
«La mañana en que anunciaron la muerte de Franco, mi guardia en el Ministerio del Aire pudo haber terminado en tragedia… pero acabó en unas inesperadas vacaciones»
Disfruté de la entrevista a Alfonso Guerra en Espejo Público. Habló de la Transición, de aquel paso que pudo haberse dado en 1975 gracias a la serenidad que los españoles supimos tener en esos días, y que pudo haber sido muy diferente tras la muerte del dictador Franco.
Recuerdo que en aquella época me encontraba haciendo la mili en el Ministerio del Aire. Elegí destino y cuerpo porque un amigo me recomendó que me presentara como voluntario antes de ser llamado a filas. Así lo hice, precisamente para poder quedarme en Madrid. Seguí el consejo, y fue una de las decisiones mejor tomadas de mi vida.
Una vez pasada la instrucción en la Escuela de Automovilismo de Getafe —que me tomé como un campamento de verano— pedí destino en el Ministerio. Allí estuve solo unas semanas en el grupo de jardinería, pero, como se necesitaba gente para la policía militar interna, hice la solicitud y me fue concedida. La verdad es que era un verdadero chollo: teníamos pase de pernocta y hacíamos guardia un día sí y librábamos dos. Pasé así el resto de mi servicio en la policía militar, realizando guardias dentro del Ministerio.
Aquel día entré de relevo en el turno de diez a doce en el puesto llamado “Puerta del Ministro”. En ese lugar siempre estábamos un cabo y un soldado. El cabo que estaba conmigo y yo hacíamos guardia en una de las torres laterales, concretamente la de la derecha según se mira al Ministerio desde la estatua del águila. Escuchábamos un pequeño transistor que llevaba el cabo, cuando de pronto, a las cinco en punto de la mañana, empezó a sonar el himno nacional. Tras él, una voz anunció que, unos minutos antes, había fallecido su Excelencia, el Generalísimo de todos los Ejércitos, don Francisco Franco Bahamonde.
El cabo y yo nos miramos, inquietos. No sabíamos qué iba a pasar. Yo, que tiendo a fabular demasiado, ya me vi inmerso en un conflicto nacional a tiro limpio. Afortunadamente, recibimos una llamada del capitán de guardia que dio órdenes: cerrar las puertas, poner las armas en posición de prevengan y cargadas, y colocarnos también los forros azules en los cascos (para que, al ser blancos, no fueran visibles desde el exterior).
Así transcurrió aproximadamente media hora, hasta que oímos pisadas al trote por el pasillo. Eran bastantes personas. Al minuto, frente a la puerta interior de la torre, un sargento nos pidió cambiar nuestras armas por las que traían sujetas los soldados que le acompañaban. Así lo hicimos, por turno, el cabo y yo.
El “pelotoncillo” desapareció por el pasillo hacia otro puesto de vigilancia. El Cetme C que nos habían dado no tenía nada que ver con el anterior: disponía de mira telescópica, lanzagranadas y un cargador de cuarenta balas por lado. Desde luego, parecían recién sacados de la caja, relucientes.
Otros dos soldados se unieron a nuestro puesto, y allí nos quedamos ya sin relevo hasta las ocho de la mañana, cuando llegó el cambio de guardia. Como de costumbre, formamos en el patio central del Ministerio, pero esta vez después de haber hecho seis horas más de las habituales. Las caras de sueño eran para enmarcar.
El capitán de guardia informó a la tropa, en persona, que a partir de ese día teníamos permiso otorgado por el ministro: dos semanas de vacaciones como recompensa por la guardia inacabable. Al fin sonó el “rompan filas”, y las gorras volaron por los aires como no solía ocurrir en los días normales. El griterío de júbilo debió de oírse bastante lejos.
Vamos, que —como hubiera dicho Gila— estuvimos a punto de ser movilizados, pero todo quedó en nada: unas vacaciones anticipadas de Navidad. Ese día fui plenamente consciente de que la fortuna me sonreía bastante a menudo. Desde entonces, me quejo bastante poco, aunque a veces crea que merezco más.
Y es por todo esto por lo que la otra mañana, al ver a Alfonso Guerra en Espejo Público, me ha venido el recuerdo de mi primera juventud. Se habló de la Transición, del paso que pudo haberse dado en el 75, gracias a la serenidad que supimos tener. Pudo haber sido muy distinto tras la muerte de Franco. Y sí, en aquella época me encontraba haciendo la mili en el Ministerio del Aire, destino que elegí por el sabio consejo de un amigo, y que fue, sin duda, una de las mejores decisiones de mi vida.
