Yavhé dijo a Moisés en el Monte Sinaí: “El año cincuenta será para ustedes un año santo, un año en que proclamarán una amnistía para todos los habitantes del país. Será para ustedes el Jubileo. Los que habían tenido que empeñar su propiedad, la recobrarán. Los esclavos regresarán a su familia.
No sembrarán ni segarán los rebrotes, ni vendimiarán la viña sin cultivar, pues es año jubilar. Será para ustedes un año santo en que comerán de lo que el campo produce por sí solo. Este año jubilar, cada uno volverá a su propiedad”.
Levítico 25, 10-13
Los judíos ya celebraban esta “amnistía” en la que se pretendía que el fiel se acercara a Dios, que llevara una vida justa si se había alejado de ella y un que tuviera un comportamiento moralmente apropiado.
En este periodo se cancelaban las deudas y se favorecía a las familias pobres, los mendigos, las viudas y los huérfanos.

«No hace falta esperar un año santo para acudir a Roma, una ciudad en la que como afirmaba Stendhal hay que amar sus defectos y sus virtudes»
La ciudad de Roma fue un gran centro de peregrinación desde la época paleocristiana, e incluso hay datos sobre los primitivos cristianos que antes de la Caída del Imperio acudían con fervor a determinados lugares ligados a la historia de los primeros fieles en la ciudad; al igual que Tierra Santa serían dos lugares ligados a la vida de Jesús, a San Pedro y a la creciente institución cristiana.
Sin embargo, desde el siglo VIII, las peregrinaciones a Tierra Santa se convirtieron en una empresa peligrosa debido a las incursiones musulmanas, por ello, aunque Roma ya contaba con una gran afluencia de peregrinos, se hicieron más numerosas durante la Edad Media, atraídos por las tumbas de los muchos mártires que protagonizaron las persecuciones en la Roma del Imperio, la tumba de San Pedro y las muchas reliquias que se veneraban. Dichas reliquias, dado al interés que despertaban entre los devotos, originaron la construcción de pequeñas urnas junto a los sepulcros, por lo que se convirtieron en un elemento arquitectónico más.
Aunque se conservan del siglo IV algunos documentos con guías de días festivos y de lugares de enterramiento, será en el siglo VIII la fecha en la que se data el más antiguo de los itinerari; ya en ellos se detallan minuciosamente los monumentos e iglesias que se recomendaba visitar, las fondas para parar y todas las instrucciones útiles para el peregrino.
Es interesante descubrir a través de las “rutas peregrinas”, los restos que los arqueólogos han encontrado como monedas de diversas épocas o inscripciones con nombres de todas partes de Europa como testimonios de peregrinos u oraciones a los santos. Se conservan muchos de estos “grafitti” de personas que querían dejar reflejada en los muros la historia que los había llevado a realizar su peregrinación o simplemente grabar sus nombres.

Los primeros lugares en los que los romeros o peregrinos paraban serían las catacumbas situadas en la Vía Appia. Evidentemente, la Roma del medievo distaba mucho de la que hoy conocemos, las iglesias como Santa María la Mayor o San Juan de Letrán no eran más que edificaciones sencillas y tras la construcción de la Muralla leonina, levantada por orden de León IV tras los ataques sufridos por parte de los musulmanes en el siglo IX, en los que llegaron a saquear incluso la cripta de San Pedro, el acceso a la basílica era difícil. En estas circunstancias, la peregrinación suponía un calvario para los romeros, por el espacio, la multitud y los problemas higiénicos que conllevaba este tipo de aglomeraciones.
Las crónicas de la época dan testimonio de la gran cantidad de peregrinos que en esos años llegaban a la Ciudad Eterna, de tal manera que hubo que abrir nuevos accesos, abastecerse de suficientes provisiones de alimentos, instalar zonas abiertas en la ciudad (Castel Giubileo en Vía Salaria) para pernoctar y habilitar casas familiares para poder alojar a peregrinos, lo que suponía una fuente de ingresos para muchos romanos.
Con los años, las peregrinaciones crearon todo tipo de negocios en las rutas a los lugares santos, un ejemplo de ello es la famosa Vía dei Coronari, llamada así por los numerosos negocios de coronas que existían en dicha calle que portaban los peregrinos en su ruta.

Las intrigas, preferencias y favoritismos a la hora de ocupar el trono de San Pedro han ocurrido desafortunadamente en muchas ocasiones en la historia de la Iglesia. A finales del siglo XIII, tras la muerte del papa Nicolás IV (1227-1292) y tras muchos pontífices con una excelente formación e ilustrados, pero no muy cercanos a los fieles, el trono de San Pedro estuvo vacío durante más de dos años al no encontrar candidato, teniendo en cuenta que por aquellos años los papas no eran elegidos tal y como se hace hoy en día.
Dos importantes familias romanas, los Colonna y los Orsini, competían por ocupar el primer cargo de la Iglesia católica y tras la demora en llegar a un acuerdo, finalmente decidieron elegir un papa con virtudes como la honestidad y la honradez, un papa cercano y sencillo que pudiera ser un ejemplo para corregir algunos errores cometidos por la Iglesia y renovar la institución.
El elegido sería Pietro Angeleri, un fraile que vivía en la montaña, un hombre tranquilo, piadoso y humilde a quien costó mucho aceptar el cargo y que lo hizo por el voto de obediencia. Tomó el nombre de Celestino V (c. 1215-1296), su pontificado fue muy corto, durando tan solo unos meses y dimitió presionado por los cardenales, algunos de ellos muy interesados en su renuncia.
Como anécdota, el buen Pietro afirmó que en la noche oía los mensajes de un ángel que le animaba a dejar la silla pontificia y regresar a la montaña, lo curioso es que en realidad se trataba de Benedetto Gaetani, un cardenal que jugaba a ser ángel susurrándole en las noches.

Celestino V, a pesar de su corto periodo como pontífice, proclamó la bula Inter Sanctorum Solemnian otorgada a quienes visitaran cada año la basílica de Collemaggio en la provincia de L´Acquila donde fue nombrado papa. Fue precisamente ese cardenal que susurraba al humilde Pietro el que sería poco después Bonifacio VIII (c.1235-1303), el papa que en 1300 instituyó el primer jubileo de la Iglesia católica.
Aunque era considerado un hombre capaz por sus coetáneos, su carácter arrogante, los deseos de favorecer a su familia, su enemistad con los Colonna y su inflexibilidad no le permitieron ejercer su labor de manera ejemplar; no supo ser hábil en asuntos políticos, por lo que la institución del primer jubileo, que dio un paso importante en la unión de los cristianos con la iglesia católica, será el gran logro de este papa que no gustó a muchos.

Ante el miedo que para muchos suponía la llegada del año 1300, en una sociedad atemorizada por un Dios que castigaba duramente a los pecadores, comenzó a hablarse de que los peregrinos que visitaran la tumba del primer apóstol en Roma recibirían una indulgencia plenaria; esto surgió por la idea que se tenía sobre una tradición en la que se otorgó un perdón general y que se había producido en el año 1000 y se repitió en 1100 y 1200. El nuevo papa Bonifacio, a quien le gustaba satisfacer su propio ego, decidió volverlo a hacer para lo que buscó documentos y testimonios que aportaran alguna información sobre ello, pero que nunca aparecieron. Pronto se corrió la voz de las intenciones del papa y una multitud de peregrinos llegó a la tumba de San Pedro.
Bonifacio VIII proclamó el primer Jubileo en febrero de 1300 con la bula Antiquorum habit en la basílica de San Juan de Letrán, donde aún se puede contemplar el fresco realizado por Giotto (c.1267-1337) en la que se representa la lectura del documento, el cual se esculpió en mármol y hoy en día se encuentra junto a la Puerta Santa en la basílica de San Pedro.

En dicho escrito queda estipulado entre otras condiciones las treinta visitas necesarias para lograr las indulgencias a los ciudadanos de Roma y las quince que se les pedía a los forasteros, además de que los fieles mostraran arrepentimiento, realizaran la confesión y la comunión.
El papa en este primer jubileo estableció que tendría un plazo de cien años para volver a realizarlo con el objeto de que nadie pudiera beneficiarse más de dos veces de esta gracia, sin embargo, hubo cambios a lo largo de los años, en 1342 el papa Clemente VI (1291-1352), redujo el plazo a cincuenta años a petición de los fieles y aconsejado por la curia.
Fue en 1390 cuando se quiso establecer otra fecha haciendo referencia a la edad con la que murió Cristo, treinta y tres años, pero no duró mucho esta decisión; Nicolás V (1397-1455) será el último papa que en 1450 celebraría el Jubileo con una diferencia de cincuenta años y con Pablo II (1417-1471) se estableció finalmente cada veinticinco años. En 1475, con Sisto IV (1414-1484) se comenzará a llamar por primera vez Año Santo y el papa prohibiría todas las indulgencias fuera de Roma; además, a él se deben muchos de los monumentos, edificios, iglesias e incluso el puente Sixto, para facilitar el tránsito y embellecer la ciudad; será a partir de entonces, cuando se estableció una regularidad que hasta hoy en día sigue vigente, con la idea de que todas las generaciones tengan la posibilidad de recibir las indulgencias, al menos una vez en su vida.

De todas formas, el Papa tiene la autoridad para convocar en ese intervalo de años algún jubileo extraordinario como ocurrió en 1933 en el que se celebró el Año Santo de la Redención, en 2000, dedicado a la Misericordia de Dios y el perdón de los pecados o en 2015, año en el que el papa Francisco (1936) lo declaró conmemorando el cincuenta aniversario del Concilio Vaticano II.
No hace falta esperar un año santo para acudir a Roma, una ciudad en la que como afirmaba Stendhal hay que perderse, vagabundear por sus calles, amar sus defectos y sus virtudes…. y para los que sentimos que es nuestro lugar en el mundo, amarla y que nos haga SENTIR…siempre una experiencia fascinante.

