
«Intuyo que los vecinos tenemos peligro a ser devorados, más por gatos que por perros. ¡Cuidado hay mucho gato de uñas afiladas por los alrededores!»
Sales a la calle y ves a los gorriones arremolinarse alrededor de las migas de pan que, algunos vecinos, les han lanzado desde sus ventanas. Salen en desbandada, volando, al ver que mi perrita se les echa encima más por jugar que por otra cosa. Nunca llega a tiempo, se queda con tres palmos de narices y me mira. Parece que lo hace para decirme: “¡Vaya! Otra vez he fallado”. “No te preocupes, los humanos fallamos más que cualquier escopeta de feria”.
Me paro a escuchar los grititos de los pajaritos y sus sonidos me vienen desde las copas de los árboles que, aunque pelados por ser Enero, algo protegen a sus moradores, sobre todo del peligro a ser devorados, más por gatos que por perros. De vez en cuando la perrita tira de mi brazo y me duelo por la tendinitis que padezco, no me importa, este de ahora es su tiempo y me dejo llevar por donde ella quiera, dentro de un orden, claro está. Es cabezota, como buen cruce de Chihuahua con algún perrito de caza, semeja un poco a un galgo pequeñito.
En su paseo, imagino que ella no ve perfectamente claro del todo lo que yo si veo, pero huele lo que yo ni puedo imaginarme. A veces se para y olisquea el aire, luego me mira, a veces huele detenidamente la base de un árbol o una farola, imagino que por el olor sabe que tipo de congénere hizo allí su necesidad mingitoria. No sabe ¿qué es la raza? Pero si que sabe que tipo de animal es. Luego me mira como queriendo decirme: “vamos, esto ya carece de interés”.
Ese pragmatismo perruno me atrapa por su ejemplaridad, significa que las cosas acaban de tener interés en cuanto han sido escudriñadas y asumidas. Luego debe pensar, “ya, a otra cosa mariposa”. Esta capacidad de olvidar, casi inmediata, me da envidia. Hay cosas que yo quisiera olvidar, sobre todo de nuestra realidad social y política, y mira por dónde, por mucho olor apestoso que desprendan, soy incapaz de borrarlas de mi nariz. Como el cerebro se va modulando según los estímulos que llegan del exterior, es difícil poder descartarlos con inmediatez. Un olor apestoso, para los humanos, no es tan fácilmente descartable, como pueda serlo el olor de una rosa, que casi perdemos al separarla de nosotros.
Pasear con tu perrito por las calles cotidianas y cercanas a tu domicilio es familiar, es seguro, es como una continuación de tu hogar. El perro también lo sabe, de hecho tras haber rodeado un par de manzanas, tira hacia la entrada de su urbanización y para en la puerta esperando a que abras el portón. Este reducto ajardinado cerrado, te otorga un sentimiento de pertenencia a un lugar determinado, sabes que en su interior puedes cruzarte con vecinos, más o menos conocidos, digamos que estas a salvo de individuos de los que no sabes nada de nada.
Cuando llega una época electoral, todos los aspirantes a formar parte de Congreso de los diputados, orinan con frases e imágenes, sus mensajes en carteles, intentan hacerte llegar por cualquier medio sus cualidades e intenciones que suponemos decentes y asumibles. Aunque tú sepas que no son todo lo buenas que dicen, algún problema, fallo, o defecto han de tener, tienes que aceptarlos como olor, de orina, de compañía.
Desde luego nada tienen que ver esos olores políticos unos con otros y es bastante improbable que puedas cambiar de opinión acerca de esos tufos. Los traes a veces memorizados desde hace largo tiempo. Así que como dice el refrán: “Más vale lo malo conocido, que lo bueno por conocer”. Así que mejor seguir paseando con la perrita por los lugares familiares.
Es por todo esto por lo que empezaba este escrito diciendo: Sales a la calle y ves a los gorriones arremolinarse alrededor de las migas de pan que, algunos vecinos, les han lanzado desde sus ventanas. Salen en desbandada volando al ver que mi perrita se les hecha encima más por jugar que por otra cosa. Nunca llega a tiempo, se queda con tres palmos de narices y me mira. Parece que lo hace para decirme: “¡Vaya! Otra vez he fallado”. Me paro a escuchar los grititos de los pajaritos y sus sonidos me vienen desde las copas de los árboles que, aunque pelados por ser enero, algo protegen a sus moradores, sobre todo del peligro a ser devorados, más por gatos que por perros. ¡Cuidado hay mucho gato de uñas afiladas por los alrededores!
