El hombre del cartapacio. Por Diego Pardos 

(Advertencia para mamás, papás y señoritas: En aquella lejana infancia los custodios de la moral pública señalaban con dos rombos en la pantalla de nuestros televisores los programas subidos de tono que los niños no debíamos ver. Yo le he rogado al director de La Paseata que pinte los tales rombos, pues esta que sigue es una historia de furcias, con perdón; o si ustedes lo prefieren, de mujeres de vida alegre, pelandruscas, cortesanas, piculinas, meretrices o pilinguis, que de estos y otros modos se les da nombre; y el que avisa no es traidor.) 

El hombre del cartapacio.

«En esta ocasión llevaba además un paquete envuelto en papel de regalo y adornado con un lacito rosa»

El hombre del cartapacio aparcaba su Seat Supermirafiori CLX 2000 de color azul marino en la plaza del Ayuntamiento. Llegaba siempre a primeros de mes y al principio se pensó en alguien importante venido de la capital, aunque el pueblo era también capital del Ente Autónomo correspondiente. Parecía un subinspector de Hacienda o un diputado de los de antes, tan elegante él y bien vestido. Porque Aniceto Bermúdez era un señor muy atractivo, y muy atento, y muy limpio; o esa fama tenía al menos en la pensión madrileña donde no paraba nada más que para cenar y dormir. 

Desde la plaza se dirigía invariablemente con su carpeta a la calle del Palo. En esta ocasión llevaba además un paquete envuelto en papel de regalo y adornado con un lacito rosa. El hecho, insólito, hizo que algunos parroquianos del casino salieran a curiosear intrigados, haciendo aspavientos y guiñándose el ojo los unos a los otros, cómicamente. 

-Pues sí que le ha dado fuerte al galán. Se dice que siempre con la Eulalia –comentó el fontanero, sin quitarse el puro de la boca. 

-Buena moza, y discreta. Vamos, según dicen, que uno… -informó el cartero. 

Porque Aniceto Bermúdez iba, lo habrán adivinado, a la casa pública, que no es lo mismo que la “Casa del Pueblo” (es decir, y entiéndaseme bien, al único lupanar o meublé que había en la localidad), la casa de la Puri. 

Abrió ella misma con gran placer, pues le agradaba mucho el buen mozo, resignada a una clientela más rústica y ruda. Como el paquete era muy llamativo había tenido Aniceto el detalle de comprar una bolsita de caramelos de violeta para doña Purificación, que le hizo pasar al salón y le invitó a un coñac. Sonaba una chanson de Charles Aznavour y la tarde era nerviosa. 

-Enseguida sale la Eulalia; se ha ocupado a última hora con un viajante de piensos, querido. Si una llega a saber… 

-Nada, nada, doña Puri, no hay prisa. 

(Supongo que recordarán ustedes lo de los dos rombos, porque yo sigo.) 

Y no se estaba mal allí, no. El coñac era de una botella especial, también francesa, como la música. Todo lo de allí era muy francés y muy distinguido. No debía de serlo un aldeano de cara colorada que bebía una copita de chinchón y le daba vueltas a la boina que tenía entre manos: 

-Para levantar el ánimo, ¿sabe usté? Es que un servidor tiene poca costumbre. 

-Hombre, pues como uno. No vayamos a pensar mal… se trata de un puro trámite. 

-Ya me imagino -continuó el paleto-, si es de ver: con la facha suya tendrá usté las chavalas a docenas, como los huevos, sí señor; y usté dispense. 

En esta conversación estaban, cuando aparecieron la Edurne y la Visita luciendo pierna, muslo y sostén para que el del chinchón pudiera elegir. 

-Las dos a la vez, que pa un día al mes que vengo… 

Y desaparecieron detrás de unas cortinas carmesí, entre risas y azotes (cariñosos, se entiende). 

Poco tuvo que esperar Aniceto, pues doña Trinidad salió apremiándole: 

-Ya puede usted pasar, la última a la izquierda. Ande, ande, pues ya estará impaciente, que ustedes los jóvenes son muy fogosos. 

Mientras, la mujer del alcalde platicaba con la sacristana tomando chocolate con churros en La Pasión, un salón como el Embassy, a lo serrano: “Pues como te decía, Begoñita, esto ya es un pozo de vicio. Que hasta el cura -que es volteriano- está por perder la paciencia”. 

-Y que lo digas, Eugenia, con Franco no pasaba esto. 

-Ni siquiera con Suárez. ¿Tú te acuerdas lo guapo que era? 

-¡Por Dios, Begoña! 

La habitación, a media luz, tenía la ventana entornada. Eulalia se había rociado de perfume caro -francés, naturalmente- y estaba sentada en la cama con un camisón transparente y provocativo. Bermúdez se aflojó la corbata y puso la chaqueta en una silla. Se inclinó hacia la muchacha rozando con sus labios la mejilla y echando un vistazo aprobatorio al busto abultado e incitante, que palpitaba en estéreo. 

Aniceto acercó el regalo, que la bella abrió con entusiasmo: 

-¡Oh!, una licuadora automática. ¡Qué detalle, chico! Anda, dame otro beso… 

-Dos velocidades, modo verdura y fruta, autolavable. Es un obsequio de nuestra Compañía de Seguros “El Descanso”, que es la suya, al cumplir el primer año como cliente. 

La muchacha miraba con interés el electrodoméstico. Al mismo tiempo, Aniceto Bermúdez sacaba del cartapacio unos albaranes y procedía a cobrar el recibo del mes, extendiéndole el resguardo a doña Eulalia Camoiras Manteca, asegurada nº 72669 de la póliza de Vida y Decesos (valga la contradicción). 

Porque Aniceto Bermúdez era un agente de seguros eficiente, que cumplía meticulosamente con su deber, visitando a los clientes para mayor comodidad en su propio domicilio, y si era necesario en su puesto de trabajo. 

Pues de trabajar se trataba. ¿O qué creían ustedes? 

 

Diego Pardos

Soy un hombre del franquismo, pues nací en Daroca en 1974. Pasé mi infancia en un lugar de la Celtiberia llamado Used y acudí a clases de bachillerato en Teruel, como Antonio Mingote (con resultados notoriamente distintos). En dos ocasiones gané (ex aequo) el Concurso de cuentos infantiles “Tertulia Goya” de Santander (años 2011 y 2015) y escribí la novela Las autonomuchas. El discreto exilio de Fernando Vizcaíno Casas (SND Editores, Madrid, 2018), con prólogo de Eduardo Vizcaíno de Sas. Y una segunda parte, en edición no venal. No contento con ello también colaboré en el periódico satírico La Gallina Ilustrada (2019-2020). Escribo, algunas veces, en el Diario de Teruel.

Artículos recomendados

Deja un comentario