
«Doy la bienvenida de nuevo a Donal Trump como presidente de los EE. UU. y, cuando se equivoque no me dolerán prendas en escribirlo y criticarlo»
Hace ya ocho años, tal día como hoy, pero de 2017, escribía un artículo con motivo de la toma de posesión de Donald J. Trump como cuadragésimo séptimo –47º para víctimas de la LOGSE– presidente de los EE. UU. Esta vez con una mayoría mucho más consistente que la obtenida aquel 8 de noviembre. Y, como es habitual en los Estados Unidos, el día 20 de enero, en esta ocasión tercer lunes de nuestra cada vez más sufrida “cuesta”, se produjo la vuelta a la Casa Blanca del, para no pocos, exótico presidente que -contra muchos pronósticos progres y de una gran mayoría de medios de manipulación masiva– resultó reelegido el primer martes después del primer lunes del pasado mes Noviembre, en este caso, el día 5 de ese mes. Esta vez coincidiendo con la reelección de otro presidente en otra “Casa Blanca”, la de la Avenida de Concha Espina, El artículo en cuestión llevaba un título muy evidente, “Y llegó Donald Trump”, y dejaba en él mis “reflexiones sobre el inesperado –no tanto en esta ocasión, al menos para mí y me consta que para bastantes más– triunfo” del líder republicano. Decía hace siete años que, “en principio, me inclinaba sólo a seguir el comienzo del recuento de votos, para irme a dormir tras ver cómo, también al otro lado del charco, triunfaba –desgraciadamente– el progresismo demócrata –que no democrático, ojo, añado ahora, porque ese partido americano dejó hace años de serlo– de lo ‘políticamente correcto’, que parece haberse extendido como epidemia -tendente a la pandemia- por todo el mundo occidental”. Después, la evolución del recuento –sigo en 2016– fue dando paso a mi curiosidad creciente al ver que, desde el principio, la sensatez del pueblo americano se iba imponiendo a las encuestas y a la gran mayoría de medios de comunicación y tertulias de uno y otro lado del Atlántico, así que me quedé hasta el final y ¡bingo!, ganó Trump. En las pasadas elecciones del 5 de noviembre de 2024, no tuve duda y seguí todo el recuento, como ya decía en que acabó, como todo el mundo sabe, con esa aplastante victoria por mayoría absoluta en todos los frentes, votos electorales, 312 frente a los 226 de su oponente, la muy mala Kamala, 53 de los 100 senadores, 220 frente a 215 asientos en la cámara de representantes, 27 gobernadores por los 23 demócratas y, quizás lo más notable, 77’2 millones de votos populares por los 74’7 de la señora Harris.
Me explicaba entonces –ahora simplemente lo digo, porque así lo pienso–, antes de que algunos me “crucificaran” –algo que ahora me da exactamente igual– por alegrarme de la victoria del “pintoresco” candidato republicano, diciendo que “no es que yo esperase –como ya he dicho sí que lo esperaba en esta ocasión, además de desearlo– la victoria de Trump, pero sí que prefería, de todas, todas, el triunfo republicano sobre el demócrata”. Como decía entonces, estaba más cerca –y lo estoy ahora mucho más–de los principios republicanos que de los demócratas –socialistas, para entendernos– y si apoyaba esa cercanía después de los dos mandatos de Barack Obama y la nada deseable continuidad de sus políticas, como era previsible que hubiera sucedido con la Sra. Clinton, que llegaba con más sombras que luces, sin olvidar las ‘hazañas’ del consorte”, mucho más ahora después de haber visto la nefasta legislatura de Joe Biden. Baste citar su nefasta gestión de la “plandemia” que “se” declaró a principios de 2020, días después de su llegada al despacho oval, cada vez más evidentemente diseñada por esa peligrosa OMS, Organización más “mafiosa” que Mundial y muy poco de la Salud, y el globalismo imperante dirigido desde la Agenda 2030 del wokista Klaus Schwab, el presidente del Foro de Davos en el en los próximos días nuestro presimiente “disertará” sobre sanidad y medio ambiente, dos campos en los que ya ha dejado evidencias de su “experiencia”. Espero que el nuevo Secretario de Sanidad, Robert F. Kennedy Jr., nombrado por Trump, le pida explicaciones de su apoyo a las farmacéuticas que se han hecho más millonarias aún con esas pseudovacunas que impusieron y de las que no se quiere publicar sus consecuencias.
Como en su primera llegada, a Trump se le ha seguido acusando de xenófobo –luchar contra la inmigración ilegal–, nacionalista –hacer USA grande de nuevo– y populista –bajar impuestos– por parte de propios y extraños, entre los que destaca esa pléyade de tertulianos y “periolistas” españoles que aplaudían entonces a Dª Hilaria –virtual vencedora en 2016– y ahora a Dª Kamala –empate técnico con ligera ventaja en 2024–.

Recordemos que el entonces defenestrado –octubre de 2016– en el PSOE, Pedro Sánchez, se fue a Nueva York para apoyarla, apoyó a Harris desde España y ahora se erige en el paladín de la campaña anti-Trump, como acaba de decir. Pero lo que nadie dice es que Donald Trump es, ante todo, un gran empresario que ha llegado a la política después de una exitosa trayectoria en el mundo de los negocios, algo que ya nos gustaría poder decir de alguno de nuestros políticos, no importa el color, que hunden hoy nuestro destino en lugar de impulsar la actividad empresarial.
Me preguntaba entonces por qué esa reticencia y dura crítica, de nuevo, antes de empezar su mandato, a un presidente elegido por la mayoría aplastante que antes citaba, y ahora tengo claro que se debe al miedo que tiene todo ese mundo Woke y ecolojeta que, como nuestro presimiente, ha colonizado instituciones y a buena parte de la sociedad americana. Otra cosa que me sigue llamando la atención es que esa crítica sea muy superior fuera que dentro de los Estados Unidos y particularmente notable en nuestro país. ¿Será que algunos de la progresía europea -y española- temen que se les acabe el chollo? Me parece que algo de eso puede haber.
Llegan de nuevo frases como las que dejó en su primera etapa presidencial: “Mi gobierno estará junto a los católicos, impulsando valores que compartimos como cristianos”, «Los católicos son una parte importante de la historia de Estados Unidos. Estados Unidos se ha fortalecido con católicos que trabajan duro” y su declaración como defensor de la vida: «Soy y seré provida”. Propósitos que abren una buena expectativa y justifican, en mi opinión, el margen de confianza que –con mucho menos– se le dio a su antecesor, que salió por pies de Afganistán y alentó, si no impulsó, los conflictos Ucrania-Rusia, la crisis palestina con Israel y no descarto que haya tenido algo que ver, por acción u omisión con lo sucedido últimamente en Siria. Pero demos tiempo al tiempo, como también pedía hace ocho años, y no olvidemos la campaña anti-Reagan, que resultó ser después uno de los mejores presidentes del Siglo XX, si no el mejor. De momento, apunta bien el equipo que acompaña a Donald Trump, un equipo en el que se combina veteranía y juventud con el denominador común de formación y experiencia, características poco frecuentes en nuestros políticos. Y habrá que ver, entre otras incorporaciones sorpresivas, la labor del multimillonario empresario Elon Musk, dueño entre otras empresas de la red social X, muy criticada desde que la compró por toda la progresía frentepopulista Frankenstein y su rebaño, al frente del Departamento de Eficiencia Gubernamental, algo que aquí ni está ni se le espera.
Mantengo lo que escribía entonces sobre que “puede que el personaje sea algo excéntrico, tal vez vehemente en la forma de expresar sus opiniones y que haya recurrido a fórmulas, tal vez, poco ortodoxas para atraer a un pueblo harto de demagogias, pero, como dijo hace ocho años el Prefecto de la Secretaría de Comunicación de El Vaticano, Darío E. Vigano: “habrá que ver al Donald Trump presidente –en esta nueva etapa, añado– para poder enjuiciar la actuación del nuevo mandatario estadounidense”. Algo que, en nuestra querida España, donde el prejuicio –en los medios y en la calle– y el sectarismo partidista se imponen al interés general y al sentido de Estado, parece imposible. ¿He dicho sentido de Estado? ¿Aquí? ¿En qué estaría yo pensando?”.
Termino con el sentimiento de esperanza con el que terminaba el artículo que citaba al principio de que “la victoria de Donald Trump representa para mí un hilo de esperanza para Occidente, como los que me leen y escuchan saben que vengo repitiendo desde que se acercaban estas elecciones. En mi opinión y con el panorama político actual, creo que se abre una doble pinza, la americana y la occidental. La primera, con un extremo en los USA de Trump y otro en la Argentina de Javier Milei, con apoyo en El Salvador de Nayib Bukele. La segunda, con el mismo extremo americano por un lado y el israelita de Benjamín Netanyahu, sin despreciar la bifurcación rusa de Vladimir Putin, por otro, desde el centro en la Italia de Giorgia Meloni y la Austria de Viktor Orbán, y con la esperanza de que en ese centro geográfico europeo esté pronto la España de Isabel Díaz Ayuso. Mucho más, después de haber conocido la ruptura de la coalición de la “ecowoke veintetreintista” Alemania de Olaf Scholz, antes motor europeo, que se gripó hace años y es hoy motor “eléctrico (verde) alternativo” de la deriva europea con la España de Pedro Sánchez disputándole el primer puesto del retroceso y, añado, la convulsa Francia, sin rumbo fijo en este momento”. En fin, doy la bienvenida de nuevo a Donal Trump como presidente de los EE. UU. y, cuando se equivoque, que puede que suceda en algún momento, no me dolerán prendas en escribirlo y criticarlo. Por ahora que lo dejen ser el presidente de todos los estadounidenses como solía pasar antes en los USA, y luego, ya veremos.

