
«No quiero ni pensar en lo que serían la prensa y las Cortes actuales de contar no sólo con el buen humor de Vizcaíno y de Summers, de Campmany o de Chumy Chúmez, sino también con un público receptivo e inteligente»
“Realmente es muy difícil escribir humor aquí”, apuntaba Fernando Vizcaíno Casas el día 2 de febrero de 1979 en su diario publicado por Planeta (Un año menos). Ya en el mismo libro, a propósito de otro “impúdico” y “tendencioso” escrito por Cristóbal Zaragoza, “maniobra seudoliteraria” y “réplica (según él) a …y al tercer año, resucitó, que titula Carta de Franco a Vizcaíno Casas” afirmaba el aplaudido autor valenciano que “tampoco las izquierdas tienen sentido del humor”. Así, el hecho de que aludiera al general Gutiérrez Mellado (ministro para la Defensa) como “el señor Gutiérrez” sacaba a éste de quicio, lo que constituía una prueba palpable de esa carencia, un botón de muestra del talante fúnebre de nuestra estimada jet set de la res publica. Desde entonces este asunto del animus jocandi no ha hecho más que ir de mal en peor. Y lo más fácil sería echarle las culpas a la política, y a los trabajadores de ella concretamente, esto es a los políticos.
Y en otra parte del dietario: “Según cuenta Carrillo en los periódicos, existía cierta razón, en lo de su idilio con Suárez, si bien, el secretario del PCE precisa que el verdadero idilio es el de Abril Martorell y Alfonso Guerra. Lo que faltaba: encima se nos están haciendo gays”. Don Fernando (no Abril, sino Vizcaíno) hubiera escrito estas cosas hoy de forma parecida, estoy convencido. Y también de que los fiscales de la corrección política lo hubieran llevado ante los tribunales y él se hubiera defendido -qué duda cabe- con la toga de abogado y la pluma de ironista. Y fumándose un puro de la casa Montecristo.
Pero, en esta decadencia, la culpa es compartida por todos los personajes de esta tragedia ibérica que vivimos en este país (que alguna vez se llamó España). Yo no digo que en tiempos pretéritos el grueso de nuestros servidores públicos fueran la alegría de la huerta, pero al menos no se enfadaban tanto y si lo hacían daban mucho juego. Desde luego la vida era más entretenida cuando el señor Guerra llamaba “víbora con cataratas” al viejo profesor -y socialista a la sazón- don Enrique Tierno Galván o “tahúr del Misisipi” al presidente Suárez. En justa, no sé si correspondencia, pero sí crítica periodística, Jaime Campmany dedicó abundantes columnas desde el ABC con gran dedicación y divertimento al vicepresidente del Gobierno. Otro Alfonso, que es Ussía, repartía a diestra (poco) y siniestra (más) estopa sin exponerse a la mala uva que se gastan hoy nuestros compatriotas.
En aquellos años de la transición, aunque el poder intentaba (y lo conseguía) hundir cabeceras de periódicos, mientras hubo un cierto pluralismo uno podía comprar pongamos por caso El Imparcial (cuyo director, Julio Merino, por cierto murió hace bien poco) para ver cómo se criticaba al Ejecutivo; era posible rascarse el bolsillo para leer Cambio 16 o El País (allá cada cual) e incluso el ultramontano El Alcázar estaba al alcance de todos los bolsillos. Y no sólo es que los columnistas retrataran a la clase política sin piedad, es que además algunos lo hacían hasta con gracia. Pero es que para más inri también los humoristas gráficos se metían con sus señorías a todas horas. Un ejemplo de ello fue el inolvidable, tierno (con minúscula) y sensible Manuel Summers (Del rosa al amarillo), cuyos “monos” fueron piedra de escándalo y objeto de la censura primero, y ya una vez bien asentada nuestra joven y despelotada democracia se convirtieron en regocijo del lector conservador más exigente. El cineasta andaluz, además de dirigir películas algo subidas de tono (con minúscula de nuevo) y de abundar en el surrealismo y el humor negro, se dedicó a través de sus viñetas a radiografiar el paisanaje español, con nuestras contradicciones e hipocresías incidiendo ferozmente en la crítica política. Yo creo que a través de Summers hasta pudiera parecernos alegre el señor don Leopoldo Calvo-Sotelo y simpático don Javier (o Xabier) Arzallus (o Arzalluz).
No quiero ni pensar en lo que serían la prensa y las Cortes actuales de contar no sólo con el buen humor de Vizcaíno y de Summers, de Campmany o de Chumy Chúmez, sino también con un público receptivo e inteligente. ¡Ay del apuesto señor Bolaños! ¡Felice doña Cuca Gamarra en su escaño! ¡Sonría, doña Josefina Rodríguez de Millán!… Y pobre de la señora Nogueras, a quien dedico esta patriótica redondilla, con la esperanza de que marche con la Merche (parafraseando a Fernando VII), de que marche, digo, francamente y con perdón por la senda constitucional.
No le gusta a la Nogueras
contemplar nuestra bandera.
Que altiva, hermosa y señera
ondea en Vic y en Figueras.
Y nada más. Otro día, como dirían Tip y Coll, hablaré del gobierno. Y del Guerra. A ver si se va a pensar don Alfonso que porque falte don Jaime no nos acordamos de él.

