La Parábola del Sembrador. Por Gallego Rey

«La civilización es a los grupos lo que la inteligencia a los individuos. Es una manera de combinar la inteligencia de muchos para lograr una adaptación constante del grupo. La civilización, como la inteligencia, puede cumplir sobradamente, cumplir suficientemente o no cumplir su función adaptativa. Cuando una civilización no cumple su función, debe desintegrarse, a menos que actúen sobre ella fuerzas internas o externas unificadoras».

 La Parábola del Sembrador. Octavia E. Butler

La Parábola del Sembrador.

«Caminamos hacia la esclavitud por la fuerza de voluntad de una mayoría, inclinada a dejarse llevar dónde sea con tal de creer que va motu proprio»

No hay seguridad en la esclavitud. Pero la esclavitud es la única seguridad que nos va quedando a este ritmo de sedimentación de almas inanes, depositadas en urnas cada cierto tiempo, a petición propia.

En La Parábola del Sembrador, la autora plantea una distopía que se desarrolla precisamente en este año 2025, donde la civilización tal y como la conocemos ha «desaparecido», el agua es el bien más preciado y surge el término ciudad-empresa, del cual hablaré a lo largo del artículo.

Es fascinante ver cómo la necesidad de anticipar el futuro y comprender lo desconocido ha sido una constante en la historia de la humanidad, y cómo cada cultura ha desarrollado sus propias formas de adivinación y figuras destacadas en este campo. Por eso, a veces pienso que los autores de ciencia ficción juegan hoy el papel que ejercieron anteriormente los sacerdotes en el antiguo Egipto, los oráculos en la antigua Grecia, los arúspices en la Roma antigua o los chamanes en las culturas indígenas de América, solo que ahora el nivel de acierto de los cienciaficcionarios parece turbarnos por su exactitud con la realidad.

Una explicación para que la ciencia ficción —no toda, evidentemente— sea tan certera a la hora de predecir el futuro —que es la que intuyo correcta—, es la de que, más que adivinar el futuro, los autores juegan con hipótesis de civilizaciones fácilmente realizables por la acción mundana, de modo que quienes gobiernan las usen a su conveniencia a modo de guion a seguir, o libro de instrucciones. Podemos valernos como ejemplo de la propia novela de Octavia E. Butler, escrita en 1993, que tuvo su continuación con el título La Parábola de los Talentos, publicada en 1998. En ella aborda el problema del cambio climático como origen del desmoronamiento de nuestras civilizaciones, aunque no es la cuestión principal que se desarrolla en la novela. Pero sí me sirve para apuntalar mi creencia en que no estamos ante el dilema de qué fue primero, si el huevo o la gallina. Tengo en cuenta para ello que, además de este punto a favor de mi tesis —el del cambio climático—, añado a «mi carrito de la compra» la aparición del término antedicho de la ciudad-empresa, que se parece poderosísimamente al de las ciudades de 15 minutos que ya tenemos encima de la mesa, y que sin pausa y alguna que otra prisa nos están colando.

Me gusta leer historias distópicas. Lo reconozco. Porque en ellas está lo que somos, aunque no lo sepamos o queramos reconocer. Por ejemplo, esta idea de ciudad-empresa que desarrolla Octavia E. Butler, parte de la base de que son los propietarios de una determinada población los que se ponen a disposición de grandes corporaciones, para transferirles toda propiedad; sus bienes inmuebles, terrenos, fábricas, negocios, etc., a cambio de seguridad y trabajo, que se remunera con techo, comida y salarios paupérrimos. Y usted, que me está leyendo, se preguntará a santo de qué viene este desbarre, si parece impensable que esto pueda ocurrir hoy día. ¿Qué tipo de personas podrían acceder a tamaño idiotez? Calma.

Toda obra de ingeniería social puede desarrollarse de dos maneras bien distintas, a saber: lentamente, con pequeños cambios mezclados con otros de mayor calado, implementados mediante iniciativas que primero se lanzan como globos sonda para captar el nivel de rechazo de la población, o por las bravas. Lo ideal para los ingenieros sociales es que sus planes se implementen mediante la primera opción, toda vez que ha quedado demostrado que la segunda salpica de mierda a todo el mundo, incluido a ellos. Así que, podríamos decir que la máxima de todo ingeniero social es la de que toda ingeniería social debe sustentarse en la premisa de la aceptación de la propia sociedad, que será la que termine abrazando, cuando no suplicando, que se imponga el resultado que se espera obtener.

Octavia E. Butler

Creo que Octavia E. Butler ha jugado de algún modo con este concepto, apoyándose más que en sus dotes de predecir el futuro, en el estudio del pasado. Encuentro en el desarrollo de su trama, al menos en lo referente a las citadas ciudades-empresas, el conocimiento sobre los pueblos fabriles de finales del siglo XIX y principios del XX, que fueron un fenómeno importante de la Revolución Industrial. Aquellas fueron comunidades que surgieron y crecieron alrededor de las fábricas, impulsadas por la migración de trabajadores del campo en busca de empleo en las nuevas industrias. No voy a desarrollar en extenso lo que supusieron aquellos pueblos para lo que somos hoy, pero sí que los considero, por cómo se estructura la idea de ciudad de 15 minutos, la base con la que trabajan los ingenieros sociales del presente.

Pero volvamos a la cita inicial del artículo, y más concretamente a este párrafo: «cuando una civilización no cumple su función, debe desintegrarse, a menos que actúen sobre ella fuerzas internas o externas unificadoras». Pero ¿qué función debe cumplir una civilización? Creo que nos olvidamos de contestar a esta pregunta. En mi opinión, la función de la civilización —al menos de acuerdo con mi formación y herencia cultural—, es la de crear un entorno donde las personas puedan desarrollarse plenamente, tanto en el ámbito individual como en el colectivo. Y, si interpreto bien la definición de Octavia E. Butler debo decir que «la civilización es la inteligencia colectiva del total de la suma de individuos que la componen». Entonces, basándome en la subjetividad de esa definición, podemos colegir que hoy en día la civilización no está cumpliendo con su función, pero más por el resultado de una suma de inteligencia insuficiente de sus individuos que por cuestiones exógenas a ella. No hay, pues, una mano negra exterior a la sociedad que la esté corrompiendo. Es la propia civilización —recordemos, la suma de sus individuos— la que se consume a sí misma en una acción de autofagia incontrolada.

Octavia E. Butler juega, como lo hacen todos los creadores de distopías, con la ventaja del conocimiento del pasado y de la condición humana para, más que adivinar el futuro, sentar —sin querer— sus bases. Y digo ventaja porque, nos guste o no, el estado natural de la mayoría de las personas es el de la absoluta ignorancia sobre el pasado. Y que conste que no la acuso de nada, al contrario, su novela y continuación me parecen una obra maestra que nos advierte e invita a luchar por la libertad más que a someternos a un estado civilizatorio que ya no cumple su función. Pero quienes dibujan el presente se valen de estas advertencias para «mejorar su producto», y de la antedicha ignorancia colectiva para tomar atajos y alcanzar antes sus objetivos.

Recordemos que, a finales del siglo XIX y principios del XX la migración de personas desde el campo hacia esos pueblos fabriles ocurrió de manera tramposamente voluntaria, dado que, o se resignaban a quedarse donde estaban a morir de hambre y enfermedades, o cedían a terceros su vida a cambio de la promesa de vivienda, trabajo y salario. La voluntariedad de la acción es algo que han aprendido los diseñadores de sociedades, que se enfrentan a un problema a resolver, a saber: ¿por qué querría una mayoría social abrazar la esclavitud? La respuesta es bien sencilla: induciéndola a ello.

En La parábola del Sembrador, Octavia E. Butler enfrenta a sus protagonistas al mismo dilema que enfrentaron los ciudadanos de finales del siglo XIX y principios del XX: ¿libertad sin esperanza, o servidumbre con un hálito de esperanza? Y para ello las circunstancias económicas y sociales fueron convenientemente ajustadas para la ocasión por quienes ostentaban el poder. Claro que, me diréis, las circunstancias sociales y económicas actuales se parecen a aquellas como un huevo a una castaña. Y es cierto… en parte.

Las circunstancias de abundancia se pueden alterar en relativo poco tiempo, como bien nos ha enseñado la historia. Y como bien podemos ver en ejemplos de actualidad, como Venezuela, país rico hasta la década de los 90’ del siglo pasado y erial en lo social y económico hoy, gracias a los ajustes de los ingenieros de la ideología que más rápido crea miseria. Está demostrado que se puede destruir una sociedad rica en relativo poco tiempo. Basta con que la función civilizatoria deje de cumplir su función adaptativa, no necesariamente de golpe, pero sí sin pausa en el proceso.

Decía Antonio Gramsci, el verdadero gran teórico marxista del siglo XX, acaso por la simplicidad de su discurso, que para lograr una sociedad socialista no habían de imponerla por la fuerza, sino por la voluntariedad de los miembros de la sociedad, y para ello, el trabajo debían dirigirlo a formar individuos socialistas. Simple, fácil de entender y factible con un poco de paciencia y el control de los resortes del Estado. Se empieza pidiendo al Estado que eduque a nuestros hijos y el resto ya está perdido. Solo es cuestión de tiempo que el Estado eduque a esos niños en la medida que en el resto de sus vidas les puedan ser útiles y serviles.

Pero no hay seguridad en la esclavitud. Y aun así caminamos hacia ese estado por la fuerza de voluntad de una mayoría, inclinada a dejarse llevar dónde sea con tal de creer que va motu proprio, sin ser inducida a ello. Se empieza por aceptar pequeñas cadenitas a cambio de «ciertas comodidades», que actúan a modo de enganche a la dependencia del Estado, léase por ejemplo el uso del dinero digital, aceptando a cambio dejar la huella de nuestra actividad cotidiana a poderes que no siempre caminan a la luz de la transparencia. Luego se acepta un relato apocalíptico respecto a nuestra culpabilidad en la transformación del clima, pidiendo que se nos libere de ese mal, y se termina implorando para que nos dejen vivir en colmenas de donde no habremos de movernos, más allá de lo que nos sea permitido en 15 minutos de desplazamiento.

Piénsenlo.

 

 

Gallego Rey

Mis pensamientos son tan fugaces que, a veces, me siento como un pez que sobrevive nadando sin rumbo, siempre a contracorriente. Lo sé porque avanzar me resulta difícil, y porque la memoria de este mundo es tan voluble que, para cuando termine de escribir esto, lo que ahora es cierto quizá ya no lo sea. Por eso guardo muchas de las ideas que cruzan por mi mente, como señales indelebles en el tiempo, con la esperanza de trazar un mapa que dé sentido a esta insensatez de mostrar al mundo mi propia insignificancia.

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