“Deme dos horas al día de actividad y seguiré las otras veintidos en sueños”
Salvador Dalí

«El mensaje que Dalí quiso transmitir con esta obra era expresar la belleza de la figura de Cristo y no su sufrimiento, al contrario de otros pintores de su generación»
Perteneciente a una familia con buena posición económica y familiarizada con el mundo del arte a través de la familia Pichot, de reconocido prestigio artístico y relacionada con los mejores artistas del momento, el joven Salvador Dalí (1904-1989) ya pinta su primer cuadro a los seis años y muy joven comenzaría su formación artística.
Los diarios juveniles y el propio testimonio de su hermana Ana María nos muestran a un niño con gran sensibilidad y una infancia feliz, a pesar de un episodio dramático en su familia que le marcaría para siempre, la muerte de un hermano mayor que falleció un año antes de su nacimiento al que pusieron el mismo nombre del pintor universalmente conocido.
El hecho de la terrible pérdida se hizo aun más traumático por el comportamiento de los padres del artista que en todo momento lo compararían con el pequeño hermano muerto. En palabras del pintor esta circunstancia supuso un gran desafío para el artista manifestando en cierta ocasión: “ Yo nací doble, con un hermano de más, que tuve que matar para ocupar mi propio lugar…”, lo que explicaría su afán de notoriedad.
Salvador Dalí era consciente de que sus excentricidades y sus exhibiciones poco coherentes procedían de la trágica obsesión de su vida, intentando probar su propia existencia y no la de su hermano. En este sentido, el pintor menciona la leyenda de Cástor y Pólux, conocidos como los Dioscuros (hijos de Zeus) aunque en realidad uno era hijo de Tíndaro, esposo de Leda y otro del citado dios del Olimpo que quedó prendado de la belleza de la mujer y se transformó en cisne dejándola encinta. Leda, que ese mismo día yació con su marido, tuvo dos partos de gemelos, Helena y Pólux y Clitemnestra y Cástor, los dos primeros mortales ya que eran hijos de Tíndaro, rey de Esparta, y los últimos inmortales, hijos de Zeus.
Los dos hermanos se amaban profundamente y tras una batalla en la que Pólux murió, Cástor pidió a Zeus que le otorgara la inmortalidad a cambio de perderla él; así el dios dispuso que cada día los muchachos compartieran la inmortalidad intercambiándose entre el Monte Olimpo y el Hades, algo a lo que ya hace referencia Homero en su obra La Iliada. Zeus los colocó en el Universo en dos constelaciones, Los Gemelos, de tal manera que, cuando aparece una, desaparece la otra. Esta leyenda obsesionó a Dalí incluso en la elección de las formas ovales que utilizaría en sus obras (ya que según la leyenda los gemelos nacieron de un huevo).

Siguiendo brevemente con algunos aspectos de la vida del artista catalán que influirían notablemente en su obra y serán determinante para entender el carácter y comportamiento del pintor, fue crucial la actitud de su padre que se culpabilizaba por la muerte de su primer hijo, considerándose responsable por sus amoríos de juventud y su vida aventurada, de tal manera que inculcó en el joven Salvador el peligro que conllevaba mantener relaciones sexuales con mujeres y los problemas que podían acarrearle las enfermedades venéreas cuyas consecuencias podía contemplar el joven en las ilustraciones de libros de medicina que tenía en casa al alcance de todos.
El propio Dalí atribuía su continuo deseo de masturbarse y su impotencia a este hecho, de ahí su obsesión por las formas flácidas en su obra y llegar a autorretratarse como El gran masturbador.
Se traslada a Madrid con su familia y en 1922 ingresa en la Residencia de Estudiantes donde encontraría a los que serían buenos amigos, el director de cine Luis Buñuel (1900-1983), el escritor y último representante de la Generación del 27 Pepín Bello (1904-2008) y el poeta y dramaturgo Federico García Lorca (1898-1936) con los que compartiría noches de juerga por los locales más elegantes de la capital que el pintor reflejaría en una serie de acuarelas y dibujos muy interesantes, Sueños de cabaret y Noches noctámbulos, en los que aparecen elementos expresionistas, fruto de los ambientes vanguardistas que va frecuentando.
En 1926, tras ser expulsado en dos ocasiones de la Academia de San Fernando vuelve a Cadaqués (Gerona) y es en este periodo cuando sus cuadros marcarán el inicio de la pintura surrealista. Es entonces cuando su amistad con García Lorca se intensifica, aunque tiempo después se enturbiará por las insinuaciones del escritor, lo que se deduce en una carta escrita por Lorca a Dalí en la que el granadino le pide disculpas.
El surrealismo, movimiento artístico surgido tras la Primera Guerra Mundial (1914-1918) en Francia que se puso de manifiesto ante la inquietud de los artistas que buscaban en el inconsciente, en los sueños y en la infancia la fuente del arte y la poesía, en realidad constituía la expresión de su propia alma.
El cortometraje titulado Un perro andaluz dirigida por Luis Buñuel en 1929 supuso el nacimiento del cine surrealista y el ingreso del pintor catalán en el ambiente vanguardista parisino capitaneado por André Breton (1896-1966). El ofrecimiento del director aragonés hizo que Dalí se sintiera tan “autor” de la obra como el propio director al presentar la película unas referencias audiovisuales destacadamente pictóricas y considerarse él mismo el que impulsó a Buñuel a llevar a cabo el proyecto; este asunto enfrió en cierto modo la amistad entre ambos artistas, sin embargo, el estreno de la película en París, supuso para Dalí el contacto con otros pintores e intelectuales surrealistas, entre ellos Paul Éluard (1895-1952), primer marido de Elena Ivanovna Diakonova (1894-1982) la que sería conocida como Gala (llamada así por su marido), indiscutible protagonista de la vida de Salvador Dalí tras conocerse en Cadaqués en 1930, un encuentro que cambiaría el resto de sus vidas.

En estos años el joven Dalí tomó contacto con lo que se conoce como Dadaísmo, que cultivó de manera relevante el poeta Éluard. Este movimiento cultural y artístico, surgido en Zurich (Suiza) en 1916, se caracterizó por el rechazo del arte tal y como se concebía entonces, regido por una serie de normas y etiquetas que algunos artistas y escritores consideraban burgueses y muy elitistas, por tanto, con el afán de destruirlo buscaban el caos y la irracionalidad. Este movimiento influyó de manera considerable en la obra de Salvador Dalí, como se aprecia en su interés por el inconsciente, el mundo de los sueños y el deseo de romper con lo que se suponía era “normal” o “correcto”.
La obra de Dalí es tan extensa, compleja e interesante que no sería posible abordarla en un simple artículo, su gran imaginación, su narcisismo, misticismo y provocación le valieron para convertirse en la gran figura del surrealismo y obtener el reconocimiento internacional.
Una de sus peculiaridades era la actitud que mostraba en público en muchas ocasiones que nada tenía que ver con el Dalí que vivía su vida en intimidad con amigos, sin duda, rasgo éste de su carácter fruto de la excentricidad que tanto le caracterizó.

Una de las obras más icónicas del pintor y sin duda más impactantes es El Cristo de San Juan de la Cruz.
Jesús crucificado ha sido uno de los temas más representados a lo largo de la historia de la pintura religiosa en Occidente, sin embargo, su interpretación ha sido muy diferente dependiendo de las influencias artísticas, el contexto histórico-social y el papel de la Iglesia.
Los primeros cristianos no eran partidarios de la imagen de Jesús en la cruz, ya que la crucifixión era un castigo para delincuentes y malhechores. Como curiosidad, la primera representación conocida hasta el momento es un grafito aparecido en unas excavaciones realizadas en un palacio imperial del Monte Palatino en Roma en el que aparece el dibujo de un hombre crucificado con cabeza de asno; esta representación, que data del siglo II, es simplemente una burla, constatada al leer el texto que lo acompaña: “Alexamenos adora a su Dios”.
A excepción de esta imagen sarcástica, en el siglo V aparece la imagen de un crucificado en un panel de marfil acompañado de otros personajes, y más tarde, también en el siglo V, en la Basílica de Santa Sabina en Roma se representa la escena tallada en madera en una de las puertas del Templo.
En el siguiente periodo, la Alta Edad Media (siglos V-X), las cruces sin la figura de Jesús, se realizan para el culto adornadas con piedras preciosa y ricos metales. No será hasta el siglo XII, más avanzada la Edad Media, cuando se realizan crucificados en los que la figura de Jesús aparece como Dios, lejano al fiel, sin expresión ni movimiento. Es el caso del conocido como la Majestad de Batlló, en madera policromada y en el que Jesús aparece vestido, muy rígido, con gran solemnidad y lejano al fiel, no transmite ninguna emoción.
En el Gótico el cuerpo aparece algo contorneado, ya ha cambiado la expresión, con la cabeza hacia un lado y la influencia de la iconografía bizantina con las imágenes pintadas en los extremos de la cruz, San Juan, María u otras figuras; ejemplos de este periodo los podemos ver en la ciudad de Florencia, el Cristo de Cimabue en la Iglesia de Santa Croce o el de Giotto en Santa María Novella; este último ya presenta algún elemento de la pasión como la sangre que sale del costado y va hacia sus pies llegando a los huesos de Adán que aparece bajo la cruz representando la purificación y el perdón a los hombres.
En el Renacimiento la figura cambia, ya no es Dios, es su Hijo que muere en la Cruz, sufre y entrega su amor por los hombres. Miguel Ángel en un bello dibujo para su muy querida Victoria Colonna (1490-1547) lo presenta con marcada anatomía y más cercano a los fieles, provocando emoción al contemplarlo…
Tras la Reforma de Lutero (1517), vino la Contrarreforma a partir de 1534 y con ella la Iglesia Católica intentó reforzar la fe incentivando las representaciones religiosas. En este periodo, el Barroco, la exageración, el dramatismo y la expresividad serán característicos y estos elementos se plasmarán en las representaciones de Cristo crucificado.
En la obra de Francisco Ribalta (1565-1628) el dramatismo de bajar de la cruz a Cristo muerto hace la escena más sobrecogedora y en la representada por Rubens en las que las figuras, el movimiento y la sensación de caos por lo ocurrido nos muestran una escena típicamente barroca, son claros ejemplos del arte de este periodo.

El excepcional Francisco de Goya (1746-1828) también creará una imagen del crucificado, con influencia del magnífico realizado por Velázquez en 1630 y uno de los más admirados e influyentes en pintores posteriores. Esta influencia se aprecia en el fondo oscuro, la anatomía y la posición de la figura con los pies apoyados; se percibe un Cristo que mira al cielo, transmite su dolor, con la moderación que fija las normas del neoclasicismo. Otra gran obra maestra.
A finales del siglo XIX, aunque no fue un tema muy representado, el impresionismo y otras tendencias dejaron muestras de otros crucificados muy diferentes siguiendo las diversas corrientes del momento; cabe destacar el Cristo Amarillo de Paul Gaugin (1848-1903) o el realizado por el magnífico Joaquín Sorolla (1863-1823) en una época temprana.
En el siglo XX, las nuevas vanguardias influenciadas enormemente por los acontecimientos políticos y sociales plasmarán la rabia, el descontento y la disconformidad, sirva de ejemplo la obra Crucifixión del expresionista alemán Otto Dix (1891-1969), no hacen falta muchas palabras para entenderlo.

Por último y siguiendo la evolución de la representación de Jesús en la Cruz, en países como España o Italia donde la Iglesia Católica ha ejercido siempre mayor influencia, cabe destacar el papel de la escultura teniendo en cuenta la tradición de celebrar la Pasión de Cristo en la Semana Santa, para la que destacados imagineros crearon obras con un profundo realismo; el escultor Mariano Benlliure (1862-1947) y sus tallas para las cofradías malagueñas de la Esperanza y la Expiración o en el siglo XVIII Francisco Salzillo (1707-1783) con varios crucificados como el Cristo de la Agonía de Orihuela, son un claro ejemplo de estas magníficas tallas en madera, parte importante de nuestro patrimonio cultural.
Volviendo a la obra de Dalí, la experiencia mística que vivió San Juan de la Cruz en el siglo XVI en la que vio la imagen de Cristo crucificado y que fue plasmada por el santo en un dibujo, fue lo que inspiró al genio a pintar a Jesús en la Cruz; le impresionó de tal manera que él mismo tuvo un sueño en el que vio a Cristo pero con el paisaje de la localidad donde vivía.
Lo pintó en un periodo místico de su vida, lo que se ha conocido como “misticismo nuclear”, llamado así por la influencia que tuvieron en años posteriores a la Segunda Guerra Mundial (1939-1945) los efectos de la bomba atómica, asunto que llegó a obsesionar a Salvador Dalí y que plasmó en otras obras. En este periodo se acercó al catolicismo y experimentó un periodo más espiritual, pintando varios temas de temática religiosa.

Fue realizado en 1951 durante su estancia en Estados Unidos y según el propio Dalí en un primer momento pensó añadir los atributos de la Pasión, la corona de espinas, los clavos y la sangre colocando claveles rojos sobre las manos y los pies y flores de jazmín en la herida que sufrió por la lanza de Longinos, sin embargo, según sus palabras, tuvo un segundo sueño y cambió su concepción, llegando a afirmar que oía voces que le decían: “¡Dalí, tienes que pintar ese cuadro!”.
Jesús aparece en la parte superior, con fondo oscuro, influencia del espléndido Cristo de Velázquez, cuya reproducción vería el joven Salvador por muchos años en la casa paterna junto al retrato de ese hermano que se fue; esa oscuridad favorece los efectos de luz, magníficamente tratados y aspecto esencial en la visión de la obra, luz que emana desde la propia figura de Cristo iluminando la parte inferior.
La perspectiva que consigue es extraordinaria, está sobre la humanidad, mira hacia abajo, no se ve su rostro, su pelo es corto, lo que permite una mejor visión; sus manos no llevan clavos y no hay sangre, corona de espinas ni cualquier elemento que muestre dolor o sufrimiento, parece estar suspendido. La anatomía de Jesús es perfecta y el impacto de la luz en su cuerpo intensifica la emoción que produce al contemplarlo.
Se encuadra dentro de la corriente llamada en pintura hiperrealista, seguida por muchos pintores a lo largo del siglo XX; Dalí consigue con una pincelada muy fina plasmar los detalles más minuciosos de una manera asombrosa, por otro lado la posición de la cruz y la verticalidad crean una visión en la que la figura parece casi salir de la composición. Es imponente.

Bajo la cruz aparecen tonalidades ocres y marrones que separa la divinidad de la Tierra, dan paso a un cielo azul en un sereno paisaje de la localidad en Cadaqués de Portlligat, lugar donde vivió el pintor, donde aparecen una barca y dos pescadores. Esta apacible visión contribuye al significado de la obra; no es un paisaje oscuro, con fuego o elementos inquietantes, está en calma, es agradable, hermoso.

El mensaje que Dalí quiso transmitir con esta obra era expresar la belleza de la figura de Cristo y no su sufrimiento, al contrario de otros pintores de su generación como Antonio Saura (1930-1998), cuyo Cristo es una expresión de protesta tras los desastres de la guerra y cuya representación provocaba emociones negativas, Dalí pretendía suscitar otro tipo de emociones con su obra al pintar un Cristo hermoso, bello, en sintonía con el Padre, al que encarna. Le interesaba ante todo la belleza metafísica de Jesús, Hijo de Dios.
Sin lugar a dudas es una de las representaciones más bellas de Jesús crucificado, una concepción distinta hasta entonces que nos hace verlo de forma diferente y que no deja indiferente a nadie, de hecho es una de las obras más admiradas de la historia de la pintura.
Realizó otras versiones de Jesús en la cruz en las que incluiría a Gala, como Corpus hypercubus realizada en 1954 y expuesta en el Metropolitan Museun de Nueva York.

Se relacionaría con artistas, intelectuales y millonarios de todo el mundo. Fue admirado y vivió la vida intensamente, como la quiso vivir, sin importarle mucho lo que pensaran los demás porque se amaba a sí mismo y lo afirmaba sin reparos.
Su rivalidad con Pablo Picasso (1881-1973) queda patente en una de sus célebres frases: “ Solo hay dos cosas malas que pueden pasarte en la vida: ser Pablo Picassso o no ser Salvador Dalí”.
En cuanto a la que sería una persona fundamental en su vida, una infancia infeliz y el hecho de ser hija ilegítima, marcarían para siempre la personalidad retraída, independiente y con cierta inestabilidad emocional de Gala. Fue la musa del pintor, su compañera, su amante y su gran apoyo; colaboró con él en su obra llegando incluso a firmar algunos cuadros como Gala-Dalí. A ella se refería el pintor como “su salvadora de una muerte temprana y de la locura.” El pintor sentía un amor profundo por ella, con quien superó sus problemas con la sexualidad y gozó de los placeres del erotismo. Tras su encuentro en Cadaqués no se separarán hasta la muerte de ella en 1982.
Dalí murió en su casa siete años después de la muerte de su amada, su inspiración, su compañera, su más fiel asesora que caminó a su lado con un profundo amor; su muerte le afectó profundamente.
Gran conocedor de la historia del arte, grandes dotes como pintor y un apasionado intelecto llamado Salvador Dalí. Un niño aplicado, sensible e interesado por el arte que a sus dieciséis años escribió en uno de sus diarios que se veía a sí mismo como un gran genio que tarde o temprano el mundo entero terminará por reconocer. No se equivocaba.

