El sitio de Zaragoza. Por Diego Pardos 

El sitio de Zaragoza: Zona de Bajas Emisiones en Zaragoza. X

«Toda localidad mayor de cincuenta (cincuenta mil habitantes, es decir) tiene esa espada de la Comisión Europea pendiente de sus cabezas»

 De este mismo miércoles es la noticia que leo en La Gaceta de la Iberosfera y cuyo titular es el siguiente: “El Ayuntamiento de Zaragoza (PP) pone en marcha la zona de bajas emisiones y multará con hasta 200 euros”. La hemos tomado con don José Luis Martínez-Almeida y su Madrid Central y ahora resulta que doña Natalia Chueca no se queda atrás en el cumplimiento de las órdenes que nos dictan allende (con perdón) los Pirineos. Hace más de doscientos años los caprichos que venían de la France sentaron muy mal a orillas del Ebro y nuestros antepasados tomaron esas finas costumbres con poco sentido del humor. Del Tío Jorge a las Heroínas y de don Felipe Sanclemente a la Madre Rafols, las imposiciones progresistas venidas de Europa no fueron aceptadas en la ciudad y los baturros de 1808 protestaron a base de cuchilladas, cañonazos y palos.  Ahora el problema es muy otro; su método más sutil; el procedimiento más civilizado, ya se sabe: se monta un circuito urbano con unas camaritas que te graban las matrículas de los autos y venga, sanción al canto. Al menos los ciudadanos tienen una mora (es un decir) de un año para circular alegremente por el sitio de la Zaragoza romana hasta que entre en vigor el bello decreto Z.B.E. de diciembre de 2022. Qué año me voy a pegar circulando a todo trapo con mi Volkwagen veinteañero por sus calles más históricas. En lugar de salir a pasear o ir de tiendas no voy a parar de quemar gasóleo. Me voy a recorrer San Vicente de Paúl y el Coso Bajo esquivando autobuses y la calle Manifestación cruzando la de Alfonso tocándole el pito a los peatones. A partir del año que viene ampliaré mi itinerario por la plaza de Basilio Paraíso y subiré por el Paseo de Sagasta antes de que se amplíe en 2030 la zona de bajas emisiones. 

 

Cuando eso suceda y los pobres ya no puedan circular por el centro, será la “movilidad más sostenible” sin duda (y también la gilipollez, y ustedes dispensen). Tendremos que sacar de excursión nuestros viejos cacharros por las afueras o iremos de merienda a los pueblos donde el aire es puro, no hay cobertura telefónica y la Policía Local no existe. No la tomen, ya les digo, con el alcalde de Madrid, porque la moda de jorobar al tributante es universal, y lo mismo en Pontevedra que en Ávila. Toda localidad mayor de cincuenta (cincuenta mil habitantes, es decir) tiene esa espada de la Comisión Europea pendiente de sus cabezas. Esa espada de Von der Ribera que exige en aras de la transición limpia, justa y competitiva (y que tanto suena a cátedra extraordinaria) un cambio de utilitario o la resignación del transporte público o privado de alquiler, la sudorosa bicicleta o el peligroso patín. Queda el clásico coche de San Fernando, muy popular en el primer franquismo, que supone ir un rato a pie y otro andando. 

 

Mientras tanto llaman nuestra atención otros lugares, sin salir de Aragón mismamente, como es la ciudad de los Amantes. No quiero pensar que sea por tener un censo escaso pero allí no va a pintar nada doña Úrsula porque manda la señora Buj, que además por segundo año consecutivo (lo decía el Diario de Teruel) va a congelar las tasas e impuestos municipales, además de mantener una de las menores presiones fiscales de España. En eso de congelar hay buena costumbre por allí, lo cual no puede ser motivo para no afincarse en Teruel, huyendo de las grandes urbes. Es cierto que doña Emma Buj (de tan eufónico y janaustiniano nombre) tiene previsto para el año que viene reservar el centro sólo para los residentes, vehículos de reparto y emergencias (Paula Ciordia para OK Diario). Y yo en este caso tengo mis dudas, por mucha comodidad que suponga para los turistas, tan bienvenidos siempre. Discrepo en eso de instalar las dichosas camaritas: Sería suficiente, quizá, la actuación disuasoria de la Policía para evitar los abusos y la temida sanción se volvería más humana. Es cierto que algunas calles y plazas que no soportan el tráfico hacen más agradable la vida. Y en esto, como en tantas cosas, es difícil contentar a todos. 

 

Nos esperan malos tiempos, sí. Y no sólo en el sitio de Zaragoza. Admito que me irritan las pegatinas de colores de la Dirección General de Tráfico, que veo en los parabrisas y que no entiendo más allá de la correspondiente a la Itv. Cómo le gustaría a uno, si las cosas siguen así, entrar en escuálido caballo, o montado en burro al cervantino modo, hasta la fonda del Tozal y saludar luego con gozo al Torico. No me dirán ustedes que no sería eso, además de hermoso y si las ordenanzas no lo impiden, un hecho ecológico. ¿No le parece, doña Emma? 

 

Diego Pardos

Soy un hombre del franquismo, pues nací en Daroca en 1974. Pasé mi infancia en un lugar de la Celtiberia llamado Used y acudí a clases de bachillerato en Teruel, como Antonio Mingote (con resultados notoriamente distintos). En dos ocasiones gané (ex aequo) el Concurso de cuentos infantiles “Tertulia Goya” de Santander (años 2011 y 2015) y escribí la novela Las autonomuchas. El discreto exilio de Fernando Vizcaíno Casas (SND Editores, Madrid, 2018), con prólogo de Eduardo Vizcaíno de Sas. Y una segunda parte, en edición no venal. No contento con ello también colaboré en el periódico satírico La Gallina Ilustrada (2019-2020). Escribo, algunas veces, en el Diario de Teruel.

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