
«Sí, mi incombustible presidente, dice el secretario del presidente de Reptilolandia que describo en mi novela Diario de Alto Secreto, bajo secreto»
El secretario del presidente del gobierno, Macrium, entró en el despacho, por supuesto después de llamar a la puerta y pedir permiso. Luego se acercó a la impresionante, por su tamaño, mesa de despacho. Se detuvo ante ella. El presidente, con parsimonia, preguntó:
—¿Llegó ya nuestro invitado?
—Sí, mi “incombustible” presidente. Todo ha salido a la perfección.
—Gracias, Antolín. Si no tienes nada para mí, puedes retirarte.
El secretario era de Reptilolandia, una lagartija joven, simpática y bromista, que gustaba de romper su cola ante los parlamentarios de la Unión, creando gran confusión, para luego, ante el regocijo de todos, volver a reponerla de la nada. Este espectáculo, más que un juego floral ante los parlamentarios, era un truco para poder salir del lugar a la mayor brevedad posible. Ya en la antesala del despacho presidencial, Macrium se sentó y le preguntó al secretario del presidente si el calificativo de “incombustible” era solo una suposición o algo real. La respuesta del secretario fue escueta:
—Afortunadamente, nadie ha intentado quemarlo. Ya está bastante quemado por sí mismo.
Esta respuesta no gustó en absoluto a Macrium, que inmediatamente pidió que el secretario fuera relevado. En su lugar, se propuso a sí mismo. Estar cerca del poder suministra información importante. Desde aquel lugar era fácil pasar a ser embajador, no de carrera, sino a dedo; era algo lógico. Pediría al presidente ser nombrado alto cargo ante la Federación de las Comunidades que integraban el país. Esa tarde salió a pasear; no es que cogiera su caballo una tarde de mayo para hacerlo, simplemente lo hizo, así, de bote pronto. Como es habitual en estos casos, le acompañaba un coro de pelotas que le hacían la ola. Las pelotas no eran de tenis, ni de fútbol, ni de nada que se parezca a un deporte; solo eran los típicos pelotas de oficina de toda la vida. Estos, que actualmente ejercían de pelotaris, evidentemente querían pillar cacho en el partido o en el gobierno; era lo suyo. Entonaban los “sobalomos”, voces monofónicas de asentimiento becerril; lo hacían por no dar el cante, pues no daban para más polifonías, según dijo un director de coro que pasaba por allí. Luego, en vez de enderezar las cosas, decidió irse al primer desafinado. Vamos, que veía en todos, el director, a unos mamones; ni más ni menos lo que eran, mamíferos. Curiosamente, cuando estaban todos mamando, la gran teta desapareció; nadie supo nunca a dónde se fue. Según testigos de la desaparición, siempre hay tontos para todo, incluso lo más absurdo, esta se produjo de manera paulatina; no en El Paular, sino sucesivamente. Fue algo parecido a borrarse del ajetreo social, lentamente, sin muchas alharacas, pero sí con mugidos. Con cada uno de ellos, el coro “politiquero”, pues estaba claro que no era celestial, desplazaba una ola de aire que parecía peinar a cualquier hijo de vecino, aunque estuviera calvo. Al principio del ¡acto político! ¡Mira que son guarros! ¡Eso se hace en privado! Macrium no notaba ninguna intención rara en todo aquello que ocurría, pero como por la boca muere el pez, continuó sin abrir la suya para nada.
Todo esto que había ido sucediendo por la tarde no fue relatado por Macrium hasta bien entrada la mañana siguiente, pero esa es otra historia que, si es posible, contaré otro día. Y es por todo esto por lo que comenzaba diciendo que en mi novela “Diario de Alto Secreto, bajo secreto” el secretario del presidente del gobierno, Macrium, entró en el despacho, por supuesto después de llamar a la puerta y pedir permiso. Luego se acercó a la impresionante, por su tamaño, mesa de despacho y se detuvo ante ella. El presidente, con parsimonia, preguntó:
—¿Llegó ya nuestro invitado?
—Sí, mi “incombustible” presidente. Todo ha salido a la perfección.
—Gracias, Antolín. Si no tienes nada para mí, puedes retirarte.

