El día que vimos la Tierra desde la Luna. Por Rodolfo Arévalo

El día que vimos la Tierra desde la Luna.

«Son esos hitos de la historia de la humanidad los que marcan la existencia humana. Todo lo demás, salvo quizás los hijos, está de sobra»

Estaba recordando la época del final de los años sesenta, cuando tenía catorce o quince años; creo que iba a cumplir los quince en noviembre. Ocurrió la noche del 19 al 20 de julio de 1969. Lo recuerdo perfectamente porque el 19 de julio era el cumpleaños de mi padre, quien se quedó hasta las seis de la mañana, hora española, para verlo conmigo. Son de esos hitos de la historia de la humanidad que marcan la vida. Que Neil Armstrong, Buzz Aldrin y Michael Collins alcanzaran el satélite y alunizaran en él fue, para mí, un regalo de cumpleaños, pues siempre me había fascinado el tema de los viajes espaciales.

Estaba con los nervios a flor de piel; era como si el propósito del presidente Kennedy de que la NASA pusiera un par de hombres sobre la Luna fuera obra de todos los seres humanos, yo incluido. El pobre Collins no bajó; tuvo que quedarse orbitando el satélite en espera del regreso de quienes alunizaron. La Luna fue el tema más importante para toda la humanidad hace cincuenta años. De hecho, prácticamente todo habitante de nuestro planeta contuvo la respiración mientras el módulo lunar descendía y transmitía, por una de sus ventanillas, la bajada. Luego, el polvo que levantó la propia nave, el Águila, cubrió con una oscura nube la visión durante los últimos instantes. Después, y tras un tiempo que se hizo eterno, Neil Armstrong dijo:

—Houston, aquí base de la Tranquilidad. El Águila ha alunizado.

Con estas palabras confirmó el éxito de la misión.

Tras esta afirmación, propia de un piloto profesional y como si tal cosa, los dos hombres que habían pilotado el módulo de descenso debían descansar antes de salir de la nave. No obstante, ninguno de los dos astronautas vio motivos para retrasar la salida al exterior y adelantaron en cinco horas el paseo por la superficie del satélite.

Todo el mundo pareció enmudecer a la espera de que el astronauta saliera de la nave. Todos lo vimos bajar por la escalerilla exterior del módulo lunar hasta el último peldaño y, finalmente, poner un pie en la superficie mientras pronunciaba la ya famosa frase:

—Este es un pequeño paso para un hombre, un gran salto para la humanidad.

Luego bajó de la nave Aldrin, y Armstrong le dijo:

—Una vista magnífica ahí fuera.

A lo que Aldrin respondió:

—Magnífica desolación.

Todo lo demás consistió en colocar instrumentos de estudio, clavar la bandera de Estados Unidos y realizar trabajos de recolección de muestras de piedras y polvo lunar.

Hoy día, todo aquello parece una historia antigua, cuando estamos contemplando la posibilidad de viajar a Marte en cinco años, pero, realmente, aquella gesta fue un gran paso para la humanidad. Creo que muchos fuimos conscientes de la pequeñez de los seres humanos y de nuestro planeta en aquel entonces.

Ver la Tierra desde fuera fue darnos cuenta de lo diminuto que es nuestro planeta y de lo insignificantes que somos dentro de la inmensidad del espacio. Todo el acontecimiento, creo, contribuyó a hacerme un poco menos adolescente. Empecé a comprender lo pequeños que somos los seres humanos, incluso nuestro planeta, frente a las enormes distancias de nuestro entorno. Creo que aquel acontecimiento debiera habernos hecho reflexionar a todos acerca de que no deberían existir diferencias entre los seres humanos, ni siquiera entre países, porque la enormidad del espacio que nos rodea debería hacernos sentir la pequeñez de lo humano frente a la inmensidad del cosmos.

Es por razones como estas que, en muchas ocasiones, la estupidez de muchos gobernantes y su vanidad me hacen distanciarme de mi propia especie, de un pensamiento reducidito, como decía Espronceda en la “Canción del pirata”:

«Allá muevan feroz guerra,
ciegos reyes por un palmo más de tierra,
que yo tengo aquí por mío…»

Este planeta, de hecho, es lo único que tenemos; defendámoslo de los descreídos, sinvergüenzas, orgullosos y arrogantes.

Por esto es por lo que empezaba diciendo que recordaba la época del final de los años sesenta, cuando tenía catorce o quince años; creo que iba a cumplir los quince en noviembre. Ocurrió la noche del 19 al 20 de julio de 1969. Lo recuerdo perfectamente porque el 19 de julio era el cumpleaños de mi padre, quien se quedó hasta las seis de la mañana, hora española, para verlo conmigo.

Gracias, papá.

Y ¡pásmese usted! Ha pasado casi toda una vida. Son esos hitos de la historia de la humanidad los que marcan la existencia humana. Todo lo demás, salvo quizás los hijos, está de sobra.

Rodolfo Arévalo

Nací en Marsella ( Francia ) en 1954. Viví en diversos países debido a los destinos que tuvo mi padre ( diplomático ). Estudié en colegios franceses hasta la edad de 12 años. Estudié bachillerato y COU en el colegio Nuestra Señora del Pilar de Madrid. Estudié música en el Real conservatorio de música de Madrid, formé parte y pertenecí a varios grupos musicales entre ellos “ Los Lobos “. Creé varios grupos musicales de Pop Rock. Toco el bajo y compongo canciones, música y letra. Estudié Fotografía general y publicitaria, diplomatura (dos años) de cinematografía e Imagen y sonido equivalente a Técnico Superior de Imagen y Sonido. Soy socio Numerario de la SGAE desde el 1978. Pertenezco a la Academia de Televisión. Soy un gran lector de libros de ensayo, divulgación y de vez en cuando novela. En el año 1985 Ingresé por concurso oposición a TVE. Fui ayudante de realización y realizador. En el año 2009 me pre jubilaron muy a mi pesar. En la actualidad estudio programas de tratamiento de imagen. He escrito varios guiones de cortometraje y realizado el que se llamó “ Incomunicado “, tengo otros en proyecto. Soy muy crítico conmigo mismo y con lo que me rodea. Soy autor de las novelas “El Bosque de Euxido” y "Esclavo Siglo XXI publicadas en Ediciones Atlantis. También me gusta escribir prosa poética. Me he propuesto seguir escribiendo novela.

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