«Les feuilles mortes» de Françoise Hardy, para siempre. Por Rafael Gómez de Marcos

«Les feuilles mortes» de Françoise Hardy, para siempre.

«Françoise Hardy es una de las pocas artistas de la época que escribió textos y música, cancioncillas como ella decía»

En uno de sus barrios más elegantes de París vivía Françoise Hardy, una compositora, cantante y escritora que nunca dejó de trabajar desde que en 1962, con solo 18 años, se hizo mundialmente famosa con una sencilla melodía que expresaba el romanticismo y la melancolía de la generación de los años sesenta: “Tous les garçons et les filles”.

 

Alguna emisora de radio puso la canción en una noche en la que Francia decidía en un referéndum convocado por el presidente De Gaulle si la elección para ese cargo de la República se debería hacer por sufragio universal directo o por votación del Parlamento como hasta entonces.

 

Una mujer que encarnó durante los primeros 60’s el ideal de belleza femenina por excelencia. Para algunos de mis compañeros de colegio y para mí lo encarnó a finales de esa década. Durante los años 60 España conoció un crecimiento económico extraordinario que junto con el turismo produjo grandes cambios en la sociedad española favoreciendo también una evolución de las mentalidades. Paralelamente, la eclosión de la música pop y la introducción de las modas extranjeras entre los jóvenes contribuirán a la modernización de la juventud y a difundir una imagen nueva de la “chica moderna”.

 

Fue una de las musas favoritas de Paco Rabanne y encandiló a Mick Jagger, Bob Dylan o Eric Clapton. Es una de las pocas artistas de la época que escribió textos y música, cancioncillas como ella decía, pero cancioncillas que han resistido la prueba del tiempo. Cuando adapto alguna de sus propias canciones al inglés, para conquistar el mercado británico, sembró la semilla, las generaciones de artistas británicos siguientes, como por ejemplo Morrissey de los Smiths, admitió estar obsesionado con sus canciones.

 

David Bowie, por su parte, dijo que la había amado apasionadamente. Los chicos de Blur incluso le pidieron que participara en una de sus creaciones. En 1966, Françoise Hardy participó en el Festival de San Remo, la fiesta italiana imprescindible. Independientemente de la popularidad del artista, este evento requiere fases de eliminación.

 

Adriano Celentano, que presentó “Il raggazzo della vía Gluck”, fue rechazado. Françoise no. Inmediatamente se enamoró de esta canción y, de regreso a París, decidió adaptarla. Sus editores no estaban muy entusiasmados con el proyecto, pero Françoise se resistió una vez más y se convirtió en la magnífica canción “La maison où j’ai grandi”, que fue un gran éxito. Es más, años más tarde, Il raggazzo della via Gluck se convirtió en un título que todos los italianos cantaban a coro en los conciertos del gran Adriano Celentano.

 

Debido a un linfoma, llegaron a diagnosticarle su final. Defendía la eutanasia (su madre recurrió a ella para evitar la agonía que le esperaba) y el aborto y era ecologista. También era exquisita y popular, cercana y misteriosa. Para los jóvenes franceses de los años 60, no hubo mayor símbolo de una belleza inteligente que la Françoise Hardy. France Gall era la ingenuidad; Juliette Gréco, el misterio; y Brigitte Bardot, el erotismo. Su tristeza no era impostada, una madre posesiva y un padre ausente, eran el caldo de cultivo de esa languidez de adolescente que nunca le abandonó.

 

Fue una presencia constante durante cinco décadas. Ella siguió siendo el símbolo de una juventud fugaz, incluso cuando parecía terriblemente demacrada, con los rasgos ahuecados por una larga batalla contra la enfermedad, Su hijo, Thomas Dutronc, anunció la muerte de la cantante el 11 de junio del pasado año, a la edad de 80 años.

 

La estrella de los años yéyé deja algunas obras maestras de la canción francesa. Un icono francés, una voz única con una tranquilidad feroz, Françoise Hardy habrá sacudido a generaciones de franceses para quienes seguirá siendo un ancla en momentos de la vida.

 

En 1945 el compositor franco-húngaro Joseph Kosma, discípulo destacado de Béla Bartók, trazó las líneas maestras de una pieza mítica conocida en Francia con el título de ‘Les feuilles mortes‘. Iluminado con la letra del poeta Jacques Prévert, el tema se convirtió en un clásico de lujo imprescindible en el repertorio de decenas de instrumentistas y vocalistas. Lo que suele denominarse como un estándar , un tema conocido por todos e interpretado por muchos.

 

En Francia la versionaron entre otros, Edith Piaf, Juliette Gréco, Charles Aznavour, Dalida o François Hardy. En el mundo anglosajón, rebautizada como “Autumn leaves”, Sinatra, Doris Day, Barbra Streisand, Nat King cole, Ute Lemper, Chet Baker, Miles Davis, Eric Clapton o Iggy Pop. Pero la versión más famosa, la original, la que sonó en el homenaje a Semprún, es la de su amigo Yves Montand. En la adolescencia ese periodo de tiempos de sueños y esperanzas, esa época en que empezamos a vivir, la edad de aquellos primeros amores que, ingenuamente, creíamos que serían los últimos. nadie me regaló tantos sueños como Françoise Hardy. En esta mañana  quiero que escuchen su versión de «Les feuilles mortes».

Rafael Gómez de Marcos

Enamorado de la vida, reivindico mi infancia, mi verdadera patria, tres pilares, El Capitán Trueno, The Beatles y Joan Manuel Serrat, me fascina la ópera, me encanta bailar bachata y considero que decir cine americano es una redundancia. TVE no vio en mí ningún talento tras más de treinta años de servicios, Talento que me concedió la Academia de las Artes y las Ciencias de la Televisión en reconocimiento a mi trayectoria profesional. Nunca he estado afiliado a ningún sindicato y jamás he militado en ningún partido. Mi cita de bandera es una frase de José Ortega y Gasset: "Ser de la izquierda es, como ser la derecha, una de las infinitas maneras que el hombre puede elegir para ser un imbécil: ambas, en efecto, son formas de la hemiplejía moral".

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