
«La dictadura, la represión, la conspiración contra la libertad de expresión… Todo lo que creía cierto se tambaleaba…»
Pues de esta no me ha hecho falta la venida de Zacarías con las cuartillas de Don Manuel, que me las he traído conmigo, y del juzgado nada menos. Así que, ya repuesto de tanta impresión y sofocos, voy a narrar sin más dilación lo que no encuentro tiempo para dejar por escrito.
Como recordaréis, me hallaba en el despacho de mi socio, con un tapón en sálvese esa parte del cuerpo para no hacérmelo encima del miedo que llevaba, convencido de recibir un duro castigo, y conmigo, mis amados colegas de La Paseata, don Manuel el primero. Pero ¡vive Dios, que esto no me lo esperaba! Donde yo creía que hallaría la dureza de estos tiempos de privaciones de libertad y represión, etc., etc., fuime a encontrar de bruces con el reconocimiento de mi papanatismo. ¡Y a mi edad! Que aún le he de agradecer al mamón de Gallego Rey lo ocurrido, que, si bien todo esto me ha tenido en vilo, también ha servido para que no siga viviendo tan en la inopia de cuanto acontece en mis narices.
—Ventura, amigo mío, me temo que vives en una novela que solo existe en tu cabeza —me dijo el juez y socio mío al ver que no entendía nada de la burla que parecía hacían de mí.
Y a fe que estaba desconcertado. ¿Y quién no lo estaría? Va uno a sabiendas de salir trasquilado y le ofrecen uvas. Creo que se me notaba en la cara que imploraba una explicación. Y fue la subsecretaria del gobernador civil, quien se había mantenido hasta el momento más fría y distante, la que me alejó los cuervos del maizal.
—Señor Ventura, no tiene de qué preocuparse. Ninguno de nosotros tiene nada en contra de usted, y nadie va a ejercer acciones de ninguna índole contra los miembros de La Paseata. Se lo aseguro, aquí no estamos para reprender a nadie.
¿Cómo? La dictadura, la represión, la conspiración contra la libertad de expresión… Todo lo que creía cierto se tambaleaba…
Fue entonces cuando el juez me explicó, con la condescendencia de quien educa a un niño, que en realidad la justicia tenía asuntos de mayor envergadura y que la denuncia del Sotanillas Follamiles no merecía más que un encogimiento de hombros.
—Y además… —dijo sin terminar la frase, cruzando su mirada con la del señor obispo.
—A mí me han hecho ustedes un gran favor —continuó el obispo, encendiéndose un cigarro—. Al Sotanillas ese, mote bien traído, por cierto, lo llevábamos buscando desde hace un tiempo. De hecho, aquí, nuestra amiga —dijo mirando a la subsecretaria del gobernador— estaba muy interesada en encontrarlo por otras cosillas más sórdidas que la de ser blanco de la mofa de un poetilla. Lo que nunca creí es que lo tuviésemos tan a mano, dentro de la casa del Señor.
Y aquí fue cuando mi socio, en un tono más serio, me explicó la situación, que bien quisiera yo referirla entérica, pero he dado mi palabra de aguantar los caballos una semanita, para no fastidiar el carnaval que le estaban preparando al Sotanillas Follamiles. Así que, ni aun en este diario de mis memorias me voy a atrever a romper la palabra dada. Habré de contar lo que ya sé cuando toque, que, por lo que me han asegurado, será pronto.
—No te preocupes por nada —me aconsejó mi socio y juez—. No digas nada de esto de momento, querido socio. Y en cuanto al tema de la publicación de La Paseata…
Chitón, Ventura. Que lo vas a contar y luego todo se sabe. Aguanta una semanita o así, que en boca cerrada no entran moscas.
Cuando salí del juzgado, con la cabeza hecha un bombo, pero más feliz que unas castañuelas, con estas cuartillas bajo el brazo en las que ahora escribo, bien sabe Dios lo que tuve que contenerme para no salir corriendo a casa de Don Manuel Artero y contarle lo ocurrido. Pero en estas que me vino a la memoria que tenía que ajustar ciertas cuentas con mi señora esposa, y además no podía contarle nada sin faltar a mi palabra, así que mis pies volaron para llegar a casa.
—Explícame una cosa, querida. ¿Cómo sabías tú lo del tamaño del miembro del Sotanillas?
Mi esposa dejó de trajinar en el ingenio de fabricar velas y me miró con una mezcla de incredulidad y diversión.
—¡Ay, Ventura! Es que, de verdad…
Me explicó, entre risas, que…
Y es que tampoco puedo contarlo, copón divino. Si es que una cosa, la historia que me ha contado mi mujer, debe ir con la otra, la del carnaval al Sotanillas que le están preparando…
Que te calles, Ventura, que lo vas a soltar y luego ya no tiene gracia.
Para una vez que me sobra papel para escribir lo que me dé la gana y tengo que contener las ganas. Bueno, buena hora es entonces para contar lo del pan que amasamos en casa, en nuestro propio horno. ¡Y tampoco! Ya lo contaré otro día, que no tengo la cabeza para pan ni para hornos.

