Bienvenidos a la URSE. Por Gallego Rey

NOTAS PRELIMINARES DEL AUTOR:

  1. Aunque la publicación de este artículo coincide en el tiempo con los hechos históricos que estamos presenciando respecto de la guerra de Ucrania, no era ni es mi intención aprovecharme de ello para opinar sobre lo que considero el gran fraude de la mal llamada Unión Europea. Este artículo puede entenderse como apéndice o continuación de los publicados anteriormente en La Paseata, bajo el epígrafe de «Reflexiones sobre la servidumbre voluntaria».
  2. No me gusta escribir al calor de los acontecimientos, sobre todo cuando el tema a tratar es tan complejo que requiere un estudio en profundidad y la escucha y comprensión de muchas voces implicadas y/o autorizadas, porque hacerlo implica arrogarme la soberbia de creer que sé de lo que estoy hablando, y que cuanto diga es de sumo interés para los demás, cuando lo habitual es que al día siguiente, cuando no pasadas un par de horas, todos estos finos análisis de pacharán en mano, palillo en la boca y la boina bien enroscada no le interesen a nadie, salvo a los compadres que se acodan con uno en esta enorme barra de bar que se ha convertido Internet.
  3. Para ser un buen europeísta, o hacerme pasar por ello, tendría que titular este artículo en inglés, of course: «Welcome to the USRE: Union of Socialist Republics of Europe». No me da la gana.
Bienvenidos a la URSE

«Las Atlántidas son las culturas sumergidas o evaporadas. Ellas representan el fenómeno más sorprendente de la historia. Hace un siglo, nadie hubiese aceptado seriamente la posibilidad de que los pueblos en un tiempo poderosos, creadores de culturas complejas, causantes de grandes acciones y reacciones históricas, hubiesen llegado a borrarse de la memoria humana, a desvanecerse como fantasmas y vagos espectros».

José Ortega y Gasset, Las Atlántidas.

«Cuando hablo de la Unión Europea lo hago sabiendo que son unas siglas, y que detrás se esconden unos pocos, que nos gobiernan al resto»

Lo que hoy conocemos como la Unión Europea es la deformación de una idea planteada como solución a las guerras entre los pueblos europeos. El asunto estaba claro: después de siglos de inquinas y belicismo, culminados en las dos guerras mundiales que, sobre todo, fueron pasto de destrucción de Europa, urgía encontrar la forma en que unos y otros pudieran convivir en paz y cierta armonía, y de ello surgió la Comunidad Europea del Carbón y del Acero (CECA), creada en 1951 por el Tratado de París, con el objetivo de unificar la producción de estos recursos estratégicos entre Alemania, Francia, Italia, Bélgica, Países Bajos y Luxemburgo. El argumento era que, al poner bajo una administración común estos dos recursos clave para la industria y la guerra, se «garantizaba» que ninguna nación pudiera utilizarlos para rearmarse en secreto, aunque el paso decisivo hacia un Mercado Común se da con la firma del Tratado de Roma en 1957, que establece la Comunidad Económica Europea (CEE), cuyo propósito era la eliminación de barreras comerciales y la libre circulación de bienes, personas, servicios y capitales entre los países miembros. Este tratado marca el verdadero nacimiento del Mercado Común Europeo como concepto práctico, que habría de eliminar definitivamente el objetivo perverso de querer apoderarse de los recursos de los países vecinos por la fuerza, dado que no habría necesidad para ello.

Podemos afirmar, pues, sin ánimo de equivocarnos, que el interés comercial y la búsqueda de la paz eran el leitmotiv de ese Mercado Común que se ha ido incrementando en cuanto a número de socios, y cuya metamorfosis en todo lo contrario de lo que tendría que ser lo podemos observar hoy en su fase final. En este sentido, el de la búsqueda de un sistema que suprimiese la guerra entre europeos, escribía Stefan Zweig lo siguiente en La unión de Europa. Un discurso:

«A nosotros, a quienes nos hemos reunido aquí en torno a una idea, no nos hace falta ya —al menos es ese mi sentir— discutir sobre la imperiosa necesidad y la lógica de esa idea nuestra: sería tiempo perdido. Todo destacado estadista, científico, artista o intelectual coincide desde hace ya bastante tiempo en que solo un vínculo más estrecho de todas las naciones puede dar lugar a una estructura supranacional capaz de dar alivio a las dificultades económicas y de suprimir las posibilidades de guerra, así como las preocupaciones derivadas de la inminencia de un conflicto bélico, un conflicto que es, a su vez, una de las causas de la crisis económica, por lo que nuestra tarea real tendría que consistir en sacar nuestra idea de la infructuosa esfera del debate para llevarla al plano creativo de los hechos».

Stefan Zweig escribió este discurso oteando en un horizonte cercano lo que habría de venir en la Segunda Guerra Mundial. Pero, aun reconociéndole una buena voluntad —que se la pudo ahorrar—, en su escrito, sin darse cuenta, anidaba la víbora que es hoy la Unión de Repúblicas Socialistas de Europa, mal llamada Unión Europea. Y esto podemos colegirlo al comparar lo que tenemos con lo que se supone que deberíamos tener. Centrémonos, pues, en este discurso de Zweig —fruto de ese idealismo germano que es una mezcla de estupidez, impotencia histórica y maldad— para llegar al fondo del pozo. Para el austriaco, el problema de aquella Europa —y de Europa— eran los nacionalismos, contra los que había que actuar para su neutralización. Y, ciertamente, no erraba en su diagnóstico, pero sí en la prescripción del tratamiento para llegar a ese objetivo de anular los dichos nacionalismos europeos. Para Zweig, solo mediante un sentimiento patriótico europeo podríamos equilibrarnos los unos a los otros —nacionalismos—, al vernos todos hermanados en una gran patria común llamada Europa. En este sentido, se quejaba de la falta de este sentimiento en el ciudadano común: «La idea de Europa no es, como el sentimiento patriótico, un sentimiento primario, no se parece en nada al sentimiento surgido de saberse parte de un pueblo determinado; no es algo que nazca de un instinto ancestral, sino a lo que se llega gracias a una conclusión, no es producto de la pasión espontánea, sino el fruto de la lenta floración de un modo de pensar más avanzado».

Resumiendo: que la pulsión natural de la plebe era —y es— la de sentirse afín a su terruño, que siempre es un espacio mental menor que el concebido para esa gran patria europea, a la que hay que llegar mediante un pensamiento avanzado: «La idea europea carece totalmente, en primer lugar, de ese instinto apasionado tan propio del sentimiento patriótico, de modo que el sacroegoísmo nacionalista seguirá siendo para el hombre medio algo más palpable que el sacroaltruismo del sentimiento europeísta». A mí esto me suena a «no tendrás nada y serás feliz», broma mediante.

Decía antes que la idea de la Unión Europea en su génesis es un ideal de libre comercio, o sea, de paz. Y en ningún momento —antes, en su inicio, luego en su desarrollo y hoy en su apogeo— se había puesto encima de la mesa la acción de transmutar ese libre comercio —entre pares— en subordinación a un gobierno centralizado y todopoderoso. Ni siquiera podemos escudarnos en que un miembro de este club haya roto las reglas del juego para erigirse Primus inter pares, dado que, mutatis mutandis, se ha impuesto un nuevo orden basado en la imposición de esa patria europea, de la cual todos nos hemos visto hijos sin padre ni madre. Un nuevo orden al que no hemos llegado «fruto de la lenta floración de un modo de pensar más avanzado», sino porque nos hemos dejado llevar al matadero.

Así, hoy tenemos un organismo que no es supranacional, sino un todo absoluto en sus términos. Y su objetivo no es la paz ni la libre circulación de mercancías y personas dentro de su territorio, sino el de mantenerse en el poder y acrecentarlo, ensanchando sus fronteras impúdicamente si es necesario; adviértase de ejemplo con qué ahínco se esmera en que continúe la guerra en Ucrania, por lo mismo que le interesa a Trump que termine y a Rusia el haberla iniciado: para depredar sus recursos.

Aquel viejo sueño, esa aspiración de conseguir una Europa unida bajo unos principios que se parecen rigurosamente a los que mantienen unida y funcionando a la República Helvética, esto es: libertad de cada uno para ordenar su casa, pero unión entre todos para ser más fuertes, sin que nadie alce su voz más alto que la de sus vecinos, se ha convertido en el sueño húmedo de la vieja escuela comunista de Lenin, Stalin y compañía, plasmado en aquella Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, tan buena para sus ciudadanos que tuvieron que levantar muros en sus fronteras para que ninguno escapase de tan fabulosa creación.

Hoy, sin necesidad de ser un clarividente, se puede decir que la vieja Europa es la Unión de Repúblicas Socialistas de Europa; un cerco que se va cerrando en torno a la ciudadanía, dejando dentro a quienes no puedan poner pies en polvorosa.

«Evitemos, pues, el suplantar con “nuestro mundo” el de los demás. Otra cosa lleva irremediablemente a la incomprensión del prójimo».

José Ortega y Gasset.

¿Y por qué cito a Ortega y Gasset? Porque nuestro filósofo, aunque afectado por el idealismo alemán en su juventud, con los años y la influencia de la Generación del 98, Baroja y Unamuno especialmente, fue reconduciendo su pensamiento hacia un lugar más lúcido, extramuros de ese idealismo alemán y céntrico con la realidad histórica, que en Las Atlántidas la describe como «etnológica».

Para Ortega, cito: «La ciencia histórica se da ahora cuenta de que tiene que volver a empezar. Había dejado a su espalda, sin resolver, una cuestión previa, a saber: ¿cuál es el objeto histórico? Porque un uso o una creencia religiosa, una fórmula jurídica o un modo de edificar no son propiamente objetos históricos, como no lo son el asesinato de César o la partida de las carabelas colombinas. Todas esas cosas son solo trozos, fragmentos de un objeto histórico, y es inútil buscar en ellos su ley, como sería inútil buscar el sentido de una palabra en un lenguaje desconocido».

Y esto, ¿qué luz nos arroja en todo este asunto de la falsa Unión Europea? Recordemos que la Unión Europea deviene de la necesidad de solucionar un problema que jugaría erróneamente el papel de objeto histórico —las guerras intestinas entre estados europeos—, pero que, al ser abordado en base a trozos, fragmentos del verdadero objeto histórico, nos arroja una solución al problema que no puede ser más que transitoria, en el mejor de los casos. Recordemos: «la Comunidad Europea del Carbón y del Acero (CECA), creada en 1951 por el Tratado de París, con el objetivo de unificar la producción de estos recursos estratégicos entre Alemania, Francia, Italia, Bélgica, Países Bajos y Luxemburgo. El argumento era que, al poner bajo una administración común estos dos recursos clave para la industria y la guerra, se “garantizaba” que ninguna nación pudiera utilizarlos para rearmarse en secreto».

La Unión Europea nace, o se desarrolla, de un apaño temporal a un problema grave, pero particular, que a su vez no deja de ser un episodio más en la dilatada historia bélica del continente. Un apaño bienintencionado, no lo dudo. Pero apaño, que se vale —sus ideólogos, se entiende— de las ideas europeístas de Stefan Zweig y otros pensadores de su tiempo, y aquí sigo citando La unión de Europa. Un discurso: «Para que nuestra idea tenga auténtica efectividad tendríamos que sacarla de la esfera esotérica de la discusión intelectual y emplear todas nuestras fuerzas para hacerla visible y comprensible para unos círculos más amplios. Y para ese propósito la palabra no basta, así que tengamos conciencia de ello: tenemos que invertir todas las fuerzas de agitación de la época y orientar todos nuestros empeños hacia los modos de hacer visible nuestra idea también para las grandes masas».

Zweig hablaba, eso sí, de usar métodos pacíficos, pero encaminados, y aquí está el quid de la cuestión, a crear un nuevo nacionalismo, el europeo: «Aprendamos de ello una cosa: que la masa se siente visible y se evidencia como masa». Y añadía: «Lo trágico de la idea europea reside en que, por naturaleza, no tiene ningún centro estable y bien cimentado».

Stefan Zweig estaba escribiendo, sin saberlo, la constitución ideológica de un monstruo. La Unión Europea representa hoy ese afán centralizador, que por fuerza es y tiene que ser excluyente con la idea de la Europa de los pueblos que tanto nos vendieron. ¿Cómo va a ser la Europa de los pueblos el ente que aspira a centralizar todo el poder en él mismo? A este ente solo le queda, para lograr su aspiración, convertir los pueblos en «el pueblo», en su pueblo. Pero esto choca con el horizonte histórico del que hablaba Ortega y Gasset:

«El horizonte histórico de Europa se ha ampliado súbitamente y en proporciones gigantescas. Yo considero que este hecho es de una importancia incalculable, y errará en sus previsiones sobre el futuro de los pueblos occidentales todo el que no acierte a atribuirle su debido rango. Pocas peripecias más graves pueden acontecer que una mudanza de su horizonte. Esta línea lejana, y, en apariencia, inerte, que circunscribe la existencia del hombre, es uno de los máximos agentes del proceso histórico».

Y, ¿cuál es el horizonte histórico de la Unión Europea? ¿Coincide con el horizonte histórico de Europa? A la segunda pregunta, la respuesta es no. A la primera, me inclino por pensar que el horizonte histórico de la Unión Europea es estrecho de miras, pero infinito en aspiraciones. Pero cuando hablo de la Unión Europea lo hago sabiendo que son unas siglas, y que detrás se esconden unos pocos, que nos gobiernan al resto. Y que el problema que tenemos los ciudadanos europeos no adscritos al régimen es que la Unión Europea, como razón de ser, no tiene razón de ser. La Europa de los pueblos, el mercado común, fue la excusa. Pero si el leitmotiv de ese mercado común era el interés comercial y la paz, hoy esas aspiraciones son enemigas de la realidad y de las personas libres. 

Bienvenidos a la URSE.

PD: Este tema necesita de un tratamiento en extenso. Pero al ser este formato el de artículo de opinión, no creo que volcar aquí un texto de una extensión mayor sea lo adecuado.

Gallego Rey

Mis pensamientos son tan fugaces que, a veces, me siento como un pez que sobrevive nadando sin rumbo, siempre a contracorriente. Lo sé porque avanzar me resulta difícil, y porque la memoria de este mundo es tan voluble que, para cuando termine de escribir esto, lo que ahora es cierto quizá ya no lo sea. Por eso guardo muchas de las ideas que cruzan por mi mente, como señales indelebles en el tiempo, con la esperanza de trazar un mapa que dé sentido a esta insensatez de mostrar al mundo mi propia insignificancia.

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