
“Voy debatiendo con mi mismo, si todo esto es real, si solo es un espejismo. He adivinado los motivos del cambio de estación, y por qué sigo aquí perdido”. (“Cuando se apaga la luz”. Taburete).
De un tiempo a esta parte, en los últimos años, tengo la sensación, extraña y desconcertante, de haber llegado a un lugar al que tenía que llegar, pero no lo sabía. Esa sensación de haberme colado por el ojo de la cerradura, como Alicia, para terminar cayendo a un pozo que, lejos de ser oscuro, conduce a un lugar luminoso, al país de las maravillas.
Ahora que ya he llegado al destino inesperado, me doy cuenta de que, en realidad, llevo años corriendo detrás del Conejo blanco; ese conejo angustioso y angustiado, que corre contra el tiempo mirando su reloj, detrás de sus anteojos, para llegar siempre tarde, donde nunca pasa nada, temiendo las consecuencias de su retraso, sin haberse retrasado.
No es que Alicia en el país de las maravillas sea una de mis obras favoritas. Para ser honesto, creo que ni siquiera la he leído, si bien durante mi infancia vi en varias ocasiones la película de Disney, de dibujos animados, cuando los dibujos eran dibujos y los hacía un dibujante, o varios. No como ahora, que la Inteligencia artificial nos está convirtiendo a todos en imbéciles naturales, en una clara contradicción, en este mundo en el que, el enorme desarrollo propiciado por el hombre, está acabando con la creatividad y la verdadera inteligencia, la que nace de la inquietud y la necesidad de mejora, la que, movida por la inspiración y el talento, nos ha llevado, como un canto de sirena, hasta este abismo sin posible escapatoria.
Volviendo a Alicia, no es de extrañar, si uno lo piensa bien, que su autor, Charles Lutwidge Dodgson, fuera un matemático y lógico, antes que un literato. Quizá por eso, por esa sensación del impostor que tantas veces nos atormenta a los escritores, decidió publicar su obra bajo el pseudónimo de Lewis Carroll. No obstante, esta obra de 1865 se engloba en el género denominado Sinsentido, lo cual no deja de ser contradictorio dado que su autor es matemático.
En cualquier caso, no es la narración en si la que define mi estado actual, mi realidad irreal, sino que, como Alicia, he llegado a un destino que no buscaba, pero que estoy convencido de que me estaba esperando, sometiéndome a la mencionada sensación del impostor que, no obstante, estoy empezando a superar.
Es extraño. Seguro que, en alguna ocasión, se han despertado fuera de casa y les ha costado un rato situarse, con el consiguiente desconcierto. Pues a mí, actualmente, me ocurre a menudo que, cuando me despierto, tengo que repasar lo que hice el día anterior, para poder discernir lo que es real de lo que ha sido un simple sueño.
Puede entenderse bien con un ejemplo. El otro día, por ejemplo, soñé que iba en mi coche, escuchando a Tam Tam Go!, y en el asiento del copiloto iba Nacho Campillo tarareando las canciones. Un sueño surrealista, estoy de acuerdo, hasta que recordé que no, que no había sido un sueño, que era real.
O poder sentar a mi mesa a gente que ha sido mi ídolo, musicalmente hablando, desde que tengo memoria, que ha puesto banda sonora a mi vida y que, por esas cosas raras de la vida, ahora tengo el privilegio de poder llamar amigo, como a mi querido Rafa.
Volviendo a Lewis Carroll, y a su obra, “el único modo de lograr lo imposible, es convenciéndose de que sí es posible”, a pesar de que, en el camino, te puedas encontrar con la Liebre de Marzo, y su inagotable apetito, que trate de devorarte; con el Sombrerero loco, que quiera confundirte con sus acertijos sin solución; con La oruga azul, que te tiente con sus setas alucinógenas; con el Gato de Cheshire, que aparece y desaparece a voluntad y nunca está cuando le buscas, e incluso con la Reina de Corazones, empeñada en dictar las normas y en cortarte la cabeza si no te doblegas. Si, a pesar de todo, logras seguir adelante, aunque nadie crea en ti, salvo tu mismo, quizá algún día llegarás al país de las maravillas.
“¿Podrías decirme, por favor, que camino debo seguir para salir de aquí? – Esto depende en gran parte del sitio al que quieras llegar, Dijo el Gato. No me importa mucho el sitio, respondió Alicia. – Entonces tampoco importa mucho el camino que tomes, le contestó el Gato”.
Y, si lo logras, no dejes que nadie te despierte de ese sueño.

