
«Les recomiendo vivamente que reserven algún día para acudir a Zaragoza en los próximos años porque estas ferias son bien entretenidas»
Le copio el título para esta columna a mi admirada Ana Iris Simón. Y aunque el de su libro hiciera alusión a la vida de feria y a los feriantes de su infancia, yo quiero referirme ahora a las ferias que están pensadas para anunciarnos las innovaciones de toda índole enfocadas a los profesionales de algún sector y poner en contacto a la empresa y al cliente. Las primeras iban en busca de la ilusión ambulante y la diversión a domicilio; éstas pretenden relacionar a gentes de todo pelaje y condición con el fin de hacer negocios, de ampliar los ya existentes, de proveerse de aquellos artículos que el empresario busca o halla en su camino para mejorar una producción o hacer más llevadero su trabajo.
Una ciudad importante para ello es Zaragoza. El recinto ferial estuvo ubicado desde 1941 en lo que es hoy sede de la Cámara de Comercio, llamativo edificio con su torre y todo, que domina un entorno compuesto por el estadio de fútbol de La Romareda, el parque de Primo de Rivera, el Auditorio y el hospital universitario Miguel Servet, al que los aragoneses siempre han denominado, supongo que con admiración “la casa grande”. Sin embargo los tiempos cambian, surgen nuevas necesidades y la antaño popular Feria de Muestras pasó a llamarse “Feria de Zaragoza”, construida desde cero e inaugurada en 1986 en un cruce de caminos y carreteras, en el quinto pino, en un entorno feo y desértico, nudo de comunicaciones. Tiene, eso sí, la ventaja de sus muchos metros cuadrados que permiten que, al tresbolillo, puedan celebrarse en años alternos dos enormes ferias internacionales: La agrícola (FIMA) y la ganadera (FIGAN). Estos días atrás ha tocado la última y en ella he podido asistir a una conversación con un empresario barcelonés de lo más cordial (de los que en español pronuncia “Lérida”, no les digo más), que hablaba con un acento catalán que daba gusto y casi ganas de llorar. Nada que ver con la especie que estamos acostumbrados a oír en el mundo de la política, de la tele o de los veraneantes de la sufrida tierra adentro.
También tuve el gusto de saludar al dueño de una fábrica de piensos turolenses que ha recibido de la familia esa herencia. Reconforta comprobar que no todo está en manos de China y que el alimento para nuestros pollos y conejos se encuentra disponible bien cerca de nuestras granjas, del mismo modo que la automatización de la alimentación porcina no ha de venir necesariamente de Holanda pudiendo adquirirse en Barcelona. No se vea animadversión hacia lo extranjero donde no la hay: ciertamente puede haber colaboración y complementariedad con gentes de otros países que vienen aquí a mostrar sus inventos. Una muchacha noruega bien simpática quería vendernos un sistema de cercado para ganado vacuno. Acabamos hablando de ciudades españolas y nos regaló unas gorras que serían la envidia de Trump.
Siempre son curiosas las ferias de muestras. En esta ganadera se podía llevar a los niños a ver la exhibición de caballos o a contemplar los apacibles animales de la raza bovina parda, evitando en lo posible visitar el expositor de semen (con perdón), porque las criaturas todo lo preguntan y si uno es pudoroso no sabe por dónde salir ni su señora dónde meterse. No había tales problemas el año pasado, aunque fue decepcionante la poca presencia de gran maquinaria, que es algo que impresiona mucho. Recuerdo unos tractores canijos (chinos, para más señas) que estaban pintados con los colores de la Guardia Civil. Pero aún así yo les recomiendo vivamente que reserven algún día para acudir a Zaragoza en los próximos años porque estas ferias son bien entretenidas. Uno no ha de ser necesariamente veterinario, ganadero o fitosanitario para admirarse de lo que hay detrás de un aceite de girasol o de una buena chuleta.

Ahora, hay que tener mucho cuidado con subestimar a los hombres y mujeres del campo: tengamos en cuenta que ellos se dedican a las nobles tareas rurales para que los habitantes de las ciudades coman y beban a placer. Hay que ser humilde y aceptar que yo mismo he sentido un gran complejo fruto de mi ignorancia tanto en la FIMA como en la FIGAN. No he podido permanecer quieto mucho tiempo en un stand sin temer la atención de un comercial y no saber qué decirle. Un agricultor de cualquier pueblo de Soria puede pasar una mañana dignamente en el museo del Prado disfrutando de los cuadros de Murillo, pero un urbanita se vería perdido entre la maquinaria seleccionadora de huevos, el tratamiento de los purines o el último modelo de aladro. Y también, no nos engañemos y empezando por un servidor, bastante desorientado por los pasillos de nuestra más valiosa pinacoteca.
Por acabar les diré que no todo en la feria es industria e I+D+i. Uno se encuentra a conocidos y por conocer y en algunas casetas nos llegan a ofrecer café, dulces, jamón y lomo embuchado; y da gusto ver a la gente de la empresa empinar el codo a base de vino y cañas con los clientes a puntico ya de entonar una jota. Ni que decir tiene que las gentes venidas de otros países, y estoy pensando en unos rusos o de por ahí, no daban crédito… ¿una cerveza más, señor Glazunov?

