
«Como en La historia interminable de Michael Ende, me amenaza, nos amenaza la Nada, ese fenómeno misterioso que devora y desintegra todo a su paso, dejando solo vacío absoluto»
Buena parte de mis preocupaciones cotidianas tiene su origen en el empeño que pongo en sentirme abrumado por los estímulos que recibo al consumir contenido en las redes sociales. Y es que, desde que abandono los brazos de Morfeo, me domina la pulsión por saber de todos ustedes: famosos, conocidos y desconocidos. Abro los ojos a un nuevo día y, aun sin haber puesto un pie fuera de la cama, ya estoy escudriñando X, Facebook, Threads, Instagram, etc. Normal que me ocurra lo que a Estanislao Figueras y esté «hasta los cojones de todos nosotros».
Pero he decidido poner coto a este sinvivir. Sí, señores y señoras, me voy a desintoxicar de las redes sociales y mandarlos a tomar viento a todos ustedes y a mi yo artificial. De hecho, hace una semana que estoy en ello.
—Hola, me llamo Gallego Rey y soy un exadicto a las redes sociales.
Este 31 de marzo se cumplirán 26 años del estreno de la famosa película The Matrix, que me sirve de hilo conductor para seguir desarrollando la breve homilía de hoy. Verán, más allá de todo lo escrito y dicho sobre esa película, a mí me sirvió para entender que los seres humanos somos células de energía destinadas a abastecer a un organismo superior, del cual no formamos parte, como no forma parte de la vaca la hierba de la que se alimenta. Células prescindibles e insignificantes, cuya unicidad es un atributo que nos ha sido conferido a mala baba. Si existe un Dios creador del hombre, se habrá quedado a gusto. Aunque, por otra parte, quiero creer que es precisamente la unicidad lo que nos puede permitir desengancharnos de ese organismo superior o, al menos, impedir que se nutra de toda nuestra energía.
Desvaríos aparte, es un hecho que el consumo excesivo de contenido en redes sociales absorbe demasiado de nosotros. Así que mi analogía está bien traída y nadie tendría que presuponer que estoy loco.
En esta semana de terapia, debo reconocer que he notado una importante mejoría en cuanto a mis niveles de estrés, humor y satisfacción conmigo mismo. Vuelvo a quererme, o a recordar la sensación de quererme. Otra facultad que voy recuperando es la de reconocer y reconocerme en mi entorno cotidiano, verbigracia: mis vecinos y allegados vuelven a ser personas de carne y hueso con las que charlo directamente, sin tener que pasar por el aro de los mensajes en WhatsApp, grupos de Facebook o cualquier otra parafernalia similar. Si bien es cierto que cada día son menos los clandestinos que resisten en esta dimensión de cercanía y trato personal.
¿Y saben ustedes qué es lo mejor? Que uno no se muere ni deja de ser. O sea, que no pasa nada por no estar allí donde estar es estar fingiendo ser.
Y dirán ustedes: «A mí qué me importa». Y yo les digo que tenía que contar la buena nueva. Sí se puede. Podemos.
Chanza aparte, imagínense ustedes una semanita —tampoco les voy a pedir mayor esfuerzo— sin asomar por las cloacas, sin experimentar esa tensión en el ambiente, con tanta gente cabreada escribiendo con la misma vehemencia que los agoreros del fin del mundo allá por la llegada del primer milenio después de Cristo; sin tener que soportar las aventuras y andanzas de la clase política y su cohorte de genuflexos, que equivale a cargar con el peso de la inmundicia moral de España a lo largo de su historia, reflejada en esas dos Españas condenadas a convivir despellejándose la una a la otra. Piensen en lo a gustito que podrían estar aprovechando todo ese tiempo perdido. Piensen.
Hablo de clandestinidad porque, de algún modo, así me veo. Una clandestinidad que me hace peligroso para el sistema, pues todo siempre ha sido poco para él. Y sé que llegará el día en que ninguna célula podrá percibir su unicidad, porque para ello se necesita al menos el encuentro con un semejante. El tiempo de ser único se agota, y pocos lugares quedan ya donde hincar el pendón de la humanidad.
Como en La historia interminable de Michael Ende, me amenaza, nos amenaza la Nada, ese fenómeno misterioso que devora y desintegra todo a su paso, dejando solo vacío absoluto. No es un enemigo tangible, sino la representación de la pérdida de la autoestima y la creatividad en el plano mundano; esa Nada que avanza porque las personas en el mundo real hemos dejado de creer en nosotros mismos, olvidando la importancia de las auténticas relaciones humanas y el contacto real. A medida que los individuos perdemos la conexión con la unicidad, lo humano desaparece…
Ahora sí que estoy desvariando. Debo dejarles por hoy. Si sigo delante de la pantalla del ordenador por más tiempo, no sé si sabré refrenar el impulso de arrojarme a la Nada.

