazas de malabares, sujetaba un cigarro sin filtro entre sus dedos. Lucía un cabello negro, entrelazado a modo de rastas, y aseguró que se trataba de “El Indio”. Según me comentaron vivía por aquí; el pobre, últimamente se había metido en muchos problemas. Estos días de atrás se le veía muy cabizbajo y triste.
El tono agudo de las sirenas, junto a los rotativos azules, silenciaron todas las conversaciones.
De un camión descendieron varios bomberos, que a todo correr se internaron en el oscuro jardín.
Al poco tiempo, apareció uno de ellos junto a otro compañero, cargados con un enorme rollo de plástico sobre sus hombros, mientras la muchedumbre allí agolpada no les quitaba vista. El jefe de guardia comunicaba por la emisora: “central, ¿me oís?, ni suicidio, ni leches, no sé cuándo la gente va a tener más cuidado con los enseres. Si esto le llega a caer a alguien encima, lo deja en el sitio”.
(© 2024 Manuel Sanz Real)

