
«Si catastrófica fue la riada mucho más extenso es el lodazal de indignidad y fango, donde se sigue zambullendo el Presidente del Gobierno»
Se ha cumplido una década desde que falleció el escritor, poeta y flamencólogo Félix Grande dejando tras de sí una amplísima cosecha de premios literarios con los que fue galardonado. Había recibido el Premio Nacional de las Letras en 2004 y otros muchos como el prestigioso Adonáis, el Nacional de Poesía y el Nacional de Flamencología.
Entre las frases que uno guarda en su memoria hay una sentencia que quedó grabada a fuego cuando la leí en su primer libro de cuentos titulado: “Por ejemplo, Doscientas”. Fue publicado en el mítico 1968, por la no menos mítica editorial Cuadernos para el Diálogo. Decía: “Tristes tiempos estos en los que a la simple honradez es necesario llamarla heroísmo”.
Aquellas catorce palabras del gran referente de la poesía social que fue Grande, expresaba su oposición y velada acusación de corrupción a un régimen franquista a la defensiva, entonces ya dictadura reblandecida por el progresivo bienestar económico y social. Obviamente también iba siendo minada, gracias a las luchas obreras y estudiantiles siempre reprimidas con dureza. Mientras, los cambios culturales se iban infiltrando en la sociedad española al contacto con los millones de turistas que nos visitaban cada año. El fin del franquismo y la llegada de la democracia eran una esperanza que se avizoraba a lo lejos.
Me ha venido a la cabeza el recuerdo de aquella frase y aquellos tiempos de lucha, con la aparición del grafiti de seis palabras, utilizadas por los afectados por el tsunami de agua y barro generado por la excepcional gota fría que hace un par de meses destruyó vidas y devastó el área metropolitana de Valencia: “Solo el pueblo salva al pueblo”. Un eslogan recuperado como expresión del profundo de dolor y abandono sentido por la población, que resume su pesadumbre ante la hecatombe sufrida y la increíble ausencia de inmediatez y eficacia en la respuesta que cabría esperar de un estado moderno y democrático. No obstante, si éste ha fallado estrepitosamente, con la única excepción de la Corona, no ha ocurrido lo mismo con la ciudadanía que ha dado la talla con las decenas de miles de voluntarios ayudando a limpiar el lodo y las riadas de suministros múltiples procedentes de toda España. La impresionante avalancha de solidaridad se desencadenó a las 48 horas del inmenso desastre, gracias a un programa de televisión que desveló su magnitud, –¿ocultada deliberadamente?– adelantándose a unas administraciones dramáticamente paralizadas, por lo que la nueva consigna constituye una expresión de agradecimiento a esta fraternidad entre los españoles y una gran censura a aquellos políticos y funcionarios, que no supieron estar a la altura de las circunstancias y de su responsabilidad, quedando retratados en su ignominia.
No es todo. Las imágenes actuales de la situación del desastre en muchas zonas afectadas, que todavía siguen asombrando por su persistencia y dimensión, ponen de relieve que el fango de la pantanada está siendo agudizado por el tsunami de incompetencia, irresponsabilidad e incluso oportunismo político, antes, durante y después de aquellas desgraciadas horas, con alguna salvedad local. ¿Por qué, estando dispuesto, no se autorizó la salida inmediata del Ejército para ayudar a la población?
Es inconcebible el abandono que sufrieron las zonas arrasadas durante varios días y lo que, pasando las semanas, parece evidenciar una actitud de remoloneo de las administraciones central y autonómica para abordar la gravísima situación, más preocupadas por echarse mutuamente encima una culpa, indisolublemente compartida, que por colaborar a fondo sin reticencias. Como igualmente lo es por alardear en la rapidez y cuantía de la ayuda financiera puesta a disposición de los damnificados que, cierta o exagerada en las magnitudes proclamadas, no acaba de llegar con la urgencia necesaria.
Esto demuestra asimismo el fracaso de las administraciones, siempre excesivamente burocráticas. No obstante, quizá el problema no sea sólo ése, sino el nepotismo por su permanente colonización interesada en detrimento de los principios de mérito y capacidad que deberían primar el reclutamiento de los funcionarios. Las carencias se han hecho especialmente patentes en situaciones de colosal envergadura como la presente. Cuestión extensible al excesivo número de colaboradores y cargos políticos que se nombran.
Más allá de la catástrofe, este asunto evidencia la decadencia y crisis del sistema político de la transición, donde la modernización que supuso el estado de las Autonomías, ofrece el contrapunto de la “okupación” que está sufriendo el conjunto del sistema político por una mediocre clase dirigente, cada vez menos cualificada. Unos políticos que afirman su poder al rodearse de personas sin vocación de servicio público, –movidos por su propia supervivencia laboral y atraídos por un sistema que, prácticamente, no demanda responsabilidad alguna, por fallos, incompetencias o dejaciones a ningún nivel de la administración–, convertidos en “siervos” de quien los nombra y en caldo de cultivo de la corrupción. Las perspectivas de unos mercados de trabajo, cada vez más exigentes en formación y en número de aspirantes, junto a la adicional ausencia de mínimos controles en la selección, cantidad y oportunidad en el nombramiento de múltiples puestos de las administraciones, rememoran las gloriosas páginas sobre las cesantías de finales del siglo XIX. El retrato social que hace Pérez Galdós en su “Miau”, parece revivir hoy día con los partidos convertidos en oficinas de colocación para los afines.
Y si no hay hueco en las plantillas se inventan nuevas competencias y nuevos destinos para amiguetes, pelotas y múltiples asesores, espantados ante el panorama personal que se les abre fuera de la administración, sin paraguas político que los proteja, con las hipotecas de sus casoplones muy vivas.
¿Dónde está la mejora que la digitalización de la administración iba a introducir en la gestión pública cuando la percepción que recibe el ciudadano en muchísimas ocasiones es de empeoramiento? Ya ni siquiera el “Vuelva usted mañana” de Larra sirve, pues no son pocas las citas telefónicas que se demoran por semanas y meses, de manera que la administración empieza a desaparecer como hacen las grandes compañías de suministros, ocultas bajo una muralla de contestadores automáticos concebidos para desesperar a los usuarios, sin que estos tengan siquiera la posibilidad de constatar la presencia de unos trabajadores tras una ventanilla con el que desahogar su impotencia.
Pero estaba hablando de la gota fría y sus consecuencias nada ajenas al trascendente problema estructural de la administración. El nombramiento de altos cargos políticos y la sustitución de funcionarios facultativos de gran responsabilidad técnica en la administración por incompetentes “enchufados” (es decir, como si en el Ejército se nombraran libremente generales con mando en plaza, a militares cuya formación apenas llega a sargentos) lo explica todo. Sumamos a todo eso la gran cantidad de parlamentarios que legislan a toque de silbato, sin apenas formación alguna y –peor aún– prescindiendo del consejo, incluso despreciando en su soberbia, los dictámenes y asesoramientos de quienes saben cómo se hacen las leyes.
Entretanto, buena parte del tejido empresarial valenciano arruinado sigue desapareciendo poco a poco con cada jornada que pasa a la espera de la ayuda pública prometida.
Pues si catastrófica fue la riada natural que ha afectado a alrededor de un millón de ciudadanos valencianos, mucho más extenso –en otro ámbito– es el lodazal de indignidad, donde se sigue zambullendo el Presidente del Gobierno, haciéndonos partícipes de la misma a todos los españoles. Al menos así lo sentimos muchos.
¿Hasta dónde va a llegar su ambición de poder y narcisismo? ¿Hasta rendir pleitesía fuera de España a un delincuente fugado, que cobardemente huyó de su responsabilidad en el mayor delito que se puede cometer contra el conjunto de la sociedad española? Su ausencia de límites puede destrozar todo el sistema político de la Transición, hundiendo en el fango a todo el estado. ¿Quiénes y cómo lo limpiarán entonces?

