(X) Año 2025. 50 causas: El Trumpazo de Europa. Por Antonio E.

El trumpazo de Europa

«¿Es culpable Ucrania por defenderse con uñas y dientes del agresor ruso? O merece que un tirano arrase su patria, apoyado por un déspota norteamericano»

Ayer lunes 24 de febrero del año 2025, se cumplieron tres años desde que Vladimir Putin ordenara la destrucción sistemática de las principales ciudades e infraestructuras de su vecina Ucrania. La invasión pasó de amenaza, a espantosa realidad.

En aquellas fechas nadie se preguntaba quién era el verdadero culpable de la tragedia, estaba claro, Putin, y su enfermizo plan de volver a crear a golpe de cañón la gran Rusia comunista. Que hoy día, el presidente de la nación más poderosa del mundo, se haya posicionado al lado del invasor, nos dice muy a las claras en qué manos estamos y qué clase de gentuza rige nuestro destino. ¿Se imaginan a Pedro Sánchez en el papel de Volodímir Zelenski? Yo no.

Lo que muchos ignoran, es que la agresión de Rusia a Ucrania no fue algo novedoso, sino todo lo contrario. A lo largo de su extensa historia Rusia nunca tuvo fronteras exteriores asentadas o delimitadas durante mucho tiempo.

Ciñámonos a su historia más inmediata. Tanto la antigua URSS a lo largo de su criminal trayectoria, como la Rusia actual con su vecina Ucrania, siempre empleó el mismo sistema en lo referente a cuestiones territoriales con otras naciones, repúblicas o micro repúblicas, como gusta denominarlas al propio Putin. El sistema es algo burdo, pero tremendamente efectivo.

La debilidad europea es la que ha hecho fuerte a Putin. Hoy día esa Europa ridícula, buenista y acomodada ha vestido de verde idiota sus defensas y sus gobiernos, cayendo en la trampa que desde hace decenios han venido tendiendo los regímenes comunistas ruso, y chino, a los patéticos dirigentes europeos. El dinero compra muchas voluntades, en el caso español hace milagros.

El concepto nazi Lebensraum, válido también para la Rusia de siempre, es exactamente el mismo en ambas épocas:  anexionarse tierras, o naciones, bajo el pretexto de la defensa de ciudadanos afines, o nacionales, cuya pertenencia a una u otra nación está en perpetua discusión. También sirve como método para desmilitarizar los llamados No man´s Land, o tierra de nadie, para inmediatamente después ocuparla militarmente, como propia.

Invadir y arrasar la nación con la que se crea un contencioso pueril cuando no falso, nunca debería ser la única opción, pero para la diplomacia rusa todo movimiento debe pasar irremediablemente por el estruendo de sus cañones.

Si cundiera el ejemplo estaríamos en guerra permanente, pues siempre habría países con más poderío militar para zanjar sus contenciosos con los más débiles a base de cañonazos. Donald Trump acaba de ingresar en ese selecto club de dictadores, donde la razón ha quedado obsoleta, la integridad ha sido pasada por las armas, y los derechos humanos han sido envenenados con Novichok.

La guerra moderna se puede librar desde centenares de kilómetros, miles en el caso de los misiles intercontinentales, y salvo excepciones, a nadie le interesa invadir naciones enteras en las que habría que poner sobre el terreno a centenares de miles de soldados. No se haría cuando los estados mayores pusieran sobre la mesa de sus gobiernos las cifras de muertos que tal acción provocaría. En cambio, sí que lo haría una nación cuyo respeto por los soldados propios deja mucho que desear, como por ejemplo la Rusia de Putin.

La Rusia de Stalin perpetró el Holodomor contra el pueblo ucraniano (1932-1933) entre 2 y 4 millones de ucranianos fueron asesinados por hambre, otros historiadores elevan la cifra a 12 los millones de asesinados. La falta de censos, incendiados por los soviets silenciaron el número exacto de ucranianos muertos tras la hambruna, y las purgas posteriores. Gran ejemplo de civismo y patrioterismo el de la NKVD.

Pero aquello fue solo el principio, estos son los precedentes históricos en los que Rusia intervino después:

Rusia trató de invadir Finlandia, lo hizo el 30 de noviembre de 1939 (la II Guerra Mundial había comenzado tres meses antes). A raíz de la agresión a Finlandia, la Unión Soviética fue expulsada de la Sociedad de Naciones el 14 de diciembre de ese mismo año. El 13 de marzo de 1940 terminó el enfrentamiento con la firma del Tratado de Paz de Moscú. En el tratado Finlandia perdió el 11% de su territorio y el 30% de su economía al estar gran parte de su industria pesada en la zona usurpada por Rusia.

El casus belli ocurrió el 26 de noviembre de 1939 cuando la artillería soviética bombardeó la pequeña población rusa de Mainila, situada al norte de San Petersburgo, culpando obscenamente del ataque al ejército finés. Los hechos fueron contrastados y verificados por la Sociedad de Naciones. El método de falsa bandera lo usó también Adolf Hitler en Gleiwitz para invadir Polonia. Los grandes genocidas usando el mismo método, gran ejemplo para futuros dictadores.

Por entonces Stalin no tenía que rendir cuentas a nadie, ni siquiera de las bajas propias (250.000 muertos) exactamente lo mismo que en el presente hace Vladimir Putin, no dar cuentas de sus muertos, ni a sus propios deudos. De los más de 24.000 finlandeses muertos defendiendo su patria, para qué hablar, sin duda merecieron morir.

Hoy día el temor ha vuelto a Finlandia, visto lo oído y dicho por los exégetas del carnicero moscovita, el pueblo finés deberá rendirse incondicionalmente cuando Putin ponga sus zarpas sobre ellos.

Y ahora surge la misma pregunta ¿Debió ceder Finlandia ante los bolcheviques, para evitar la guerra que no había provocado? Imagino que Donal Trump, si pudiera hacerlo, diría al Mariscal Mannerheim exactamente las mismas lindezas que acaba de decir a Zelenski.

Al término de la II Guerra Mundial la URSS dominó de facto toda la Europa del Este, incluidas varias repúblicas de Europa Oriental. A saber: Armenia, Bielorrusia, Estonia, Kazajistán, Kirguistán, Letonia, Lituania, Moldavia, Tayikistán, Turkmenistán, Uzbekistán, Ucrania, las no reconocidas Nagorno Karabaj, Abjasia, Osetia del Sur, Transnistria, y un largo rosario de micro repúblicas que, aun estando bajo la órbita de la Rusia de los zares, siempre fueron independientes. Lo hizo durante cuatro décadas bajo una amenaza real, el Pacto de Varsovia, y los moradores de la Lubianka.

Desde que Vladimir Putin accedió al poder no tardó mucho en arrebatar territorios a otras naciones, y lo hizo bajo los más variopintos motivos, ninguno plausible ni moral, lo hizo y punto. Además de Donetsk y Lugansk en el este de Ucrania, a partir del año 2000 empezó a anexionarse por la fuerza Transnistria, Osetia del Sur y Abjasia.

En el año 2014 lo hizo con Crimea dejando sembrada la semilla de la agresión a Ucrania, para años después, la añagaza siempre fue la misma. Desde tiempos inmemoriales han existido bolsas de rusos étnicos o rusos parlantes en todas las naciones o regiones próximas a la Rusia actual. Para ello qué mejor método que mover decenas de miles de rusos, deportaciones como castigo, fijando por la fuerza a población rusófila en estados vecinos cuya fragilidad como tales estados se prestan a ello.

El siguiente paso, crear un movimiento de liberación, de claro corte independentista, cebando de armas a los insurgentes que previamente ha alimentado con su pestilente oratoria. Ahora solo falta fabricar la provocación, siempre la misma.

Más tarde al país “invadido” se le acusa de masacrar a los ciudadanos rusófilos que apoyan la secesión armada y, cuando el plato está lo suficientemente cocinado, acuden en ayuda de sus aliados reconociendo inmediatamente su independencia. Las tropas ingresan en la región en socorro de la población rusófila y asunto concluido. La propaganda hace el resto.

Desde el Kremlin ponen una marioneta en el gobierno prorruso, y hasta la próxima vez que el zar rojo pose la vista en otra presa. Al parecer Donal Trump aprueba estas prácticas, porque a estas horas, y dada la complejidad de su personalidad, no sabríamos decir si lo él haría, o no.

El ejemplo de Georgia es el más conocido. Después de disolverse la Unión Soviética en 1991, Osetia del Sur se declaró unida a Osetia del Norte, que había quedado integrada en Rusia. Estados Unidos apoyó al gobierno de Eduard Shevardnadze y Osetia del Sur al de Rusia. El reconocimiento de Osetia del Sur por parte de Rusia se produjo en el año 2008. El resto es historia, otra vez el mismo sistema. Si seguía funcionado, ¿para qué cambiarlo? Por cierto, señor Trump, usted va de farol, o adoptará este sistema con Canadá Panamá y Groenlandia, conviene que se lo aclare a los ciudadanos de aquellos países.

Existe una constante en el devenir de los sucesos protagonizados por Putin: la restauración de la antigua URSS.  Bajo ningún concepto es razonable que, en pleno año 2022, una nación agreda a otra con la impunidad y el descaro que lo está haciendo Putin.

Que es un dictador, nadie lo pone en duda, que es un carnicero tampoco, a excepción de Donald Trump que no ha dudado un solo momento en tachar de dictador al que defiende su patria. Es de suponer que, si Marruecos decide anexionarse Ceuta y Melilla, el Sheriff de Washington diga amén tachando de dictador a Pedro Sánchez. Resultaría grotesco.

Arrasar un país y a su población civil, por muchos lazos que le unan con parte de su población, es un genocidio. Que algunos vean en ello algo épico es deprimente, obsceno, que lo vea la iglesia ortodoxa rusa demuestra en qué manos está. Claro que, si miras a Roma, lo que ves y oyes te mueve a la tristeza más profunda, como tránsito corto a la total indiferencia.

Presidente Trump ¿Qué hay de épico o patriótico bombardear hospitales maternos infantiles? ¿Qué hay de valeroso en reducir a escombros barrios residenciales, asesinando a bombazos un grupo de ciudadanos que guardan cola delante de una panadería? ¿Qué mérito tiene masacrar ancianos, mujeres y niños refugiados en los sótanos de un teatro, arrasar colegios y hasta cementerios como hemos visto en las imágenes de tv? ¿Esta es su doctrina a partir de ahora? ¿A este estercolero ha quedado reducida su, otrora, lucha por la libertad?

No hay nada valeroso en reducir a cenizas ciudades enteras, dejando en la puta calle a millones de personas, hombres, mujeres y niños, robándoles su futuro. No, no hay nada de valeroso ni épico en ello, más bien todo lo contrario. Condenamos esas prácticas cuando los terroristas musulmanes derribaron las torres gemelas, y lo volveríamos a hacer ahora, aunque su presidente no condene otros actos idénticos.

Esta guerra está abriendo los ojos a muchos ciudadanos, ahora sabemos que basura de políticos tenemos y a quienes sirven estos marranos. Retomo el ejemplo español, y pregunto cómo reaccionaríamos si un día Marruecos decide arrebatarnos Ceuta, Melilla y Canarias. Lo que tengo claro es dónde estaríamos muchos y a quienes no quisiéramos tener al lado, esto último va por la izquierda extrema española, y sus aliados preferentes, ETA y demás quincalla nazionalista.

Europa languidecía de auto complacencia, dejando que los Estados Unidos pagasen los gastos militares, en este tema Donald Trump tiene toda la razón. Europa hiede a cadáver, mientras los gusanos de la política arrebañan su carroña. El tema da para mucho más, pero para el que suscribe, simple estudioso de la historia, esto no ha hecho si no empezar.

Hagan una reflexión. La pregunta que subyace es la siguiente ¿Es culpable Ucrania por defenderse con uñas y dientes del agresor ruso? O por el contrario merece que un tirano arrase su patria, apoyado por un déspota norteamericano.

 

Antonio E.

“Lo valioso no es lo conseguido, lo verdaderamente importante es mantenerlo”. Nacido en Valladolid, diplomado en el noble arte de trabajar y doctorando en la disciplina más importante que existe: conseguir ser un buen español. Autor de varios libros, desde siempre me gustó leer la historia de mi país, aprenderla, estudiarla y compartirla. Su desconocimiento nos aboca, irremediablemente, a tropezar en las mismas piedras de siempre. Odio la doblez, la traición, el engaño y la cobardía, rasgos que abundan cada vez más en nuestra sociedad.

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